Conéctate

Primero, ella encontró la Luna. ¡Fabuloso descubrimiento! Se conectó con ella. ¡Qué alegría!

¡Luna! ¡Luna! Repetía, a mí y a todos los que iba encontrando en la concurrida calle frente a la escuela. Su admiración parecía decir: ¿Cómo no están todos mirando hacia arriba? ¿!Cómo no están admirando eso allá en el cielo?!

Se inclinó por la ventana de un vehículo estacionado. Invitó a la niña desconocida a contemplar también el astro: ¡Luna! Y señalaba la gran letra C firmada en la amplitud naranja de aquel atardecer de otoño. Luego comenzó a hablarme en un difícil idioma extranjero, pero extremadamente bello. Hablaba sin parar, como quién necesita contar y contar.

Estoy aprendiendo de ella, un poco cada día. Yo sujetaba su mano con fuerza, pues tan rápida, tan ligera y feliz, ella podría salir volando en cualquier momento, y no teníamos permiso para despegar en aquel instante… La otra mano, libre y rápida, agarró el bolso de una mujer y lo tiró.

¡Hola! – dijo mi hija, sonriendo en medio de dos hoyuelos.

¡Perdón! – dije torpemente.

Esa persona cruzaba nuestro camino a pasos anchos y mirada dura. No sabíamos su nombre, de dónde venía, a dónde iba. Sólo vimos que cuidaba el suelo y el bolso. Devolvió el saludo con una sonrisa inesperada y siguió. Amélie tiene superpoderes. Uno de ellos es ver a personas invisibles y conectarse con ellas. Más adelante, descubrió a un hombre de mediana edad, tez castigada por el Sol, tirando con dificultad de un carro repleto de reciclables. Él iba embalado, no podía parar en la ladera, pero fue irresistible.

¡Hola! – dijo ella, encantadora, agitando las manos.

No fue un Hola proforma, por educación, no. Ella cambió el curso de su caminata y fue hacia él, exuberante. Él frenó con dificultad, recostó el instrumento de trabajo con cuidado, porque el peso era inmenso, soltó las manos de la barra e insistió en saludar como se debe, como gente misma, mano con mano, mirándose a los ojos. Y todo eso sucedió en menos de diez minutos de nuestras vidas… A partir de ese día, pasé a recoger a mi hija de la escuela dejando el coche lo más lejos posible de las puertas, sólo para poder caminar más en su compañía y ser sorprendido todas las veces.

*   *   *

En los momentos en que hablamos tanto sobre la conexión, sobre estar conectados al mundo entero, podríamos preguntarnos: ¿Qué tipo de conexión realmente debemos buscar en la vida? ¿Con qué debemos conectarnos? Tener millones de informaciones no nos hace mejores ni más felices; saber que la comunicación es rápida como nunca, no resuelve nuestros conflictos; leer lo que escriben y piensan nuestros amigos, no nos hace menos solitarios. ¿Dónde está entonces la verdadera conexión? Donde siempre ha estado: en el corazón. Nada ha cambiado. Nuestras necesidades siguen siendo las mismas, el camino para construir una sociedad más digna sigue siendo el mismo: el amor. Así, haz conexiones con esa fuerza mayor que nos rige a través de tu sensibilidad. Conéctate con la sociedad a través de tu prójimo. Conéctate al mundo a través de tu familia. Conéctate a todo el Universo a través del amor.

Redacción del Momento Espírita, basada en texto de autoría de Andrey Cechelero.

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