Cuando regreses

Sufres mientras solicitas alivio y te embriagas con la oración como quien asciende al Cielo por la escala sublime de la bendición…

Imploras la presencia del Cristo. Aun así, no encuentras al Maestro, delante del cual te postrarías humildemente. Sabes, no obstante, que desde las Alturas los Brazos Eternos sostienen tu vida, y mientras te enterneces en la melodía de la confianza, sientes que tu alma se corona de luz al fulgor de las estrellas.

Suplicas al orar tu felicidad y la felicidad de los que más amas; obtienes de tal modo consuelo y la reparación de tus energías…

Sin embargo, cuando regreses de la divina excursión que haces en pensamiento, desciende tu mirada hasta el valle de los que padecen. Descubrirás a aquellos para quienes la más pequeña migaja de tu bienestar representará invariablemente, de algún modo, la conquista de la perfecta alegría.

Los mutilados que disimulan el llanto, los enfermos abandonados a las pesadillas nocturnas, los desventurados en desesperación, y los niños que se amontonan delante de la chimenea de nadie… Al descubrirlos, por cierto, no les dirigirás apenas tu mirada condolida, sino que les tenderás tus manos, en el aprendizaje de la redentora ciencia de auxiliar. Comprenderás entonces que también puedes distribuir en la Tierra el tesoro de amor que imploras al Cielo y, ¿quién sabe? Tal vez hoy mismo, cuando entres en el cuarto a oscuras de algún enfermo al que el mundo relegó al camastro de la angustia, encontrarás al Señor que vela sus horas, que te dirá con ternura inefable:

— ¿Para qué me llamaste?

Aquí estoy.

Espíritu Meimei

Médium Francisco Cândido Xavier, Waldo Vieira
Extraído del libro «El Espíritu de verdad»

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