Resumen teórico del sonambulismo, del éxtasis y de la doble vista

455 Los fenómenos del sonambulismo natural se producen espontáneamente y son independientes de toda causa externa conocida; pero en ciertas personas dotadas de una organización especial, pueden ser provocados artificialmente por la acción del agente magnético. El estado designado con el nombre de sonambulismo magnético no difiere del sonambulismo natural más que, en que el uno es provocado al paso que el otro espontáneo. El sonambulismo natural es un hecho notorio que nadie piensa poner en duda, a pesar de los maravillosos fenómenos que ofrece.

¿Qué tiene, pues, de más extraordinario o de más irracional el sonambulismo magnético, porque es producido artificialmente como otras tantas cosas?

Se dice que los charlatanes lo han explotado; razón de más para no abandonarlo en sus manos. Cuando la ciencia se lo haya apropiado, el charlatanismo tendrá mucho menos crédito en las masas; pero en el entre tanto como el sonambulismo natural o artificial es un hecho, y como contra éste no son posibles razonamientos, se acredita a pesar de la mala voluntad de algunos, y hasta la misma ciencia, en la cual entra por una multitud de puertecillas, en vez de hacerlo por la principal. Más cuando haya penetrado del todo, preciso será concederle derecho de ciudadanía. Para el espiritismo, el sonambulismo es algo más que un fenómeno fisiológico, es una luz que refleja en la Psicología. En él se puede estudiar el alma; porque se presenta a las claras, y uno de los fenómenos que le caracterizan es la clarividencia independiente de los órganos ordinarios de la vista. Los que impugnan el fenómeno, se fundan en que el sonámbulo no ve siempre y a voluntad del experimentador, como con los ojos. Pero, ¿hemos de admirarnos de que, siendo diferentes los medios, los efectos no sean los mismos? ¿Es natural el pedir efectos idénticos no existiendo el instrumento? El alma posee sus propiedades, como el ojo las suyas, y debe juzgárselas en sí mismas y no por analogía.

La causa de la clarividencia del sonámbulo magnético y del sonámbulo natural es idénticamente la misma, es un atributo del alma, una facultad inherente a todas las partes del ser incorporal que reside en nosotros, y que no tiene más límites que los señalados a la misma alma. Ve todos los puntos a donde puede transportarse su alma, cualquiera que sea la distancia. En la vista a distancia del sonámbulo no ve las cosas desde el punto donde está su cuerpo, y como por un efecto telescópico. Las ve presente y como si estuviera en el lugar donde se encuentran; porque allí está en realidad su alma y por esto su cuerpo está como aniquilado y parece hallarse privado de sentimientos, hasta que el alma vuelve a posesionarse de él. Esta separación parcial del alma y del cuerpo es un estado anormal que puede durar más o menos, pero no indefinidamente, motivo por el cual el cuerpo experimenta fatiga después de cierto tiempo, sobre todo cuando el alma se entrega a un trabajo activo.

No estando circunscrita la vista del alma o del espíritu y no teniendo lugar determinado, queda explicado el por qué los sonámbulos no pueden señalar un órgano especial. Ven, porque ven, sin saber cómo ni el porqué, no teniendo la vista un lugar de residencia propio para ello en su condición de espíritus. Si se refiere a su cuerpo, les parece que ese lugar está en los centros en que es mayor la actividad vital, principalmente en el cerebro, en la región epigástrica o en el órgano que, según ellos, es el punto de unión más tenaz entre el Espíritu y el cuerpo.

La potencia de la lucidez sonambúlica no tiene límites. Aun estando el Espíritu completamente libre, se halla limitado en sus facultades y conocimientos, según el grado de perfección que haya alcanzado. Esta es la causa de que la clarividencia sonambúlica ni es universal, ni infalible. Menos puede aún fijarse en su infalibilidad, cuando se la aparta del fin que se ha propuesto la naturaleza, y se la constituye en objeto de curiosidad y de experimentación. En el estado de desprendimiento en que se encuentra el espíritu del sonámbulo, entra más fácilmente en comunicación con los otros espíritus desencarnados o encarnados. Se establece esta comunicación por medio del contacto de los fluidos que componen los periespíritus y sirven de conductores al pensamiento como el hilo eléctrico.

El sonámbulo no necesita, pues, de que el pensamiento sea articulado por la palabra: lo siente y lo adivina, lo cual le hace eminentemente impresionable y accesible a las influencias de la atmósfera moral en que se halla colocado. Por esto también un concurso numeroso de espectadores, y especialmente de curiosos más o menos malévolos, perjudica esencialmente el desarrollo de sus facultades, que se repliegan, por decirlo así, en sí mismas, y no se despliegan con completa libertad más que en la intimidad y en un centro simpático. La presencia de personas malévolas o antipáticas produce en él, el mismo efecto del contacto de la mano en la sensitiva.

El sonámbulo ve a la vez su espíritu y su cuerpo. Son, por decirlo así, dos seres que le representan la doble existencia espiritual y corporal que se funden, por lo tanto, por los lazos que los unen. No siempre se da el sonámbulo cuenta de esta situación, y semejante dualismo hace que hable a menudo de él como de un extraño, y es que tan pronto el ser corporal habla al espiritual, como el espiritual al corporal. El espíritu adquiere un aumento de conocimientos y de experiencia en cada una de sus existencias corporales. Los olvida parcialmente durante su encarnación en una materia demasiado grosera; pero los recuerda como espíritu. Por esto ciertos sonámbulos revelan conocimientos superiores a su grado de instrucción y hasta a su aparente capacidad intelectual. La inferioridad intelectual y científica del sonámbulo despierto, nada prejuzga, pues, sobre los conocimientos que pueda revelar en estado lúcido. Según las circunstancias y el fin que nos propongamos, puede tomarlos de su propia experiencia, de la clarividencia de las cosas presentes o de los consejos que de otros espíritus recibe; pero como el suyo, puede estar más o menos adelantado, puede decir cosas más o menos exactas.

