Festival de amor

“Reina allá la verdadera fraternidad, porque no hay egoísmo; la verdadera igualdad, porque no hay orgullo, y la verdadera libertad por no haber desorden a reprimir, ni ambiciones que procuren oprimir al débil.”

EL CIELO Y EL INFIERNO – 1ª parte – Capítulo 3º – Ítem 11.

Canta, alma, las bendiciones de la fe viva en la acción edificante del bien sin límite.

No preguntes como es la técnica perfecta del arte de ayudar.

No esperes un curso especializado para el apostolado del mejor servir.

Abre los brazos y acoge la luz del día en el corazón. Sal, después, dilatando claridad en fiesta incesante de alegría.

Si te preguntan porque, aunque el dolor que te oprime, sonríes, responde, que, a pesar del lodo junto a la raíz, y por eso mismo, el lirio esplendente de inmaculada blancura esparce aroma.

Si te preguntan en cuanto a la utilidad de tu menester, reflexiona en el mecanismo de la vida, que transforma la abeja diligente en sierva de tu mesa, y reparte la grandeza del trabajo beneficioso.

Ama, y coronarás las horas de luz; sirve, y adornarás el corazón de interminable ventura.

En el torbellino del vocerío moderno escucha la pulsación del progreso y oirás a ras del suelo un débil gemido o un lloro cansado que no cesa; observando la noche con intensa expectativa identificarás hombres débiles que el cansancio venció; flameando por las rutas del abandono tropezarás en retales de gente, enmarañados en la cuneta del olvido, en trapos lodosos y despedazados; vagueando en los lagos donde el dolor se agasaja verás el aceite de la vida acabándose en los resecados, en que se transforman organismos debilitados por el hambre y por la enfermedad. Muchos de esos, aun niños, serían los hombres del mañana que el presente todo hace por negar la oportunidad de avanzar en la ruta de la jornada evolutiva.

La distención histórica del futuro va aplastando en el frenesí temeroso del “ahora”.

Escúchalos sin las palabras que no osan articular y recibirlos en el corazón sin exigencias punitivas.

Da lo que no puedes llevar para el hogar que te agasaja, sonríe y ayúdalos como puedas, considerando que siempre puedes hacer algo por ellos.

Si, todavía, te es posible recibirlos, ámalos como si fuesen afloramientos de tu carne. Poco te importe sean grandes o pequeños, los sufridores.

El amor verdadero no escoge dimensión ni selecciona apariencias. Es santificante concesión de Dios para enriquecimiento de la vida.

Urge hacer algo por ellos, los persistentemente abandonados del camino: huérfanos de tus ojos no los veías; afligidos que, en suspiros junto a tu compañía, no tenían a nadie…

Cuando alguien ama realmente a un niño que recibe y no le pertenece por la carne, la humanidad consigue un crédito de la vida.

Cuando un espíritu valeroso derrama la taza del afecto y del socorro legítimo en el almirez de quien sufre, el mundo se engrandece con él.

Es gracias a esos, los hermanos pequeños y sufridores, que la esperanza se envuelve de bendiciones y permanece entre las criaturas.

Haz de tu comunión con el Cristo, a Quien dices amar, un acto de abnegaciones junto a los que necesitan de cariño, produciendo tu noble esfuerzo al lado de ellos un excelente festival de amor.

Ojos llenos de llanto, más allá de la sepultura miran a los hijos que quedaron o afectos que permanecieron en la retaguardia, y corazones que no cesan de latir, aunque estén desencarnados, laten en apresado ritmo, cuando te acercas a esos hijos de esos queridos…

No justifiques enfermedades, si pretendes disfrazar la indiferencia en que te complaces discretamente, ni te apegues a los sufrimientos de la liviandad si quieres disculpar la impiedad que te recortan los pasos.

Los que hoy son pequeños mañana crecerán. Evita avinagrar el agua de la misericordia que les ofreces, sin la acidez de la infelicidad que dices sufrir. Tal vez ellos sean la sonrisa de tus labios, más tarde, si supieras lo que hacer.

Los que ya vivieron, sufren y pueden comprender.

Sal de tu enfermedad imaginaria para la acción curadora y haz una donación de ternura, saludando en ellos, los angustiados que Jesús te presenta, el sol hermoso del día sin fin de tu Inmortalidad.

Quien lo contemplase entre las pajas resecas de la cuna improvisada, no supondría que allí estaba el Rey del Planeta, y quien se detuviese a contemplarlo coronado de espinos, en extremo ridículo, silencioso y triste, no creería que era el Excelso Hijo de Dios.

Sin embargo, fue entre aquellos dos polos, la cuna y la cruz, que él trazó el puente de liberación, instaurando, después, el primado del espíritu, con el propio ejemplo de la renuncia total y total amor a la humanidad de todos los tiempos, de modo a conducirte aun hoy, en la dirección de las Cimas de la Vida.

Espíritu Joanna de Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Del libro Espíritu y Vida
Traducido por R. Bertolinni

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