Reflexiones sobre el día de los Finados

¿Cuál será el origen de la cultura de consagrar un día en homenaje a los “muertos”? ¿Cuál es el significado de la palabra “finados”? ¿Será necesario ir a los cementerios para honrar la memoria de los que volvieron a la Patria Espiritual? ¿Y cuál es la mejor diferencia que les podemos prestar?

De acuerdo con algunos investigadores, el día consagrado a los muertos se originó en los antiguos pueblos galos, los cuales, conocedores de la indestructibilidad del ser, honraban a los Espíritus y no a los cadáveres como, equivocadamente, se hace en la actualidad. El culto al día de los muertos es una tradición mundial, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, constituyendo, como se lee en la respuesta a la pregunta 329 de El libro de los Espíritus (FEB Editora) un fuerte indicio de la inmortalidad del alma, aceptada intuitivamente por el hombre. (1) Finado es el participio pasado del verbo “finar”, que significa el individuo que murió, finó, falleció, término que se plasmó en la cultura adoptada por los pueblos de las más diversas religiones, práctica esa que estuvo muy unida, en la Antigüedad, a los cultos agrarios o de la fertilidad: se creía que los muertos, como las semillas, eran enterrados con vistas a la resurrección (nuevo nacimiento).

En vista de eso, el primitivo Día de Finados, era festejado con banquetes y orgías cerca de los túmulos, costumbre diseminada en varias civilizaciones del pasado. Consta que, después de la muerte del tirano Mausolo, rey de Caria, antigua región del Asia Menor, la esposa del emperador, Artemisia, ordeno la construcción de un enorme edificio, ricamente adornado, para acoger al cuerpo del soberano. Esa construcción, o monumento funerario, es considerada una de las maravillas del mundo antiguo, de entre las cuales destacan las pirámides de Egipto, que hasta hoy constituyen morada de los restos mortales de los antiguos faraones. De ahí habría surgido la palabra “mausoleo” para identificar los sepulcros de grandes proporciones. Entretanto, solamente en el final del siglo X fue oficializado por la Iglesia de Roma el “culto a los muertos” con el nombre de “finados” destinado específicamente a los Espíritus que estarían en el “Purgatorio” lugar, según la creencia católica, “donde las almas de los que cometieron pecados leves acaban de purgar sus faltas, antes de ir para el paraíso”*, las cuales también dependerían, para ser rescatadas – aun según la creencia católica – de las oraciones de los que están en la tierra.**

Para el Espiritismo, este es un día como cualquier otro, una vez que se considera la ida al cementerio como la exteriorización de un sentimiento. Los que visitan un túmulo manifiestan, por esa costumbre, que piensan en el desencarnado, aunque muchos lo hagan solo para desvincularse más de una “obligación social” en el calendario humano, sin que haya la exteriorización sincera de amor. Para homenajear al ente querido que nos precedió en el retorno al mundo espiritual, no es necesario, ir a cementerios, cuya apariencia lúgubre generalmente evoca recuerdos desagradables en descomposición. Lo que sensibiliza al desencarnado no es propiamente la visita a la sepultura, sino el recuerdo fraterno y la oración sincera de aquel que quedó en la tierra, lo que puede ser hecho en cualquier momento y en cualquier lugar. Por eso el día de finados no es más importante, para los que mueren, que otros días. La diferencia entre el día de finados y las demás fechas es que, en aquel, más personas invocan a los Espíritus por los pensamientos. La práctica regular de las familias sepultar los restos mortales de sus entes en un mismo lugar, es útil desde el punto de vista material, entretanto, para las leyes divinas, esa cultura no tiene ningún valor, desde el punto de vista moral, a no ser que sea para concentrar más los recuerdos de los parientes. El Espíritu que alcanzó un determinado grado de perfección, que se encuentra despojado de las vanidades terrenas, comprende la inutilidad de los funerales pomposos, que sirven más a los que quedan que a los que parten. En muchos casos, el Espíritu asiste a su propio velorio (2), no siendo raro las decepciones que experimenta en esos momentos. La simple mención del nombre del fallecido y de otros muertos se transforma en verdadera invocación, atrayéndolos al ambiente en que estamos.

A propósito, en el libro Obreros de la vida eterna, dictado por el Espíritu André Luiz al médium Francisco Cándido Xavier (1910-2002), encontramos significativa advertencia: – Nuestros amigos de la esfera carnal son aún muy ignorantes para el trato con la muerte. En vez de atraer pensamientos amigos y reconfortadores, oraciones de auxilio y vibraciones fraternales, tiran a los recién desencarnados las piedras y los espinos que dejaron en los caminos recorridos. Es por eso que, los muertos que entregan los despojos a los solitarios depósitos de la indigencia son mucho más felices. (…) (…) las cámaras mortuorias no deben ser puntos de referencia para la vida social, sino recintos consagrados a la oración y al silencio (3).

