La esclavitud

En páginas de sangre, escrita esta la historia,
que guarda tus anales, mezquina humanidad;
¡que lucha tan horrible!. ¡Que trágica victoria
obtuvo sobre el débil tu fuerte voluntad!.

Tus siglos de barbarie, de locos sacrificios,
tus ídolos, tus dioses, tu impura condición;
tu pompa, tu riqueza, tus crímenes, tus vicios,
pasaron como pasa rugiendo el aquilón.

Necesitaba el mundo un algo sobrehumano
que le prestara aliento para poder vivir,
se desquiciaba en orbe y el hombre era un tirano
que solo ambicionaba gozar y destruir.

El Ser omnipotente al ver tanta amargura,
al ver tanta infortunio al fin tuvo piedad,
y nos mandó en un hombre el sol de la ventura
que había de dar al mundo la luz de la verdad.

La muerte ignominiosa del Mártir de Judea
al hombre esclavizado por siempre emancipó,
iguales fueron todos; iguales…¡Santa idea!.
Benéfico mandato. ¿Por qué no se cumplió?.

¿Por qué así se olvidaron las sacrosantas leyes
destellos de justicia y sólida virtud?.
La libertad nos diste; ¡Oh tú, rey de los reyes!.
Y existe todavía la triste esclavitud.

Aun vaga por la tierra inmensa tribu errante
que solo porque tienen del ébano el color,
no tienen hogar, ni patria, y vive jadeante
llevando en su mirada el sello del dolor.

Para ellos no hay familia, para ellos no hay herencia;
esposos, padres, hijos, afectos, tierno afán,
de todo están privados, de todo en su existencia;
¡abusos execrables…!. ¡Ay!. ¿Cuándo acabaran?.

¡Humanidad, despierta, despierta de tu sueño;
levántate del polvo con noble exaltación,
recuerda al fin que el hombre tan solo tiene un dueño!.
Aquel que nos ha dado la eterna salvación.

¡Oh!, siglo diez y nueve, avanza en tu camino
y escribe en tu bandera: “Justicia y Libertad”;
¿el hombre ser esclavo?…, no es ese su destino,
pues solo se lo impuso tiránica impiedad.

Luchemos con denuedo, tengamos energía;
mendigos sin amparo nos piden compasión,
y son nuestros hermanos que mueren de agonía,
tengamos sentimientos, tengamos corazón.

Honremos nuestro nombre que el nombre de cristiano
impone a los mortales deberes que cumplir
fraternidad y cariño que no sean ecos vanos
y demos al que gime grandioso porvenir.

Y es tiempo que se cumpla las leyes celestiales
las máximas eternas de amor y de virtud;
la religión de Cristo a todo hizo iguales
y es un borrón sangriento la triste esclavitud.

Extraído del libro “Ramos de violeta”
Amalia Domingo Soler 1876

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