De la infancia

379 El espíritu que anima el cuerpo de un niño, ¿está tan desarrollado como el de un adulto?

«Puede estarlo más, si más ha progresado, y solo la imperfección de los órganos le impide manifestarse. Obra en proporción al instrumento con cuya ayuda puede expresarse.»

380 En un niño de poca edad el espíritu, fuera del obstáculo que la imperfección de los órganos opone a su libre manifestación, ¿piensa como un niño, o como un adulto?

«Cuando es niño, natural es que, no estando desarrollados los órganos de la inteligencia, no puedan darle toda la intuición de un adulto, y tiene, en efecto, la inteligencia muy limitada, mientras la razón es madurada por la edad. La turbación que acompaña a la encarnación, no cesa súbitamente en el acto del nacimiento y solo gradualmente se disipa junto con el desarrollo de los órganos.»

Una observación viene en apoyo de esta respuesta, y es la de que los sueños de un niño no tienen el carácter de los de un adulto. Su objeto es casi siempre pueril, indicio de la naturaleza de las preocupaciones del espíritu.

381 A la muerte del niño, ¿recobra el espíritu inmediatamente su vigor primitivo?

«Debe ser así, puesto que está desprendido de su envoltura corporal. No recobra, sin embargo, su lucidez primitiva, hasta que la separación es completa, es decir, cuando ya no existe lazo alguno entre el espíritu y el cuerpo.»

382 ¿El espíritu encarnado sufre, durante la infancia, por la violencia que le hace la imperfección de sus órganos?

«No; este estado es una necesidad, es natural y conforme con las miras de la Providencia. Es un tiempo de descanso para el espíritu.»

383 ¿Qué utilidad reporta el espíritu de pasar por el estado de infancia?

«Encarnándose el espíritu con la mira de perfeccionarse, es más accesible, durante aquel tiempo, a las impresiones que recibe y que pueden favorecer su progreso, al que deben contribuir los que están encargados de su educación.»

384 ¿Por qué el llanto es el primer grito del niño?

«Para excitar el interés de la madre y provocar los cuidados que le son necesarios. ¿No comprendes que, si solo gritase de alegría, nadie se inquietaría por lo que necesita, cuando no sabe hablar aún? Admirad, pues, en todo la sabiduría de la Providencia.»

385 ¿De dónde procede el cambio que se opera en el carácter a cierta edad, particularmente al salir de la adolescencia? ¿Es el espíritu el que se modifica?

«Es el espíritu que recupera su naturaleza y se muestra como era. Vosotros no sabéis el secreto que en su inocencia ocultan los niños; no sabéis lo que son, lo que han sido, lo que serán, y los amáis sin embargo, los queréis como si fuesen parte de vosotros mismos, de modo, que el amor de una madre hacia sus hijos se reputa como el mayor que puede un ser sentir por otro ser. ¿De dónde procede tan dulce afecto, esa tierna benevolencia que hasta los mismos extraños experimentan respecto del niño? ¿Lo sabéis? No. Yo voy a explicároslo.

Los niños son seres que Dios envía a nuevas existencias, y para que no puedan acusarle de severidad demasiado grande, les concede todas las apariencias de la inocencia. Hasta en un niño de mala índole, se cubren sus maldades con la inocencia de sus actos. Semejante inocencia no es una superioridad real sobre lo que era antes, no; es la imagen de lo que debiera ser, y si no lo son, sobre ellos únicamente recae la culpa. Pero no solamente por ellos les da Dios este aspecto, se lo da también, y sobre todo, por sus padres, cuyo amor es necesario a la debilidad de aquéllos, amor que se menguaría notablemente a la vista de un carácter áspero y acervo, al paso que, creyendo a sus hijos buenos y afables, les profesan todo su afecto y les rodean de los más exquisitos cuidados. Pero cuando los hijos no han menester ya de esta protección, de esta asistencia que se les ha otorgado, durante quince o veinte años, aparece su carácter real e individual en toda su desnudez, y continúa siendo bueno, si esencialmente era bueno; pero se matiza siempre de los colores que estaban ocultos por la primera infancia.

Ya veis que las miras de Dios son siempre las mejores, y que cuando se tiene un corazón puro, la explicación es fácil de concebir. Figuraos, en efecto, que el espíritu de los niños que nacen entre vosotros, puede venir de un mundo donde ha tomado hábitos diferentes, ¿cómo queréis que existiese en medio de vosotros ese nuevo ser, que viene con pasiones esencialmente distintas de las que tenéis vosotros, con inclinaciones y gustos enteramente opuestos a los vuestros, cómo queréis que se uniese a vuestras filas de otro modo que como Dios lo ha querido, es decir, por el tamiz de la infancia? En ella se confunden todos los pensamientos, todos los caracteres y las variedades de seres engendrados por esa multitud de mundos en los que crecen las criaturas. Y vosotros mismos, al morir, os encontráis en una especie de infancia en medio de nuevos hermanos, y en vuestra nueva existencia no terrestre, ignoráis los hábitos, las costumbres y las relaciones de ese mundo nuevo para vosotros, y hablaríais con dificultad una lengua que no estáis acostumbrados a hablar, lengua más viva aún que vuestro pensamiento actual. (319) La infancia tiene otra utilidad. Solo entran los espíritus a la vida corporal para perfeccionarse, para mejorarse, y la debilidad de la edad primera les hace flexibles, accesibles a los consejos de la experiencia y de los que deben hacerles progresar. Entonces, es cuando puede reformarse su carácter y reprimir sus malas inclinaciones, y esta es la misión que Dios ha confiado a los padres, misión sagrada de la que habrán de rendir cuentas. Así es como la infancia es no solo útil, necesaria e indispensable, sino que también consecuencia natural de las leyes que Dios ha establecido y que rigen el universo.»

Allan Kardec

Traducido por José María Fernández Colavida
Extraído del “Libro de los Espíritus”

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