Reencarnación y evangelio

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas…”

El hombre que desea y busca la espiritualización propia, debe contraponer su acción benéfica, su actividad constructiva, su labor fraterna al trabajo de las inteligencias pervertidas. Tales inteligencias, operando en el Plano Físico y en el Espiritual, tienen como meta la disgregación y la desarmonía.

Promoviendo o estimulando emprendimientos que se armonicen integralmente con los ideales del Cristianismo, podemos evitar que el conocimiento inoperante nos transforme en palacetes iluminados y de puertas cerradas construidos en pleno desierto, distanciados de la ignorancia y de la perversidad, del sufrimiento y de la lágrima. Debemos ser el cuartito humilde, pero siempre tibio, hospitalario y bueno, en donde la copa de agua fresca y el caldo reconfortante, revigoricen al viajero cansado, de las largas jornadas, en las difíciles y enredadas sendas de la ascensión.

El conocimiento del Espiritismo, (promesa de Jesús, a través del Consolador, el Paráclito), nos da una comprensión de cuanto fue de profundo y sabio el Maestro cuando insistía, junto a los discípulos, para que desparramasen su palabra. Jesús no favorecía solo a un pueblo…, a una generación. Su corazón, amoroso y compasivo contenía a la Tierra entera. De oriente a occidente. Su luz, se confundía con las luces concentradas, de infinitos soles Su corazón, generoso y fraterno, se extendía hacia las otras “moradas del Padre. Por eso, el Sublime Educador no cesaba de recomendar la expansión del Evangelio, la predicación de la Buena Nueva. Majestuoso, Eterno, Grandioso, apacentaba con infinita ternura a billones de ovejas descarriadas.

Siendo el Pan de Vida y la Luz del Mundo, Nuestro Señor Jesucristo era, por consiguiente, la más completa manifestación de la Sabiduría y Amor que la Tierra, en cualquier tiempo jamás sintiera o conociera. En el pasado y en el presente. La palabra del Maestro se reflejó y lo sigue haciendo, saludable y constructivamente en todos los ángulos evolutivos de la Humanidad. En el campo de la moral. En la esfera de la cultura. En el terreno del sentimiento. En las “otras moradas del Padre”, en donde evolucionen ovejas que no pertenezcan al plano terreno, el Verbo del Señor, impregna a todos los seres de un perfume que no se desvanece.

De una luz que no se apaga…

De un esplendor que no se disipa…

De una esperanza que no se extingue…

De una vitalidad que no pierde vigor…

…el vendaval de las pasiones humanas jamás apagará una sola de las luces de Dios.

Si a las religiones, incluso al Espiritismo, le faltase el alimento evangélico, (la savia cristiana), todas ellas empalidecerían debilitadas, inermes, desangradas, cadavéricas…, Sin vida y sin calor. Sin alma. Muertas…

Cierta vez, escuchamos de voz de un Amado Instructor Espiritual: La Reencarnación, conocida por varios pueblos y civilizaciones, no habría conseguido, hasta el advenimiento de Jesús, tornar al hombre más feliz, más fraterno. Con Jesús, entretanto, sufrió ella un baño de luz y misericordia. ¡Lapidarias, conmovedoras, inolvidables palabras! El tiempo, inexorable Saturno, no las apagó de nuestra memoria. Con el Maestro de la Cruz, la palingenesia se inundó, sorpresivamente, de amor. Al “os es necesario nacer de nuevo” del inolvidable diálogo con Nicodemo, juntó el Cristo el “amaos los unos a los otros”, como Regla de Oro del Evangelio Inmortal. Y así, bajo el impulso fraterno de la palabra del Cristo de Dios, va la Humanidad terrena y las de “otras moradas” caminando, a pasos seguros, en la dirección de sus gloriosos destinos. En busca de la luz, del amor, de la perfección. En el rumbo de la Vida, de la Verdadera Vida.

Martins Peralva

Extraído del libro «Estudiando el evangelio»

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