De Centinela

No, mi amigo. No diga que nosotros, los compañeros desencarnados, resurgimos de la muerte convertidos en capataces intolerantes, en la construcción de la fe. Cuando usted examina el celo natural con que pretendemos defender los principios de Allan Kardec, para que la Doctrina Espírita avance pura, en el actual momento de profundas transiciones, se sorprenden de ver en nosotros la valentía de Torquemada, mentalizando hogueras y rumiando persecuciones. Sin embargo, no es así. Si Ud. estuviera fuera del carro fantasioso de la carne, como un caballero desmontado, con la obligación de atravesar paso a paso, su propio camino, seguramente pensaría de otra forma. Ignoro si Ud. ya entró en un gran hospicio; pero así y todo es posible que sepa que casi todos los internados en el manicomio son criaturas absolutamente fuera de la realidad. Ahí tenemos supuestos reyes, irguiendo la cadavérica cabeza; hidalgos imaginarios, ostentando guijarros como si fueran brillantes; caprichosos propietarios, cargando papel inútil por documento valioso, y hasta a pobres hermanos de mirar oscuro, creyéndose animales en excéntricas posturas.

Llega el psiquiatra, nervioso ante semejante submundo de mente enfermiza, rasca la cabeza, examina la clientela y aplica, discriminadamente, el barbitúrico y la insulina, el electroshocky la lobotomía; sin embargo, pocas veces consigue reorganizar del todo, el raciocinio de los alienados que el desequilibrio enloqueció. Esa, mi amigo, es la única imagen que recuerdo para expresar el cuadro que nos toma por sorpresa, después de la desencarnación. Se tiene la idea de que el paisaje social de la Tierra, casi toda ella, está rodeada de Espíritus dementes, en cuyos cerebros el discernimiento sufre un eclipse doloroso.

Millones de los que ya se desamarraron de la carne prosiguen, aquí, psíquicamente pegados al recuerdo petrificado de aquello que fueron entre los hombres, conservándolo con una gran obstinación, como si fueran dueños de personas y de honras, tierras y haciendas, casas y poses, objetos y cosas. Hay quien se juzgue comandante del pueblo, gritando en vano, en la oscuridad de sí mismo; quien se arroga en la posición del señor de la retaguardia, reclamando situaciones que no regresan; quien se presume santo, cargando pasiones subalternas; y hay ejércitos de infelices, prisioneros de pavorosas ilusiones, alimentadas por las inteligencias bestializadas en el vampirismo o en la delincuencia. Todo eso, porque los tabúes de todas las procedencias aún dominan la vida mental de la mayoría de los espíritus encarnados, obstruyéndoles la visión más amplia en la dirección de la inmortalidad.

Convengamos que en la Tierra de ahora, el Espiritismo simple y sereno es la mayor escuela de liberación de la mente, el abrigo seguro para el entendimiento religioso de la vida, en la cual aprendemos que en materia de responsabilidad delante de las Leyes Divinas, todos somos dueños de nosotros mismos y que todos recibiremos, en la Tierra o en otro lugar, según nuestras obras. Es por observar de cerca las terribles consecuencias de las mentiras y de los preconceptos humanos, en los caminos del espíritu, que proseguiremos trabajando por la preservación de la Doctrina Espírita, indemne de dogmas y supersticiones, de lo artificial y de rituales.

Liberémonos por dentro, para que la libertad mayor venga a nuestro encuentro. Finalizando, creo que no es necesario volver a recordar, en este aspecto de nuestro estudio, los ejemplos de tolerancia por parte del Cristo. Indudablemente, Jesús se mostró como amigo y hermano de todos: sin embargo, en nombre de la caridad y de la solidaridad no se permitió entrelazar las manos, políticamente, con Anás y Caifás, así como con otros distinguidos sacerdotes de su tiempo, con el fin de que le den pactos y escapes en las saludables lecciones que se hacía portador. Tentado a adaptarse, prefirió silenciar y morir. El Divino Maestro, seguro, quiso patentarnos que el amor no va sin la verdad y que la verdad, para ser defendida, necesitará resistencia, aunque esa resistencia reserve para sí misma, sólo el clima de sarcasmo y muerte en la cruz.

Espíritu Hermano X

Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Relatos de la vida»

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