Los malos centros espiritas

Hace mucho tiempo que un periodista, en son de mofa, dijo que en España había 112 Centros Espiritistas y que esto era lo único que le faltaba a la pobre España. Nosotros entonces nos ofendimos por aquellas palabras; pero en el transcurso de los años, más de una vez nos hemos acordado del festivo gacetillero, y hemos dicho con profunda pena: ¡Tenía razón! En cierto modo, sí; porque los malos Centros Espiritistas son los que más abundan, y estas reuniones son una verdadera calamidad.

Dice un antiguo refranero, que la ropa sucia se lava en casa; esto es, que no debemos sacar a relucir las faltas de éste o aquél y por consiguiente que una escuela debe cubrir con un velo las debilidades de sus adeptos; pero nosotros estamos muy conformes en que no se descubra ni se tilde a ninguna persona determinada; mas creemos prudente y hasta necesario decir alto muy alto, claro y muy claro, y en el sentido más terminante, que una cosa es el Espiritismo y otra los malos Centros Espiritistas, donde se ridiculiza lo más grande, lo más trascendental: la comunicación ultraterrena; y sobre esas reuniones irrisorias y harto perjudiciales, vamos a permitirnos algunas consideraciones.

Creemos que el hombre es libre en su libre albedrío, pero hasta cierto punto nada más; esto es, podrá estacionarse si le place, pero no se debe permitir que trate de estacionar a los demás. Muchos se quejan que hay pocos espiritistas, y nosotros decimos que en muchas localidades, de cien espiritistas, sobran noventa y nueve. Habiendo recibido varias cartas de distintas ciudades, vemos que la cizaña espiritera se extiende por el mundo, y es preciso arrancarla de raíz, siendo preferible que se olvide por completo la Escuela Espiritista, a que el vulgo ignorante se apodere de ella. Si preferible es; porque nada más hermoso y más sublime que el Espiritismo bien comprendido, y nada más repugnante que la parodia de sus profundas y evangélicas enseñanzas. Las comunicaciones de los espíritus abren ante nuestros ojos dilatadísimos horizontes, eleva el pensamiento, engrandece nuestras aspiraciones, nos impulsa al estudio y al trabajo, nos aparta de las preocupaciones religiosas y nos acerca a la verdadera religión, que es la práctica de todas las virtudes sin formalismo alguno. Pues bien, en esos Centros Espiritistas mal dirigidos y peor inspirados, sucede todo lo contrario de lo que el Espiritismo racional enseña. Por las comunicaciones de los espíritus tienen aquellos espiritistas sus santos preferidos, sus visiones de vírgenes, pidiendo las seráficas apariciones, que alguno de los concurrentes vista el hábito del Cristo de acá, o de la virgen de allá, para aliviarse o curarse de alguna dolencia, y para fin de fiesta, acuden los espíritus en sufrimiento que convierten a los médiums en juguetes de sus lamentaciones y de sus espavientos, logrando algunas veces lastimarlos y hasta dejarlos sumidos en el idiotismo. De estos espectáculos, el hombre más indocto, el más ignorante, puede comprender que dejan el ánimo fatigado, las ideas en completa confusión y la Duda y el desencanto imperando como dueños absolutos en nuestro ser.

No hace muchos días que un libre pensador, habiendo leído con atención profunda algunos capítulos de la filosofía de Kardec, pidió a un amigo suyo que lo presentase en un Centro Espiritista; desgraciadamente lo llevaron a uno de esos Centros donde se hacen comidas entre los de allá y los de acá; y salir de la sesión, dijo el libre pensador si las obras de Allan Kardec son una verdad, lo que he visto esta noche es una farsa repugnante, y si este sainete es una cosa cierta, la teoría de Kardec es un hermoso sueño y nada más. Entre aquel libro grave, filosófico, sentencioso, profundo, impregnado de lógica, de razón estas escenas cómicas, hay mil mundos de por medio, mas para no salir Bañado, dejaré de asistir a las sesiones, y suspenderé la lectura y estudio de las obras espiritistas. He aquí el resultado de esas reuniones donde se ponen en juego la ignorancia de los unos y la malicia de los otros. Lo hemos dicho muchas veces y nunca nos cansaremos de repetirlo; de doscientos Centros Espiritistas, cerraríamos ciento noventa y ocho, y abriríamos trescientas bibliotecas, donde se leyera, donde se estudiara, no en las obras científicas, porque la generalidad carecen de instrucción para comprenderlas, pero ya hay libros morales y recreativos, al mismo tiempo cuyas máximas y acciones están al alcance de todas las inteligencias por sencillas y obtusas que sean. Se nos objetará que muchos no saben leer; pero no nos negarán que en ninguna reunión deja de haber uno más instruido que los demás y éste puede convertirse en lector y en comentador de lo que lee, dándole explicaciones al auditorio que le rodea. Que la lectura les aburre, dicen muchos, y contestamos nosotros.

