Instante de la muerte

Allan Kardec, el Codificador del Espiritismo, preguntó a los Espíritus: ¿Cuál es el sentimiento que domina a la mayoría de los hombres en el momento de la muerte: la duda, el temor, o la esperanza? Los Benefactores respondieron: La duda, en los incrédulos; el temor, en los culpables; la esperanza, en los hombres de bien.

En todos los tiempos, el hombre se preocupó con su futuro para el Más Allá de la tumba y eso es muy natural. Cualquiera que sea la importancia que dé a la vida presente, no puede él dejar de considerar como es corta la vida. Y, sobre todo, precaria, pues a cada instante está sujeta a interrumpirse, ninguna certeza siéndole permitida acerca del día siguiente.

¿Qué será de él, después del instante fatal? Cuestión grave está, ya que no se trata de algunos años sólo, sino de la eternidad. Aquel que tiene que pasar largo tiempo en un país extranjero, se preocupa con la situación en que allá se encuentra. ¿Cómo, entonces, no nos habría de preocupar la situación en que nos veremos, dejando este Mundo? Viniendo de la vida inmortal, el hombre guarda un vago recuerdo de lo que sabe y de lo que vio en el plano espiritual. Eso hace que, en el instante de la muerte él sienta que no estará definitivamente liquidado.

Llegando así, el instante de la muerte, conforme enseñan los Espíritus, cada uno se sentirá de acuerdo con su conciencia. Si trae la conciencia culpable, sentirá temor. Si fue un hombre escéptico, incrédulo, sentirá, ineludiblemente, la duda. Pero, si fue un hombre de bien, un hombre bueno, la esperanza le hará compañía, al despedirse del cuerpo que le sirvió de instrumento para bien vivir. La cuestión es simple: se muere como se vive. Tal vida, tal muerte, dice la sabiduría popular.

La razón nos dice que el hecho de dejar el cuerpo carnal, no nos hace mejores ni peores de lo que fuimos hasta entonces. La naturaleza no da saltos. Lo que podemos, y eso nos es posible, es buscar vivir de conformidad con las Leyes Divinas desde ahora, mientras estamos a camino. Podremos, si quisiéramos, vencer la incredulidad, buscando estudiar las obras que hablan de la inmortalidad, de la realidad objetiva que nos aguarda después del deceso carnal. Podremos, aun, aliviar la conciencia culpable a través de la reformulación de valores, de la reforma moral, haciendo esfuerzos para mejorar nuestro paisaje íntimo, desde ya. Sin embargo, eso es del fuero interno de cada uno de nosotros, de quien depende, exclusivamente, la voluntad de conquistar un estado del alma tranquila, no sólo en el instante de la muerte, sino en todos los instantes de la vida, que es eterna.

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La idea de la nada en el Más Allá de la tumba tiene alguna cosa que repugna a la razón. El hombre, por más despreocupado que sea durante la vida, llegando el momento supremo, se pregunta a sí mismo lo que va a ser de él, y sin querer espera algo más que la nada. La razón nos dice que creer en Dios, sin admitir la vida futura, es un contra sentido. El sentimiento de una existencia mejor reside en todos los hombres y no es posible que Dios ahí lo tenga puesto en vano.

¡Pensemos en eso!

Redacción del Momento Espírita, con base en las preguntas 958 a 961 de El Libro de los Espíritus, de Allan Kardec.

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