Cura del odio

«Por tanto si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; porque, haciendo esto, amontonarás brazas de fuego sobre su cabeza.» — Pablo. (Romanos, 12:20.)

El hombre, generalmente, cuando está decidido al servicio del bien, encuentra filas de adversarios gratuitos por donde pase, como ocurre a la claridad invariablemente asediada por el antagonismo de las sombras. Pero, a veces, sea por equívocos del pasado o por incomprensiones del presente, es enfrentado por enemigos más fuertes que se transforman en constante amenaza a su tranquilidad.

Contar con enemigos de ese jaez es padecer dolorosa enfermedad en lo íntimo, cuando la criatura aún no se amolda a las experiencias vivas en el Evangelio. Casi siempre, el aprendiz de buena voluntad desenvuelve el máximo de sus propias fuerzas a favor de la reconciliación, no obstante, el más amplio esfuerzo parece inútil.

La impenetrabilidad caracteriza el corazón del otro y los mejores gestos de amor pasan desapercibidos por él. Sin embargo, contra esa situación, el Libro Divino ofrece receta saludable.

No conviene agravar atritos, desenvolver discusiones y mucho menos deshacerse de la criatura bien intencionada en gestos adulatorios.

Esperase por la oportunidad de manifestar el bien.

Desde el minuto en que el ofendido olvida la disensión y vuelve al amor, el servicio de Jesús es restablecido; entretanto, la visión del ofensor es más tardía y, en muchas ocasiones, solamente comprende la nueva luz, cuando esa se le convierte en provechosa al círculo personal. Un discípulo sincero de Cristo se libera fácilmente de los lazos inferiores, mas el antagonista de ayer puede persistir mucho tiempo, en el endurecimiento del corazón. Es el motivo por el cual darle todo el bien, en el momento oportuno, es amontonar el fuego renovador sobre su cabeza, curándole el odio, lleno de expresiones infernales.

Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier

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