La violencia en la visión espírita

“No hay en el Espiritismo, en su cuerpo de doctrina, rigurosamente, una doctrina criminológica que pueda explicar el origen de la violencia. Es verdad, aunque, que sus tesis cardenales inciden fundamentalmente, inevitablemente, sobre algunas tesis de la Criminología y de la Psicología Social. Una de ellas, por ejemplo, es la del criminoso nato. La filosofía espírita afirma que la predisposición criminal, o la disposición para el acto violento, viene del espíritu y no de las glándulas, o de condición instintiva de la criatura, lo que revelaría una condición de imperfección del Creador”.

Lo que la ciencia ve como una deformación de orden puramente constitucional o como instinto primordial del hombre, o, aunque mismo, como aprendizaje o herencia eminentemente cultural, la ciencia espírita comprende por otro prisma, porque lleva en consideración, sobre todo, los “antecedentes espirituales”, esto es, el conjunto de disposiciones y tendencias del espíritu, y no, propiamente, las anomalías y deficiencias de la constitución somática o de la estructura psíquica o social del individuo.

El Espiritismo no deja de conocer las acciones advenidas de las glándulas o de las presiones sociales e instintivas de la criatura. Entretanto, lo que él defiende es que ninguno de esos factores tiene predominancia absoluta porque la mayor o menor propensión para la violencia depende, principalmente, del grado de atraso o adelantamiento del espíritu. El germen de la criminalidad o de la violencia está en relación con el estado moral del espíritu. Las anomalías corporales son instrumentos adecuados a los espíritus en determinados tipos de reencarnación, o sea, hay una evidente correspondencia entre la constitución somática y las pruebas por las cuales la criatura deberá pasar.

El Espiritismo, entretanto, no lleva sus conclusiones al determinismo absoluto. En primer lugar, porque toda su estructura filosófica-moral parte de la premisa de la responsabilidad del individuo por sus propios actos y, después, porque la subordinación del individuo las influencias del organismo y de las condiciones sociales están en la dependencia de la evolución moral de él mismo. La visión espírita de lo que sea el libre-albedrío y el determinismo es de fundamental importancia para lo que pretendemos explicar. Para el Espiritismo, ellos son conceptos complementares, porque coexisten en relación al grado de adelantamiento o no del espíritu. Sólo existe libre-albedrío cuando también está presente la responsabilidad.

La Doctrina Espírita admite el determinismo, pero es importante recordar que, en su abordaje, encontraríamos un determinismo “divino”, que es la adquisición del estado de felicidad (una fatalidad que fue “impuesta” a todos nosotros), y un determinismo “relativo”, en que el espíritu recibe sus sanciones morales sobre la base de pruebas y expiaciones, a través de las reencarnaciones sucesivas. El Espiritismo, sin embargo, posee, como uno de sus cimientos doctrinarios, el libre-albedrío, cuando podemos ver, en la práctica, criaturas que consiguen, en la razón de su desarrollo espiritual, vencer sus propias inhibiciones físicas y resistir a las presiones del medio donde viven, sin huir de las experiencias del mundo y sin apelar para cualquier medio de fuga. Siendo así, la Doctrina Espírita entiende al violento como un enfermo espiritual y no como un producto del medio social ni como resultado de un degenerativo hereditario y, mucho menos todavía, como un ser creado con instinto destructor, del cual él no puede huir.

La tesis del instinto, que atribuyó al hombre un instinto de destructividad (en que fatalmente el hombre iría destruirse), va de encuentro a la visión espírita de Dios, ya que la presencia de ese instinto, así comprendido, no es compatible con la percepción de un Padre de Bondad y Amor. (…) La Agresividad, nos recuerda a Joanna de Angêlis, “repunta desde los primeros días de vida infantil y debe ser disciplinado por la educación, en su noble finalidad de corregir y crear hábitos saludables.” La más importante terapéutica es la prevención. Ella exige que todos los adultos que busquen el ejercicio del amor, bajo la inspiración de la doctrina de Jesús, entiendan que necesitamos moralizarnos, para que podamos realmente educar las nuevas generaciones y ofrecerles un ambiente más sano y humano.

Richard Sirnonetti nos recuerda que “cuando la contención de la violencia deja de ser un problema policial y se transforma en cuestión de disciplina del propio individuo; cuando la paz sea producto no de la imposición de las leyes humanas, sino de la observación colectiva de las leyes divinas, entonces viviremos en un mundo mejor.” En realidad, lo que observamos en los días actuales es la liviandad de muchos maestros y educadores inmaduros, sin habilitación moral para tales propósitos, o sea, para la educación de nuevos individuos que aportan en la costra terrestre, facilitando la diseminación de la violencia y de la creencia de que esta forma de actuar es capaz de resolver los problemas de la humanidad.

El hombre renovado espiritualmente deberá invertir contra la llaga de la violencia a través de su acción reestructurante de la sociedad, buscando suprimir la injusticia social, luchando contra todas las situaciones que fomentan la miseria económica e instigan el ambiente pernicioso que ahora apuntala, combatiendo, por encima de todo, el orgullo, el egoísmo y la indiferencia presente en el corazón de cada uno. En esa visión, el hombre entenderá que nadie puede omitirse sabiendo que todo tributo de amor, como la paciencia y todo el fruto de luz, como saber, son valiosos tesoros para el futuro en la adquisición de la paz tan deseada.

Dice el maestro Jesús, en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la Tierra”, en una alusión clara de que sólo aquellos que venzan sus impulsos violentos, haciéndose constructor de la paz, tendrá la oportunidad de habitar la Tierra en su período de regeneración.”

Trecho del trabajo de los Drs. Jaider Rodrigues y Roberto Lúcio Vieira de Souza, intitulado “Visión Psicológica de la Violencia” publicado en el Boletín Médico-Espírita n.° 10. João Cabral-ADE-SERGIPE-Brasil

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