Las leyendas religiosas

Una amiga mía muy ilustrada y ávida de saber más, me pide un estudio sobre el mahometismo, del que ha oído hacer grandes elogios a unos viajeros orientales, que le encantaron con descripciones pintorescas del profeta Mahoma y de sus ritos y costumbres idólatras. Yo, que antes de profesar el Espiritismo fui católica, luego protestante y más tarde leí el fundamento de todas las religiones, acabé por abandonarlas todas, porque no hay una religión que no se crea la verdadera y no considere falsas y perjudiciales a las otras. Pero en honor de mi amiga, hablaré de Mahoma, al cual dedico este artículo.

Los fundadores de las diversas religiones esparcidas por el mundo, gozan de mayor o menor interés de actualidad, según las vicisitudes porque atraviesan las razas y los pueblos. Una leyenda mahometana refiere que el profeta cortó una vez la luna en dos partes y se escondió la mitad de ella en una de las mangas de su traje.

Poco después el jefe de los creyentes juntó las dos mitades y restableció la luna a su estado ordinario. Cuando las querellas entre Alí y los tradicionalistas amenazaron con arruinar por medio de interminables cismas la unidad religiosa, los fieles exhumaron la piadosa leyenda, deduciendo de ella que la división de la luna había sido una profecía bajo la forma simbólica, y que la Juntura de las dos partes del astro no podía menos de ser también otro simbolismo profético.

¿Quién fue, pues, ese gran impostor que sólo en su país es profeta? ¿Cuál fue la carrera de aquél a quien llaman Misericordioso, Conquistador, Mensajero de buenas noticias, Sello de las profecías y otras denominaciones hiperbólicas por el estilo? Mahoma, según la tradición común, nació en el año 569 de la era cristiana. Señales y prodigios numerosos precedieron y siguieron a su aparición. «La noche en que vino al mundo —dice el Hyat-ulkuloob— fueron edificados en el paraíso setenta mil palacios de perlas, los cuales son conocidos por el nombre de palacios del nacimiento. El pez-monstruo que se llama Tamoosá —pescado de setecientas mil colas, que lleva en sus lomos setecientos mil toros, cada uno de ellos más grande que el Universo, armados con sendos cuernos de esmeralda, y los cuales toros rebotan y brincan sobre la masa enorme, que ni siquiera se da cuenta de que los lleva encima—, el pez-monstruo se entregó a tales transportes de alegría, que si el Todopoderoso no lo hubiese calmado, habría hecho volcar positivamente el mundo.»

El profeta recibió la corona de la exaltación religiosa; se revistió con las ropas del conocimiento divino, ciñéndolas a su cuerpo con el cinturón del amor de Dios y se calzó las espuelas del respetuoso terror… Contaba apenas tres años, cuando dos mensajeros celestes le abrieron por el costado, le extrajeron el corazón, sacaron de él las gotas negras del pecado original, lo llenaron con la fe, la ciencia, la luz profética, y al fin volvieron a colocar el corazón en su sitio. Mahoma fue educado por su abuelo, uno de los guardadores hereditarios del templo de la Meca, donde iban en peregrinación los fieles de los más lejanos países. Las ceremonias que Mahoma presenciaba diariamente ejercieron gran influjo en su espíritu. Sin embargo, no aprendió jamás a leer ni a escribir. Ese hombre fue el que realizó la gran obra de fundir en un solo pueblo las diversas tribus de su nación; el que sacó a dichas tribus de sus soledades y las constituyó en un imperio que lindaba a la vez con las fronteras de la China y con las columnas de Hércules, abarcando un espacio tan grande, que no lo recorrieron jamás igual las águilas romanas con su poderoso vuelo.

Mahoma fue al principio factor o agente comercial, encargado de llevar mercancías de caravana en caravana y de una a otra feria. Una viuda riquísima llamada Cadirjah le confió sus negocios y acabó por hacerlo su esposo. No teniendo necesidad de trabajar para vivir, Mahoma no se ocupó en otra cosa que en libertar a su nación del yugo de la idolatría. Aleccionado por un judío converso al cristianismo, tomó aversión a los trescientos sesenta ídolos de Caaba y llegó a poseer la convicción de la unidad del Ser Supremo. Convencidos sus parientes y amigos de que el fuego, el viento, el aire, las estrellas, el agua y el sol, eran dioses, motejáronle de insensato.