Por los fenómenos del sonambulismo ya natural, ya magnético, la Providencia nos da la prueba irrecusable de la existencia e independencia del alma, y nos hace asistir al sublime espectáculo de su emancipación, abriéndonos de este modo el libro de nuestro destino. Cuando el sonámbulo describe lo que ocurre a distancia, es evidente que lo ve, y no con los ojos del cuerpo; se ve a sí mismo, se siente transportado, hay, pues, allí algo suyo, y no siendo este algo su cuerpo, no puede ser otra cosa que su alma o su espíritu. Mientras el hombre se extravía entre las sutilezas de una metafísica abstracta e ininteligible, corriendo en busca de las causas de nuestra existencia moral, Dios pone diariamente en sus manos y ante sus ojos, los más sencillos y patentes medios para el estudio de la psicología experimental.

El éxtasis es el estado en que la independencia del alma y del cuerpo se manifiesta del modo más sensible y se hace hasta cierto punto palpable. En el sueño y en el sonambulismo el alma vaga por los mundos terrestres; en el éxtasis penetra en un mundo desconocido, en el de los espíritus etéreos con los cuales se comunica, sin poder, empero, salvar ciertos límites que no podría franquear sin romper completamente los lazos que le unen al cuerpo. Un brillo resplandeciente, nuevo del todo la rodea, armonías desconocidas en la tierra la arrebatan, y la penetra un bienestar indefinible: goza anticipadamente de la beatitud celeste y puede decirse que pone un pie en el umbral de la eternidad.

En el estado de éxtasis es casi completo el anonadamiento del cuerpo, no goza, por decirlo así, más que de la vida orgánica, y se conoce que no está unida a él el alma más que por un hilo que bastaría a romper definitivamente un esfuerzo más. En semejante estado desaparecen todos los pensamientos terrestres para ceder su puesto al sentimiento puro que es la misma esencia de nuestro ser inmaterial. Entregado totalmente a esta sublime contemplación, el extático considera la vida como una parada momentánea. Los bienes y los males, las alegrías groseras y las miserias de este mundo no son más que incidentes fútiles de un viaje, de cuya terminación se consideraría feliz.

Sucede con los extáticos lo mismo que con lo sonámbulos: su lucidez puede ser más o menos perfecta, y su mismo espíritu es más o menos apto para conocer y comprender las cosas, según que sea más o menos elevado. A veces es en ellos mayor la exaltación que la lucidez verdadera, o mejor dicho, su exaltación perjudica a la lucidez, y por esto sus revelaciones son con frecuencia una mezcla de verdades y errores, de cosas sublimes y de cosas absurdas y hasta ridículas. Los espíritus inferiores se aprovechan a menudo de esa exaltación, que siempre es causa de debilidad, cuando no se sabe dominarla para gobernar al extático, y a este fin toman a sus ojos apariencias que mantienen sus ideas y preocupaciones vulgares. Este es un escollo; pero todos los extáticos no son iguales, y tócanos a nosotros juzgar fríamente y pesar sus revelaciones en la balanza de la razón.

Le emancipación del alma se manifiesta a veces en estado de vela, y produce el fenómeno designado con el nombre de doble vista, que da a los que de ella están dotados la facultad de ver, de oír o sentir más allá del límite de nuestros sentidos. Perciben las cosas de todos los puntos a que el alma extiende su acción, y las ven, por decirlo así, a través de la vista ordinaria y como por una especie de espejismo. En el momento en que se produce el fenómeno de la doble vista, el estado físico está sensiblemente modificado, hay algo de vaguedad en los ojos, miran sin ver, y toda la fisonomía refleja una especie de exaltación. Se prueba que los órganos de la vista son extraños al fenómeno; porque la visión persiste, a pesar de cerrar los ojos. Esta facultad parece a los que de ella gozan, natural como la de ver, y es para ellos un atributo de un ser que no les parece excepcional. Sucede lo más comúnmente el olvido a esta lucidez pasajera, cuyo recuerdo más y más vago, concluye por borrarse como el de un sueño.

La potencia de la doble vista varía desde la sensación confusa, hasta la percepción clara y neta de las cosas presentes o ausentes. En estado rudimentario da a ciertas personas el tacto, la perspicacia y una especie de seguridad en sus actos, que puede llamarse la exactitud del golpe de vista moral. Más desarrollada, despierta el presentimiento, y más aún, ofrece los acontecimientos realizados o a punto de realizarse. El sonambulismo natural y artificial, el éxtasis y la doble vista son variedades o modificaciones de una misma causa. Estos fenómenos, lo mismo que los sueños, son naturales, y por esto han existido en todas las épocas. La historia nos dice que fueron conocidos, y hasta explotados, desde la más remota antigüedad, y en ellos se encuentra la explicación de una multitud de hechos que las preocupaciones han hecho considerar como sobrenaturales.

Allan Kardec

Traducido por José María Fernández Colavida
Extraído del “Libro de los Espíritus”

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