La última voluntad

Todos tenemos sueños. Sueños que cultivamos y perseguimos tanto como sea posible para realizarlos. A veces, incluso los enumeramos uno por uno y consultamos periódicamente la lista, tachando lo que se ha logrado. Algunos de nosotros decimos que, sin falta, antes de morir, queremos experimentar algunas emociones fuertes. Algo así como lanzarse en paracaídas desde una altura de unos cuatro mil metros, caer libremente a una velocidad de doscientos kilómetros por hora, y luego planear durante cinco minutos hasta aterrizar en tierra firme.

¡Tal vez volar con ala delta o parapente! O conducir un coche de carreras, en un autódromo, a doscientos sesenta kilómetros por hora. Solo para sentir la velocidad. Quizás bajemos por los rápidos de un río. O escalemos una montaña que parece desafiarnos.

¡Tantas cosas maravillosas y sorprendentes! Pero, ¿qué haríamos si recibiéramos una sentencia de muerte? ¿Es decir, si nos afectara una enfermedad grave y la medicina nos dijera que solo tenemos meses, semanas o días de vida? ¿Reduciríamos nuestra lista eligiendo lo que fuera más importante hacer antes de nuestra partida? ¿Y qué, precisamente, elegiríamos hacer antes de abandonar esta vida?

Quizás queríamos aprovechar al máximo lo que las próximas horas nos permitieran. Sin embargo, una niña que apenas había comenzado a aprender a leer y escribir cuando le diagnosticaron un cáncer cerebral, comenzó a esconder pequeñas cartas de amor por la casa. Deseaba que sus padres las encontraran cuando ella se hubiera ido: dibujos de corazones, frases cortas declarando su amor.

Un niño de siete años al borde de la muerte, le dijo a su madre que no se entristeciera, que le dejara ir. De esa manera, él podría donarle su riñón y ella se curaría de sus problemas. Deseos y deseos. Criaturas como estas nos dicen cuán maravilloso es el amor y que existen personas amorosas en este gran mundo de Dios. También nos llevan a reflexiones. Todos sabemos que llegará el momento de nuestro último aliento. Casi siempre vivimos como si este día nunca fuera a llegar. Dejamos de hacer cosas que realmente alegran nuestros corazones. Dejamos de expresar lo que sentimos por las personas que más nos importan. Es importante que no dejemos nada para después, porque lo único que tenemos es el ahora.

Pensemos: ¿Qué hay en nuestra lista para lograr mientras estamos vivos?

Sorprendamos con nuestra presencia a nuestros padres que viven lejos y cuyo viaje siempre posponemos porque estamos envueltos en el trabajo.

Llamemos a nuestro amigo para escuchar su voz nuevamente. Dediquemos unas horas para contemplar la puesta de sol, el amanecer, el mar agitado.

Escuchemos nuestra canción favorita para grabarla en el corazón. Declaremos nuestro amor con todas las letras. Luego, cuando nos vayamos, llevaremos con nosotros lo bueno, lo bello que vivimos y logramos. Y los que se queden recordarán cuánta diferencia hicimos mientras estuvimos aquí.

Redacción del Momento Espírita

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