Sólo se es cuerdo en el mundo a condición de agitarse y hablar como la gente que en él vive. La sociedad no aprecia al hombre que cambia el curso de las tradiciones. Al contrario, le resiste cuanto puede, a imitación del perezoso cuyo sueño matinal se interrumpe. Como todos los profetas, Mahoma tuvo extraordinarias visiones, y le acometían ataques epilépticos, que sólo por exceso de devociones pueden explicarse. La primera conversión que hizo fue la de su esposa Cadirjah. En un esclavo llamado Zeid recayó la segunda. Al cabo de tres años tenía ya cuarenta conversos. La persecución tuvo principio. Mahoma invitó a su tribu a una conferencia, y se declaró enviado del Altísimo para restablecer lo que él llamaba la única religión verdadera, la que siguieron Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús y todos los profetas. El nuevo dogma fue ganando terreno; las clases humildes lo acogieron con alegría. Los propios judíos, a pesar de que aguardaban siempre al Mesías, no por esto rechazaban las pretensiones de Mahoma. Volviéronle solamente la espalda cuando autorizó a los suyos para comer carne de cerdo y de camello. Hasta el duodécimo año de su predicación no se realizó el famoso viaje de Mahoma al cielo. La tradición de este viaje nocturno se parece mucho a las revelaciones de Swedenborg. El profeta va guiado por el ángel Gabriel, «quien lleva a su alrededor 10.000 saquitos llenos de almizcle y azafrán, y el cual posee quinientos pares de alas, separadas cada una de ellas por un espacio de quinientos años de viaje.»

En la primera esfera Adán sale al encuentro de los viajeros. Llega después Jesuf o Josef, con quien departen alegremente. En el sexto cielo encuentran los peregrinos a Moisés, el cual les dice: «Los israelitas creen que yo soy el bienamado del Altísimo; pero este hombre le es más querido que yo mismo.» La mayor parte de las maravillas que encuentran Gabriel y Mahoma tienen un sentido característico, como por ejemplo, un ángel «con la mitad del cuerpo de fuego y la otra mitad de nieve». Otros ángeles construían palacios con ladrillos de oro y de plata. El Profeta vio que se cruzaban de brazos y al preguntarles la razón de aquello, contestaban:

-Esperamos que nuestros gastos sean satisfechos.

-¿Qué gastos?

-Las devociones de los creyentes: cuando ellos cesan de orar, nosotros suspendemos el trabajo.

Mahoma exaltaba a sus soldados con la grandiosidad de su pensamientos y la magnificencia de sus promesas. «La espada —dice— es igualmente la llave del cielo y de la Tierra. Quien la ponga al servicio de la santa causa, obtendrá recompensa en la Tierra, y cada gota de sangre vertida, cada privación, cada peligro, será registrado allá arriba. El que caiga en el campo de batalla, alcanzará el perdón de todos sus pecados y será transportado a los cielos para saborear eternos placeres.»

Perseguido Mahoma por los koreishitas, corrió un día gran peligro. Refugióse en una caverna del monte Ther, y cuando los que le perseguían llegaron a la boca de la cueva, halláronla obstruida por una acacia que había brotado súbitamente. En las ramas de este árbol, dos palomas habían hecho su nido y una araña había tejido su tela. Las apariencias de tranquila soledad engañaron a los perseguidores, los cuales se marcharon por otro camino. Con historias semejantes se enardece la imaginación de los pueblos, se les lleva al combate y se les explota en interés de algunos. Mil doscientos años después de la Egira, los mahometanos habían conquistado 36.000 aldeas, ciudades o fortalezas, destruido 4.000 templos cristianos y edificado 1.400 mezquitas. En poco tiempo, relativamente, se habían hecho dueños del África, convirtiendo a los moros, quienes a su voz invadieron a España. El imperio de los creyentes se extendía desde el Atlántico hasta el Japón; atravesaba el Asia y el África, comprendía la Península Ibérica y penetraba en Francia hasta el río Loire. El derrumbamiento del poder mahometano ha sido largo, pero ya toca a su término. Inglaterra domina a los musulmanes en la India y los ataca ahora en el Sudán briosamente; Rusia tiene la mitad del Asia; Francia, la Argelia… Y tal vez España realice algún día en Marruecos su misión civilizadora (1).

