Un sentido para la vida

Apoyados en el bendecido trabajo de la fraternidad aquellos hombres resistieron a sus provocaciones por tres años.

En 1945 terminó la guerra. Pero para ellos la supervivencia no era nada. El gran milagro, la bendición mayor, fue el hecho de haber encontrado un sentido para la vida, mientras construían la vía férrea de la muerte.

Vida en plenitud, vida con objetivo, vida vibrante y bella. Una vida extrañamente sensata, en medio de un mundo que enloqueció. Era exactamente en eso que pensaban en el culto de acción de gracias en el campamento, por el término de la Guerra, cuando recordaban aquella Navidad desde hacía tres años, cuando, de manos puestas, imploraban por la libertad.

Sabían ahora que Dios no era indiferente a sus súplicas. Solamente cuando sus manos se movieron en el trabajo de la fraternidad y que se habilitaron a escuchar la respuesta del Cielo, orientándolos para que encontrasen la verdadera libertad.

Una libertad que debe ser conquistada en la intimidad de la propia consciencia, con la fuerza irresistible del Bien. Entonces seremos verdaderamente libres. Habremos eliminado la angustia y el miedo, la rebeldía y el desespero, el odio y la agresividad, presiones terribles que atormentan el alma humana.

***

¿Quién soy yo?

¿Qué hago en el Mundo?

¿Dios existe?

¿Cómo encontrarlo?

¿Cómo resolver el enigma del sufrimiento humano?

¿Cómo encontrar una finalidad para la vida?

Cuando encuentran personas atormentadas que hacen esas preguntas, los exalumnos de aquellos campos del infierno, a los márgenes del Rio Kwai, responden con el pequeño poema del cabo Miller:

Busqué mi alma y no la encontré…

Busqué al señor mi Dios y no lo vi…

Busqué a mi hermano y encontré a los tres…

Richard Simonetti
Huyendo de la prisión
Traducido por R. Bertolinni

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