Corazón prisionero

Jesús, que solo enseñaba el Bien, que curaba todos los males y consolaba a todos los afligidos fue condenado a la cruz. ¿Usted sabía, mi querido lector, que ella era destinada a los peores criminales?

¡Increíble hasta donde pueden ir la ignorancia y la maldad humana!

¡Crucificar al enviado divino, que pasó la vida practicando el Bien!

Durante las terribles horas de su suplicio, el pueblo que lo aplaudía durante tanto tiempo, que recibió beneficios de sus manos generosas, ahora lo insultaban, rodeando la cruz de ofensas… Realmente, aquel pueblo no sabía lo que estaba haciendo.

No tenía noción de la injusticia que estaba siendo cometida y de los sufrimientos que todos enfrentarían como consecuencia de sus acciones.

Si supiéramos de los dolores que nos esperan en esta vida, en la vida espiritual y en vidas futuras, cuando nos comprometemos con el mal, pediríamos a Dios que paralizase nuestras manos, antes de agredir, o cortase nuestra lengua antes de ofender o engañar a alguien.

¿Qué hizo Jesús?

¿Maldijo a todos?

¿Pidió a Dios que hiciese descender sobre sus verdugos el fuego del Cielo?

Nada de eso.

Reuniendo sus últimas fuerzas antes de morir, se dirigió a Dios, diciendo:

– Padre, perdónales. No saben lo que hacen.

Hay otro detalle:

Usted que se amarga en la prisión por una pena que le fue impuesta, ciertamente traerá algún resentimiento contra alguien.

El juez que lo condenó…

El compañero que lo traicionó…

El agente que lo maltrata.

El familiar que lo olvidó…

Jesús, con su ejemplo en la cruz, lo convida a perdonar. Tal vez no esté dispuesto, tal vez le parezca muy grave el mal que cometieron contra usted, pero tome atención a lo siguiente:

Primero:

Como ya vimos, los que practican el mal, los que nos ofenden, prestarán cuentas a Dios. Así, no es preciso pensar en venganza contra nuestros desafectos.

Sufrirán la condenación de la infalible Justicia Divina.

Segundo:

Los que no perdonan, también no saben lo que hacen. Guardan en el corazón resentimientos que, más allá de pésimos consejeros, hacen de nuestra vida un fardo muy pesado.

¿Usted ya pensó como quedamos infelices cuando tenemos resentimientos, odio, rencor de alguien?

Más allá de eso, el resentimiento nos impide de recibir las bendiciones de Dios, como ya comenté. Así, amigo mío, si usted quiere un poco de paz, si desea recibir las bendiciones del Cielo, la primera cosa es perdonar a sus ofensores. Pero perdón de verdad.

Usted estará en oscura celda de odios y resentimientos.

Perdón de quien no habla más de eso y olvida.

Perdón de quien va tocando su vida y cuidando de cosas más importantes.

Las personas que no perdonan son siempre carrancudas e infelices. Es como si llevasen un puñal clavado en el pecho. Un puñal que no quieren sacarse.

Perdonar de verdad nos hace más tranquilos y nos hace recuperar la alegría. Una alegría semejante a la que usted experimentará cuando salga de la prisión.

Puedo decir, sin miedo de equivocarme, que es una alegría hasta mayor, pues si usted sale de ahí sin perdonar a sus ofensores, su corazón continuará preso.

Richard Simonetti
Huyendo de la prisión
Traducido por R. Bertolinni

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.