Riqueza y pobreza

¿Cuál es la solución para las dramáticas diferencias económicas y sociales que asolan nuestro planeta?

En nuestro mundo Tierra las desigualdades sociales y el desigual reparto de la riqueza son evidentes. Al lado del lujo más desmedido coexisten situaciones de miseria y marginalidad. Incluso en las sociedades desarrolladas, y aun en el seno de los países más prósperos e industriales, existen grandes bolsas de pobreza, por lo que podemos afirmar que ésta no es patrimonio exclusivo de las culturas o estados subdesarrollados. Como tampoco las élites más ricas y poderosas existen sólo en los países más poderosos, ya que en cualquier país subdesarrollado existen minorías que nadan en la abundancia. Es más, cuanto más deprimente es el estado de desarrollo de un país, y más hambre pasa el pueblo llano, más lujo y ostentación detentan las minorías dirigentes, en un contraste brutal que repugna a la razón y al buen sentido. Muchos estados del sureste asiático son ejemplo de ello, popularizando la frase «lujo asiático» para describir la ostentación de las riquezas en grado superlativo. Tengamos muy en cuenta, tal como nos demuestra la Ciencia Espirita, que la desigualdad de las condiciones sociales es obra del hombre, y no Dios.

Tal como le manifiestan los espíritus superiores a Allan Kardec, codificador del Espiritismo, en El Libro de los Espíritus: «Sólo las Leyes de Dios son eternas. (…) Semejante desigualdad desaparecerá junto con el predominio del orgullo y del egoísmo, y no subsistirá más que la desigualdad de mérito. Día vendrá en que los miembros de la gran familia de los hijos de Dios no se mirarán como de sangre más o menos pura. Sólo el espíritu es más o menos puro, y esto no depende de la posición social.»

«Si queremos ser caritativos, veamos en el hombre un compañero de pruebas, un hermano de armas en la lucha de la vida. » León Denis. En cuanto a la desigualdad de riquezas, Kardec presenta una observación importante: La igualdad absoluta de riquezas no es posible, dada la diversidad de facultades y caracteres de los seres, y pretender que dicha igualdad sea el remedio de los males de la sociedad es una quimera: «Esos tales son sistemáticos o ambiciosos celosos, y no comprenden que la igualdad que sueñan sería muy pronto destruida por la fuerza de las cosas. Combatid el egoísmo, que es vuestra plaga social, y no busquéis quimeras.»

Ahora bien, tanto las riquezas y el poder como la miseria son pruebas que Dios da, las cuales han sido elegidas por los propios espíritus. «La caridad moral debe extenderse a todos los que en este mundo tienen parte en nuestra vida.» León Denis En el primer caso, el buen o mal uso de la fortuna determina el estado en que se encontrarán los seres que han sido depositarios de ella al ingresar de nuevo en el mundo fluídico: si ha servido para reparar alguna injusticia, para mejorar las condiciones de vida de sus semejantes; en suma, si ha sido útil para el prójimo, el ser cosechará los buenos frutos de sus acciones. Pero si sólo ha servido para alimentar su egoísmo y ambición, recogerá los amargos frutos de su proceder. Por otra parte, la miseria o desgracia es una prueba igualmente ímproba para el ser, ya que puede incitar en él la murmuración y rebeldía contra la Providencia, o bien la sumisión a la Divina Ley.

Tal como manifiesta Allan Kardec: «La elevación en este mundo y la autoridad sobre sus semejantes son pruebas tan peligrosas y grandes como la desgracia, porque mientras más rico y poderoso es el hombre, más obligaciones tiene que cumplir, y mayores son los medios de hacer el bien y el mal, Dios prueba al pobre por medio de la resignación, y al rico por el uso que hace de sus bienes y poderío. Los estudiosos del Espiritismos hemos de tener presente que la prosperidad o abundancia puede facilitarnos más tiempo para dedicarlo al perfeccionamiento propios, ya que tenemos cubiertas las necesidades más primarias de la alimentación y alojamiento. Pero también puede embriagarnos y endurecer el corazón haciéndonos caer en la indiferencia y fermentando el egoísmo. Bien sabido es que las circunstancias adversas, tales como una enfermedad, una carencia de algo necesario, etc., en suma, el sufrimiento, reblandecen el corazón y hace comprender al ser que la humildad y caridad deben ser su guía en la vida diaria.

En El Evangelio según el Espiritismo, Allan Kardec señala al orgullo y egoísmo como la plaga que azota a la Humanidad, y la causa de los problemas que la aquejan. Y la caridad y la humildad como las virtudes que constituyen el camino hacia la felicidad eterna: «Cristo no conceptúa entonces, la caridad tan sólo como una de las condiciones necesarias para la salvación, sino que la considera condición… Si hubiera que cumplir otras, Él las habría mencionado. Y si coloca a la caridad en primera categoría entre las virtudes, es porque ella incluye implícitamente a todas las demás: humildad, dulzura, benevolencia, indulgencia, justicia, etc., y porque la caridad constituye la negación absoluta del orgullo y el egoísmo(….) La caridad no es tan sólo la beneficencia, sino el conjunto de todas las cualidades del corazón, en la bondad para con el prójimo y en velar por el.

Julián Oliete

Extraído de la revista «El Espiritismo»

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