Consideraciones sobre la pluralidad de existencias III

Acabamos de estudiar el alma en su presente y en su pasado. Si la consideramos respecto de su porvenir, encontramos las mismas dificultades.

1 Si únicamente nuestra existencia actual es la que ha de decidir nuestra suerte futura, ¿cuál es en la otra vida la posición respectiva del salvaje y del hombre civilizado? ¿Están al mismo nivel, o desnivelados en la suma de felicidad eterna?

2 El hombre que ha trabajado toda la vida para mejorarse, ¿ocupa el mismo lugar que aquel que se ha quedado atrás, no por culpa suya, sino porque no ha tenido tiempo ni posibilidad para mejorarse?

3 El hombre que obra mal, porque no ha podido instruirse, ¿es responsable de un estado de cosas ajeno a su voluntad?

4 Se trabaja por instruir, moralizar y civilizar a los hombres, pero por uno que llegue a ilustrarse, mueren diariamente millares antes de que la luz haya penetrado en ellos. ¿Cuál es su suerte? ¿Son tratados como réprobos? En caso contrario, ¿qué han hecho para merecer el mismo lugar que los otros?

5 ¿Cuál es la suerte de los niños que mueren en edad temprana antes de haber hecho mal ni bien? Si moran entre los elegidos, ¿por qué esta gracia sin haber hecho nada para merecerla? ¿Por qué privilegio se les libra de las tribulaciones de la vida? ¿Qué doctrina hay que pueda resolver estas cuestiones?

Admitir las existencias consecutivas, y todo se explica conforme con la justicia de Dios. Lo que no ha podido hacerse en una existencia, se hace en otra, y así es como nadie se substrae a la ley del progreso, cómo cada cual será recompensado según su mérito real, y cómo nadie queda excluido de la felicidad suprema, a la que puede aspirar, cualesquiera que sean los obstáculos que en su camino haya encontrado. Estas cuestiones podrían multiplicarse hasta el infinito, porque los problemas psicológicos y morales que solo se resuelven por medio de la pluralidad de existencias son innumerables. Nosotros nos hemos limitado a los más generales. Pero como quiera que sea, se dirá quizá que la doctrina de la reencarnación no es admitida por la Iglesia, y que sería derribar la religión. No es nuestro objeto tratar esta cuestión en este momento, bastándonos haber demostrado que aquella teoría es eminente moral y racional. Lo que es moral y racional no puede ser contrario a una religión que atribuye a Dios la bondad y la razón por excelencia. ¿Qué hubiera sido de la religión, si contra la opinión universal y el testimonio de la ciencia, se hubiese resistido a la evidencia y hubiera echado de su seno a todo el que no creyera en el movimiento del sol, o en los seis días de la creación? ¿Qué crédito hubiese merecido y qué autoridad hubiera tenido en los pueblos ilustrados una religión fundada en errores manifiestos, consagrados como artículos de fe?

Cuando se ha demostrado la evidencia, la Iglesia, procediendo con cordura, se pone del lado de la evidencia. Si está probado que cosas que existen son imposibles sin la reencarnación, y si solo pueden explicarse ciertos puntos del dogma por este medio, preciso será admitirlo, y reconocer que el antagonismo de la doctrina de la reencarnación con los dogmas de la Iglesia no es más que aparente. Más adelante demostraremos que acaso la religión está menos lejos de ella de lo que se cree, y que no sufriría menoscabo alguno, como no lo sufrió con el descubrimiento del movimiento de la tierra y de los períodos geológicos, que al principio pareció que desmentían los textos sagrados. El principio de la reencarnación se deduce, por otra parte, de muchos pasajes de las Escrituras y se encuentra notoriamente formulado de un modo explícito en el Evangelio.

«Y al bajar del monte (después de la transfiguración) les puso Jesús precepto, diciendo: «No digáis a nadie lo que habéis visto, hasta tanto que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.» Sobre lo cual le preguntaron los discípulos: «¿Pues, como dicen los Escribas que debe venir primero Elías?» A esto Jesús les respondió: «En efecto, Elías ha de venir y entonces restablecerá todas las cosas. Pero yo os declaro que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo cuanto quisieron. Así también harán ellos padecer al Hijo del hombre.» Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan Bautista.» (S. Mateo, cap. XVII, v. 9, 10, 11.).

Puesto que Juan Bautista era Elías, hubo, pues, reencarnación del espíritu o del alma de Elías en el cuerpo de Juan Bautista. Por lo demás, cualquiera que sea la opinión que se tenga de la reencarnación, ya se la acepte o no, no se dejará de sufrirla, si existiese, a pesar de la creencia contraria. Lo esencial es que la enseñanza de los espíritus es eminentemente cristiana; está basada en la inmortalidad del alma, en las penas y recompensas futuras, en la justicia de Dios, en el libre albedrío del hombre y en la moral de Cristo, y, por lo tanto, no es antirreligiosa. Como lo prometimos, hemos raciocinado, haciendo abstracción de la enseñanza espiritista, que no es autoridad para ciertas personas. Si nosotros, como otros muchos, hemos adoptado la opinión de la pluralidad de existencias, no es solo porque procede de los espíritus, sino porque también nos ha parecido más lógica y porque únicamente ella resuelve cuestiones hasta ahora insolubles.

Aunque nos hubiese sido sugerida por un simple mortal, la hubiéramos aceptado del mismo modo, sin vacilar mucho tiempo en renunciar a nuestras propias ideas. Demostrado un error, más pierde que gana el amor propio, obstinándose en sustentar una idea falsa. De la misma manera, y aunque procedente de los espíritus, la hubiésemos rechazado, de habernos parecido contraria a la razón, como lo hemos hecho con muchas otras; porque sabemos por experiencia que no debe aceptarse ciegamente todo lo que de ellos procede, como no debemos aceptar todo lo que de los hombres proviene. Ante todo, su primer título es para nosotros el de ser lógica, al cual se une el de estar confirmada por los hechos, hechos positivos, y por decirlo así, materiales, que el estudio atento y razonado puede revelar a todo el que se tome el trabajo de observar con paciencia y perseverancia, y en presencia de los cuales es imposible dudar. Cuando semejantes hechos se hayan popularizado, como los de la formación y el movimiento de la tierra, será preciso rendirse a la evidencia, y los impugnadores habrán hecho en vano el gasto de su oposición. Reconozcamos, pues, en resumen, que la doctrina de la pluralidad de existencias es la única que explica lo que, sin ella, es inexplicable, que es eminentemente consoladora y conforme con la más rigurosa justicia, y que es el áncora salvadora que Dios en su misericordia ha dado al hombre.

Las mismas palabras de Jesús no dejan duda sobre este particular. He aquí lo que se lee en el capítulo III del Evangelio de San Juan.

1 Jesús respondiendo a Nicodemo, dice: «Pues en verdad, en verdad te digo, que quien no naciese de nuevo, no puede ver el reino de Dios.»

2 Dijo Nicodemo: «¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Puede volver otra vez al seno de su madre para renacer?»

3 «En verdad, en verdad te digo, respondió Jesús, que quien no renaciera del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que ha nacido de la carne, carne es; más lo que ha nacido del espíritu, es espíritu. Por tanto, no extrañes que te haya dicho: os es preciso nacer otra vez.» (Véase más adelante el artículo Resurrección de la carne, núm., 1010.)

Allan Kardec

Traducido por José María Fernández Colavida
Extraído del “Libro de los Espíritus”

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