¡Felicidades!

Un amigo que trabaja en una penitenciaría como carcelero acostumbra a recibir nuevos presos diciendo:

¡Felicidades!

Generalmente los sentenciados no encuentran ninguna gracia.

Se sienten ofendidos.

Suena como burla.

Pero él luego lo explica:

Vamos a imaginar que usted fue condenado injustamente, involucrado por personas que lo engañaron, que mintieron sobre usted.

Eso es terrible. Pero un sabio judío, que sabía de las cosas, enseñaba que no caía hoja de un árbol sin que sea por la voluntad de Dios.

Si usted no cree en Dios e imagina que ese sabio, que se llamaba Jesús, era un simplón, cierre este libro y vaya a cuidar de la vida.

Si, pues, conserva un mínimo de creencia…

Si, en el fondo de su corazón, siente que hay un Ser Supremo que nos creó y gobierna, entonces, siga adelante y lea lo que dijo el carcelero:

Nada ocurre por acaso. Hubo razones para usted ser preso, cosas que aun haciendo, no ayer, no en su infancia. Fue en un pasado distante, en otros tiempos, en otras vidas… está, por tanto, pagando deudas, arreglando sus cuentas con Dios, lo que es muy bueno.

Estoy obligado a interrumpir nuevamente para explicar que nuestro amigo habla sobre la Reencarnación.

Según ese principio, vivimos muchas veces en la Tierra.

El mal que practicamos en esta o en existencias anteriores.

El mal que sufrimos hoy es consecuencia del mal que practicamos en esta o en existencias anteriores.

Usted encontrará más explicaciones si continúa la lectura. Pero, dejemos la palabra con el carcelero:

Si no hubo error en la justicia humana, si usted mereció la condenación, está igualmente de enhorabuena. La prisión evitará que se comprometa en faltas mayores por las cuales tendrá que responder ante Dios.

Su condenación, por tanto, sería un mal necesario.

Usted está preso para pagar sus deudas o para no aumentarlas ante la justicia Divina.

Si usted acepta esa posibilidad…

Si está de acuerdo que no es por acaso o es una injusticia que está viendo el sol nacer cuadrado, siga adelante en la lectura.

¡No pierda el tiempo!

Richard Simonetti
Huyendo de la prisión
Traducido por R. Bertolinni

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