¿Cual, entonces, debe ser nuestra conducta, en esas ocasiones? La misma postura de respeto que debemos tener para con cualquier persona encarnada. Una oración sincera, un gesto de perdón, un pensamiento sencillo, más bondadoso, dirigido a los entes que partieron, valen más que mil coronas de flores y solemnidades fúnebres (4). Hay un pasaje del Evangelio que bien resume el espíritu de finados: Sígueme; y el otro respondió: Señor, consientes que, primero vaya a enterrar a mi padre. –Jesús le respondió: Deja a los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos; en cuanto a ti, ve a anunciar el Reino de Dios. (5)

¿Qué interpretación debemos dar a este texto? ¿Literalmente, no induce a negar el derecho de despedirnos de nuestros entes más cercanos? Claro que no. Jesús nunca perdía la oportunidad de enseñar a alguna cosa a aquellos que le rodeaban. El Maestro hablaba para el futuro. Queriendo con eso dejar patente que la muerte física es un hecho o fenómeno natural. Es lo mismo que decir: -No le demos a la materia, al cuerpo, más importancia de lo que tiene. En cuanto encarnados, debemos priorizar la vida espiritual en detrimento de la vida material, sin, entretanto, descuidar el vaso físico, que constituye la habitación o el templo del Espíritu, instrumento de nuestro progreso, considerando el primero préstamo que recibimos del Creador al reencarnar. Por tanto, no somos dueños, sino meros usufructuarios de él. Como todo que es material, un día tendremos que devolverlo y prestar cuentas del buen o mal uso. El entierro de los despojos, más allá de constituir una cuestión de higiene pública, también es una forma de respeto a la personalidad del extinto y a sus restos mortales, derecho contemplado inclusive por el ordenamiento jurídico. Siendo la desencarnación la liberación del Espíritu de la carne, la muerte no pasa de una ilusión de los sentidos, dado que el que muere es el cuerpo físico. Apenas cambiamos de residencia, de una dimensión para otra. Biológicamente, la muerte es el agotamiento de los órganos que, en realidad, también no mueren, pero se transforman, son devueltos a la Naturaleza por medio de la natural desintegración de sus elementos químicos.

Sea nuestra o de los otros, debemos aceptar con resignación y coraje, lo que es una prueba de confianza en el Creador, en la certeza de la inmortalidad. Es natural que exterioricemos nuestros sentimientos de dolor en momentos tan difíciles. Entre tanto, evitemos entregarnos al desequilibrio, una vez que esa conducta en nada ayuda al Espíritu desencarnante que, en esas circunstancias, recibe nuestros desvaríos mentales, con voracidad. Por último, no nos olvidemos de que lo más importante no es el comportamiento de las personas en la hora de la desencarnación de un ente querido, o en el instante de la propia muerte física, sino, sobre todo, la conducta que debemos tener durante toda nuestra existencia física, pues que, en la condición de Espíritus inmortales, nuestra vida debe ser el resultado de un constante esfuerzo para el perfeccionamiento moral. En razón de eso, combatir los excesos y los malos hábitos físicos y morales es una buena manera de prepararnos para la muerte, con lo que haremos justo al mensaje atribuida al sabio Confucio: “Cuando naciste, todos sonreían, y tú eras el único que llorabas. ¡Vive la vida de tal forma que, cuando mueras, todos lloren, y tú sonrías!

Christiano Torchi

Referencia:

(1) Allan Kardec. El libro de los Espíritus. Cuestión 329.
(2) Allan Kardec. El libro de los Espíritus. Cuestión 327.
(3) Francisco Cândido Xavier. Obreros de la vida eterna. Espíritu Andre Luiz. Cap 14, p 247-248.(4) Waldo Vieira. Conducta Espirita. Espíritu Andre Luiz. Cap 36 LUCAS, 9:59-60.

Revista Espirita “Reformador” Traducido por Jacob

1 comentario en “Reflexiones sobre el día de los Finados”

  1. La muerte, en verdad, no es algo que exista. Es más… ¡nada, absolutamente nada, tiene la oportunidad de morir. Es un término que trata de conceptualizar y, a veces, «definir» algo que no existe.
    Nuestro lar es el plano inmaterial. ¡Dónde queda ese plano! No tiene lugar. Solamente ES.
    Igual que el universo… ¿dónde quéda el universo con respecto al plano inmaterial? exactamente en el mismo lugar que queda el cielo o plano inmaterial. En ninguna parte. Solamente ES.
    De tal manera que vamos de este plano, el material, al inmaterial, Luego volvemos y así sucesivamente hasta que nuestra alma, no nuestro espíritu, haya evolucionado hasta el amor.
    ¿Y por qué venimos? Porque somos el instrumento de Dios, siendo estos instrumentos Dios mismo, para experimentar su Sabiduría Infinita.
    ¿Te has preguntado si Dios corre, baila, canta, trabaja, crea, etcétera? Sí lo hace, … a través de tí, de mí, del otro y de todo lo demás: ya sea materia «muerta», animal, planta o personas. TODO ES DIOS.
    Y lo sé, con certeza absoluta estas cosas: ya mi madre reencarnó, y ahora es mi hija. Y presenta las mismas características, que solo ahora no quiere tener hijos y somos 11.
    ¿Entiendes extensamente lo que estoy diciendo?

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