Si no les permitieran aquel juego de preguntas y respuestas, no se aficionarían a semejante entretenimiento, y prestarían atención a la lectura, y algunos algo aprenderían; pero desgraciadamente los que debían de servir de maestros, los que debían ser modelos por su actividad en el trabajo, son lo bastante egoístas, y bastante falsos de entendimiento, para creer que con saber ellos ya es suficiente; y dejan de asistir a las reuniones espíritas porque las encuentran monótonas y quedan multitud de espiritistas ignorantes como rebaño sin pastor, siguiendo cada cual el camino que se le antoja. Muchos se dedican a las curaciones por medio del fluido, es decir, pases magnéticos; otros cogen a una mala sonámbula por su cuenta que da medicinas al por mayor; aquellos a las danzas de mesas y esos otros a diversos fenómenos, y tras de esto, mil y mil abusos que están tan lejos de la comunicación racional de los espíritus, como el odio del asesino está distante del amor que siente el niño por su madre; pero, los que no conocen el Espiritismo confunden el oro puro de la verdad con el falso oropel de la mentira; y si asisten a Centros espiritista donde falte una acertada dirección, se ríen del Espiritismo, y dicen con muchísima razón: los espiritistas o unos imbéciles o son unos canallas; pero de todos modos les falta sentido común.

¿Y no es triste, no es doloroso, no es verdaderamente desconsolador que la primera escuela filosófica de nuestros días, la que demuestra que el Espíritu progresa eternamente, que la justicia del Ser Supremo mantiene la balanza Divina fiel a la verdad, la que nos manifiesta lo que han venido a hacer los redentores, que todos ellos han dicho a los hombres que son dueños del patrimonio del tiempo; esta filosofía que nos dice que la vida no tiene fin, que el adelanto del Espíritu no tiene límites, porque es eterna su individualidad, y que siempre Dios creará mundos para la colonización universal? ¡Esta doctrina tan lógica y tan consoladora, esta creencia tan racional, tan verdaderamente grande, esta religión tan pura, tan despojada de vanos formalismos, y de absurdos ritos, nos causa pena porque las aberraciones de los unos, y el egoísmo de los otros y la indiferencia de los demás, la confunden con el progreso charlatanismo de los embaucadores o con la fe ciega de los estúpidos!

El hombre pensador tiene que llorar con el llanto del alma al contemplar semejantes abusos. Y no debe enmudecer, no debe tolerar que la ignorancia se apodere de la primera escuela del mundo tan antigua como el hombre; debe decir alto y muy alto, claro y muy claro, que el Espiritismo no es la farsa irrisoria de los malos Centros Espiritistas:

El Espiritismo es la ley del Evangelio.

Es el estudio y el análisis de todos los problemas de la vida.

Es la investigación y la comparación entre el pasado y el presente.

Es la deducción razonada del porvenir.

Es la práctica del bien por el bien mismo.

Es el olvido de las ofensas.

Es la tolerancia en todos los sentidos.

Es la unión de los pueblos.

Es la fraternidad de todas las razas.

Es la resignación de todos los dolores.

Es la esperanza de todas las amarguras.

Es la fe basada en la verdad.

Es la destrucción de la muerte y la realidad de la vida.

Esto es el Espiritismo; y en todos los lugares donde así no sea comprendido, no se profane la religión del porvenir con las necesidades de los ignorantes y el torpe lucro de los falsos médiums, y nos duele decir que de cien Centros Espiritistas deberían suprimirse noventa y nueve, que más vale un buen espiritista que un millón de espiriteros; porque un buen espiritista será capaz de hacer algo grande, algo sublime que sirve de útil ejemplo en la sociedad, y un centenar de espiriteros, sólo sirven para promover el escándalo con escenas ridículas. Creemos que el Espiritismo es la escuela racionalista deísta que ha de regenerar a las humanidades de la Tierra y por esto seremos inexorables con todos los que cometan abusos en su nombre. Queremos menos Centros Espiritistas y más estudio. Queremos menos espiritistas, y más apóstoles de la doctrina. Queremos raudales de ciencia y mundos del amor; porque los hombres verdaderamente sabios, tendrán buen placer en instruir a las multitudes, y las almas buenas purificadas por la caridad, serán la Providencia de los afligidos, serán el amparo del huérfano y el sostén del anciano…¡Oh! Entonces no será un mito en la Tierra la fraternidad universal.

Amalia Domingo Soler

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