Consideraciones sobre la pluralidad de existencias II

Hemos oído hacer este argumento: Dios, que es soberanamente bueno, no puede condenar al hombre a empezar de nuevo una serie de miserias y tribulaciones. ¿Y se le creerá por ventura más bueno, condenando al hombre a un sufrimiento perpetuo por algunos momentos de error, que ofreciéndoles medios de reparar sus faltas? «Habría dos fabricantes, cada uno de los cuales tenía un obrero que podía aspirar a ser socio de su principal. Sucedió que, en cierta ocasión, ambos obreros emplearon muy mal el día, mereciendo por ello ser despedidos. El uno de los dos fabricantes despidió al obrero a pesar de sus súplicas, el cual, no encontrando trabajo, murió de miseria. El otro dijo al suyo: Has perdido un día, y me debes otro en recompensa; has hecho mal tu tarea y me debes reparación; te permito que vuelvas a empezarla; procura hacerla bien y no te despediré, y podrás continuar aspirando a la posición superior que te había prometido.» ¿Hay necesidad de preguntar cuál de los dos fabricantes ha sido más humano? Y Dios, que es la misma clemencia, ¿será más inexorable que un hombre?

La idea de que nuestra suerte queda eternamente decidida por algunos años de prueba, aun cuando no haya dependido siempre de nosotros la consecución de la perfección en la tierra, tiene algo de desconsolador, al paso que la idea contraria es eminentemente consoladora, pues no nos arrebata la esperanza. Así, pues, sin decidirnos ni en pro ni en contra de la pluralidad de las existencias, sin dar predilección a una u otra hipótesis, decimos que, si se nos permitiese escoger, nadie habría que permitiese un juicio sin apelación. Ha dicho un filósofo que, si no existiese Dios, sería preciso inventarlo para dicha del género humano, y otro tanto pudiera decirse de la pluralidad de existencias. Pero, según dejamos sentado, Dios no nos pide nuestro consentimiento; no consulta nuestro gusto, y la pluralidad de existencias es o no es un hecho. Veamos de qué parte están las probabilidades, y examinemos la materia bajo otro aspecto, haciendo siempre abstracción de la enseñanza de los espíritus y considerándola únicamente como estudio filosófico.

Es evidente que, si no existe la reencarnación, solo tenemos una existencia corporal y si nuestra actual existencia corporal es la única, el alma de cada hombre debe de ser creada al nacer, a menos que no se admita su superioridad, en cuyo caso preguntaremos lo que era el alma antes del nacimiento, y si el estado en que se encontraba no constituía una existencia, bajo una forma cualquiera. No cabe término medio: o el alma existía, o no existía antes que el cuerpo; si existía, ¿cuál era su situación? ¿Tenía o no conciencia de sí misma? Si no la tenía, a corta diferencia es como si no existiese, y si tenía individualidad, era progresiva o estacionaria. En uno y otro caso, ¿en qué grado se encontraba al ingresar en el cuerpo? Admitiendo con la creencia vulgar que el alma nace con el cuerpo, o lo que da lo mismo que anteriormente a su encarnación no tiene más que facultades negativas, sentamos los siguientes problemas:

1 ¿Por qué el alma manifiesta aptitudes tan diversas independientes de las ideas proporcionadas por la educación?

2 ¿De dónde proviene la aptitud extra normal de ciertos niños de tierna edad para tal arte, o ciencia, mientras otros no pasan de ser incapaces o medianías durante toda la vida?

3 ¿De dónde proceden las ideas innatas o intuitivas de unos, de las cuales carecen otros?

4 ¿De dónde se originan en ciertos niños esos instintos precoces de vicios o virtudes, esos innatos sentimientos de dignidad o de bajeza que contrastan con la sociedad en que han nacido?

5 ¿Por qué, haciendo abstracción de la educación, están más adelantados unos hombres que otros?

6 ¿Por qué hay salvajes y hombres civilizados?

Si quitándolo del pecho, cogéis un niño hotentote, y lo educáis en uno de nuestros colegios de más fama, ¿haréis nunca con él un Laplace o un Newton? ¿Qué filosofía o teosofía, preguntamos, puede resolver tales problemas? No cabe vacilación: o las almas al nacer son iguales, o desiguales. Si lo primero, ¿por qué esas aptitudes tan diversas? Se dirá que depende del organismo; pues entonces esa es la doctrina más monstruosa e inmoral. El hombre, por consiguiente, no es más que una máquina, juguete de la materia; no es responsable de sus actos, y todo puede atribuirlo a sus imperfecciones físicas. Si son desiguales, es porque desiguales las creó Dios, y entonces, ¿por qué conceder a unas esa superioridad innata? ¿Está conforme semejante parcialidad con su justicia y con el amor que igualmente profesa a sus criaturas? Admítase, por el contrario, una sucesión de anteriores existencias progresivas, y todo queda explicado. Los hombres nacen con la intuición de lo que ya han aprendido, y están más o menos adelantados según el número de existencias que han recorrido, según estén más o menos lejanos del punto de partida, absolutamente lo mismo que en una reunión de individuos de distintas edades, tiene cada uno un desarrollo proporcionado al número de años que haya vivido, viniendo a ser para la vida del alma las existencias sucesivas, lo que los años para la vida del cuerpo. Reunid en un día mil individuos desde uno hasta ochenta años; suponed que un velo cubre todos los días anteriores, y que en vuestra ignorancia los creéis a todos nacidos en un mismo día.

Naturalmente os preguntaréis por qué los unos son pequeños y los otros son grandes, viejos los unos y jóvenes los otros, e ignorantes estos y aquéllos instruidos; pero, si se descorre el velo que os oculta el pasado, si comprendéis que todos han vivido más o menos tiempo, todo quedará explicado. Dios en su justicia no ha podido crear almas más o menos perfectas; pero, dada la pluralidad de existencias, la desigualdad que notamos nada contraria es a la más rigurosa equidad. Depende todo de que solo vemos el presente, sin fijarnos en el pasado. ¿Se basa este raciocinio en un sistema, en una suposición gratuita? No; partimos de un hecho patente, incontestable, cual es la desigualdad de aptitudes y el desarrollo moral e intelectual, y vemos que semejante hecho es inexplicable por todas las teorías aceptadas, al paso que la explicación es sencilla, natural y lógica, acudiendo a otra teoría. ¿Es racional preferir la que no lo explica a la que lo explica?

Respecto de la sexta pregunta, se diría que el hotentote es de raza inferior; pero entonces preguntamos si el hotentote es o no hombre. Si lo es, ¿por qué Dios lo ha desheredado a él y a toda su raza de los privilegios concedidos a la raza caucásica? Si no lo es, ¿a qué procurar hacerlo cristiano? La doctrina espiritista es más expansiva que todo eso, puesto que para ella no hay varias especies de hombres, sino que el espíritu de éstos está más o menos atrasado, siendo susceptible de progresar. ¿No está esto más conforme con la justicia de Dios?

Allan Kardec

Traducido por José María Fernández Colavida
Extraído del “Libro de los Espíritus”

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