Corregir

Toda corrección, antes que se exprese en palabras, ha de vaciarse en amor para que la vida se eleve. Veamos sino, en sencillos incidentes de la Naturaleza.

No maldecirás la gleba que el desierto alcanzó, pero le ofrecerás la gracia de la fuente para que retorne a los talentos de la producción.

No condenarás el pantano en que el fango se acumuló, provocando la inutilidad, pero drenarás su lecho de lodo a fin de que se restaure en surco fecundo.

No reprobarás simplemente la ropa que los detritos desfiguraron, pero la sumergirás en el agua pura, recomponiendo su forma para la bendición del uso.

No martillearás indiscriminadamente la máquina cuyo engranaje se niega a la función debida, y sí examinarás con atención sus implementos defectuosos, a fin de recuperarla para el justo ejercicio.

No derrumbarás la plantación naciente que la plaga invadió, pero movilizarás cariño y cuidado para liberarla del elemento destructor, propiciándole recurso necesario al regeneramiento.

No aniquilarás cierta provincia corpórea porque se muestre enfermiza, pero le suministrarás remedio adecuado, normalizando sus movimientos.

Reprensión sin paciencia y esperanza, incluso cuando se fundamente en razones respetables, es semejante al puñal de oro fulgurando rara belleza, pero trayendo consigo la visita de la muerte.

Corregir es enseñar y enseñar será repetir la lección, con bondad y entendimiento, tantas veces como sean necesarias.

Úngete, pues, de compasión, si deseas rectificar y servir.

Acuérdate de que el propio Cristo, aunque portador de sublimes revelaciones en la cima del monte, antes de suministrar la Verdad a la mente de los oyentes sedientos de luz, al percibirles hambre en el cuerpo, les dio, compasivo, un pedazo de pan.

Dictado por el espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Religión de los Espíritus»

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