El profeta que hizo un viaje tan delicioso al cielo, debiera, en interés de los creyentes, bajar ahora a la Tierra. En estos conflictos religiosos hay una cosa que entristece, particularmente al pensador, y es, la imposibilidad de pertenecer a una religión sin hallarse condenado por todas las restantes. ¡No hay remedio! Las muchedumbres ignoras son como los niños adolescentes al salir de la primera infancia, que adoran los cuentos de hadas, las historias inverosímiles, las novelas más disparatadamente fantásticas, y forman su imaginación con leyendas y mitos que quedan grabados por mucho tiempo o para siempre en su fantasía. Millones de años hay, si no son siglos, que la China cree en Confucio. El reformador chino tiene una leyenda tan especial, que bastará indicar las circunstancias de su poético nacimiento: «Una mujer virgen fecundada por los rayos del sol, no sabe cómo explicar su situación extraordinaria. Sintiendo acercarse la hora de su alumbramiento, la joven abandona su aldea y camina, camina… hasta caer abrumada de cansancio a orillas de un gran lago. Allí da a luz al niño Confucio. Una flor de loto se entreabre, y la inocente madre deposita al recién nacido en la corola. Aquella flor cierra de nuevo sus hojas, y el profeta halla en aquel estuche oloroso nutrición abundante, hasta el día en que puede salir para dedicarse a catequizar a sus semejantes.»

¿Puede darse una historieta más simple, a la vez que inverosímil y dulcemente poética? ¿Y el Espiritismo? ¡Ah!, el Espiritismo viene a barrer todos los sofismas, todos los mitos, todas las leyendas, todos los personajes proféticos que se han valido de su influencia y ascendiente sobre las masas para convertir la superficie de nuestra Tierra en un lago de sangre y una necrópolis. El Espiritismo no engaña a los niños con subterfugios de arte, ni ofusca a los hombres con promesas de placeres materiales.

(1) Este artículo escrito hace más de cuarenta años, es una profecía que se cumple actualmente con la guerra de España en Marruecos. Pasó ya el tiempo de atraer a los salvajes y dominarlos con la seducción brillante de un collar de cuentas de vidrio y con espejitos, cascabeles y chucherías vistosas. El Espiritismo es luz y verdad, realidad y sentimiento, progreso y perfección, ilustración, educación e instrucción. Las leyendas religiosas no igualan, ni llegan a tener la poesía real y verídica de los fenómenos del Espiritismo. Jamás religión alguna soñó grandezas y maravillas como las descripciones de los cielos, vistos a través del telescopio, por nuestro Camilo Flammarión. Nunca poesía alguna pudo compararse a la potente imaginación de un Víctor Hugo, de un Salvador Selles, cantores del sentimiento, del espíritu, del infinito, de la vida eterna. Nuestro ideal no quiere ídolos, santos, altares, templos, ritos, dogmas, sacerdotes mercenarios, ni liturgias sagradas. Cada hombre es el representante de su conciencia; cada mujer la sacerdotisa de su hogar. La razón, el alma del mundo; y el amor universal, la religión del porvenir de toda la Tierra, eslabón de la cadena interminable de los mundos que ruedan por el inacabable espacio. Nada de guerreros ni de héroes, de verdugos ni víctimas. El Espiritismo es paz, trabajo, orden, progreso y estudio de todas las cosas. Es arte, inspiración, aspiración sublime de perfeccionamientos, hasta presentar una civilización nueva, superior mil veces a todas las civilizaciones conocidas. Creo haber contestado a mi amiga, y sabrá comparar entre la farsa religiosa de todas las sectas y la gran religión natural del Espiritismo, fuente de futuras glorias.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Cuentos espiritistas»

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