Tus manos cabían dentro de las mías

Cuando tus manos todavía cabían dentro de las mías y en un abrazo yo te hacía desaparecer, el ventarrón pasaba rápido y enfurecido, y como un árbol enraizado, nada nos hacía movernos.

Cuando tus sueños aún cabían dentro de los míos y una docena y media eran los habitantes de la Tierra, no se perdió un solo día de sonrisa y de mi rostro siempre tenías la expresión más sincera.

Cuando tus dioses del Olimpo eran solo dos, ayudándote y apoyándote a la velocidad del pensamiento, me di cuenta de que servir me hacía feliz, porque dar tenía sentido para mí. Vivir es entregarse.

Cuando tu mente todavía era una casa de juguete, que yo conocía habitación por habitación desde el techo hasta el piso; cuando tu morada aún no tenía siquiera un secreto, y tu respiración en mi regazo era la letra de mi canción; cuando tu voz en el mundo aún era la mía, me desafiaba tratando de entenderte.

Me perdí de mí y encontré la línea; tejí en tu lino y acepté enseñarte cómo tejer.

Cuando tu ir y venir dependía del mío y aún te llevaba a donde mi corazón quería, ya aceptaba mi futuro, tu futuro, el día en que mi amor, sin arrepentimiento, te haría libre.

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Los estudios muestran que, hasta alrededor de los seis meses, los bebés se perciben a sí mismos como la extensión de las madres, es decir, no se ven a sí mismos como otro ser. Las madres, a su vez, debido a la intensa conexión que tienen con sus hijos, desde la vida intrauterina, terminan con la impresión de que sus hijos son como partes de sí mismas.

Los hijos crecen. Se ven a sí mismos como individualidades. Piensan por sí mismos. Tienen su propia voluntad y se independizan en casi todo. Por otro lado, muchos corazones de madre y de padre aún permanecen con la simple impresión de que todavía siguen siendo sus bebés. Como si una parte de su amor se hubiera sumergido en el pasado… Se vuelven nostálgicos, vuelven a mirar los álbumes de fotos para tratar de entender cuándo crecieron, cuándo cambiaron tanto y no pueden encontrar…

Todo esto es saludable cuando sirve para fortalecer los lazos, cuando vuelve los lazos cada vez más fuertes y perennes, imposible de verse afectados por cualquier dificultad encontrada en el camino. Los padres solo deben tener cuidado cuando estos sentimientos caen en las esferas de la sobreprotección, del cuidado excesivo que siempre hace daño a todos en la familia.

Hay un tiempo para llevar en el regazo, para cumplir los deseos, para seguir las elecciones de los padres. Luego hay un tiempo para caminar juntos, para cumplir una u otra voluntad y darles la oportunidad de tomar algunas decisiones. Y finalmente, un tiempo para observar su nueva caminata a distancia, para permitir que ellos mismos satisfagan sus deseos, aceptando las consecuencias de todas sus decisiones y elecciones.

No se trata de abandono, pero es el momento en que los padres dejan de ser sirvientes – y no hay nada despectivo en esta palabra – y se convierten en ángeles guardianes. Los ángeles guardianes siempre están presentes, actuando con prontitud en cada necesidad, pero no interfieren en el libre albedrío de los seres. Aconsejan, advierten, confortan. La decisión final siempre es del protegido.

Redacción del Momento Espírita, basada en el poema Tus manos cabían en las mías, por Andrey Cechelero.

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