Dar y dejar

Cuando Cirilo Fragoso tocó las puertas de la Esfera Superior y fue atendido por un ángel que velaba, solícito, verificó con sorpresa, que su nombre no constaba entre los esperados del día.

-Hice mucha caridad– alegó, irritadizo, doné cuanto pude. Protegí a los pobres y enfermos, amparé a las viudas y a los huérfanos. Cuanto hice les pertenece. ¡Oh! Dios, ¿dónde está la esperanza de los que se entregaron a las promesas de Cristo?

Y comenzó a lloriquear desesperado, mientras el trabajador celestial, compadecido, observaba sus gestos. Fragoso traducía su pesar con la boca, no obstante, la conciencia, como si estuviera instalada ahora en sus oídos, lo instaba a recordar con ella. Era innegable, que amontonaba voluminosos bienes. Alcanzó retumbante éxito en los negocios a los que se dedicó y se desprendía del cuerpo terrestre en el catastro de los propietarios de gran expresión.

No consiguió visitar personalmente a los necesitados, porque el tiempo le menguaba cada día, en la laboriosa tarea de preservación de su fortuna, jamás obtuvo descanso para oír a un indigente, nunca pudo dispensar un minuto a las mujeres infelices que recurrían a él, en su casa, entretanto, previniendo la muerte que se avecinaba, inflexible, organizó generoso testamento. Y así, actuando de prisa, no se olvidó de las instituciones piadosas de las cuales poseía un vago conocimiento, inclusive de las que él pretendía crear. Por eso, en cuatro días, las dotó a todas con expresivos recursos, recomendándoles que oraran por él. ¿No se deshizo de todo, pues, para ejercer el auxilio al prójimo? Sin embargo, ¿no habría sido más aconsejable practicar la beneficencia, antes del atribulado viaje hacia el túmulo?

Notando que el corazón y la conciencia peleaban dentro de él, rogó a la entidad angelical que tomase en consideración la legitimidad de sus demostraciones de virtud, reafirmando que la caridad efectuada por él debería ser un pasaporte justo para el acceso al paraíso. El benefactor espiritual declaró respetar su argumento, informando, sin embargo, que sólo mediante pruebas tangibles abogaría por su causa, junto a los poderes celestiales. Si Fragoso trajese la documentación positiva de aquello que verbalmente anotaba, le defendería para que entrara en el Paso de la Eterna Luz. Cirilo se dio prisa en volver a la Tierra y, afligido, extrajo las notas más importantes, referentes a los legados que hizo a las asociaciones pías, presentes y futuras, en las últimas horas de su cuerpo, y retornó a la presencia del amigo espiritual, ante quien leyó en voz firme y confiada:

-Para los viejitos de diversos asilos, dejé cuatrocientos mil cruzeiros. Para enfermos de variadas especialidades dejé ochocientos mil cruzeiros. Para la instalación de un hospital para el cáncer, dejé seiscientos mil cruzeiros. Para la fundación del Instituto San Damián, en favor de los leprosos, dejé trescientos mil cruzeiros. Para la asistencia a la infancia desvalida, dejé quinientos mil cruzeiros. Para mis empleados, dejé cuatro casas y seis lotes de tierra, por un valor de un millón doscientos mil cruzeiros. En manos de mi testamentario, dejé, de ese modo, el importante total de tres millones ochocientos mil cruzeiros, para la realización de buenas obras.

Terminada la lectura, observó que el ángel no se mostraba satisfecho. En razón de eso, preguntó, ansioso:

-¿No habré cumplido así con los preceptos de Jesús?

Sin embargo, el interpelado, aclaró, triste:

-Fragoso, es preciso pensar. Según el Evangelio, bienaventurado es aquel que da con alegría. Pero, realmente, usted no dio. Sus anotaciones no dejan margen para ninguna duda. Usted simplemente dejó. Dejó, porque no podía traer.

Y como Cirilo entrase en aflictiva expectación, el ángel concluyó:

-Desgraciadamente, su lugar, de momento, aun no es aquí. De conformidad con las enseñanzas del Maestro Divino, donde situamos el tesoro de nuestra vida, allí guardaremos nuestra alma. Su testamento no expresa liberación. Quien da, sirve y pasa. Quien deja, suelta provisionalmente. Usted aún, no se exoneró de las responsabilidades para con el dinero. Vuelva al mundo y ampare a aquellos a quién usted confió los bienes que le fueron prestados por la Providencia Divina y, ayudándolos a usarlos en la caridad verdadera, usted conocerá, por experiencia propia, el desprendimiento de la posesión. La muerte lo obligó a dejar. Ahora, mi querido amigo, le corresponde ejercitarse en la ciencia de dar con el alma y el corazón. Fue así que Cirilo Fragoso, aunque abatido, regresó a la esfera de los hombres, en espíritu, con el fin de aprender la beneficencia con base en la renuncia.

Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Cuentos y apólogo»

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