La luz del libro

La historia no es muy diferente de tantas otras que traen como tela de fondo el sufrimiento… No importa el país, la legua que se hable, los sentimientos tienen un lenguaje único.

Era invierno y la noche caía rápida y fría… Aquel hombre desesperado caminaba triste y solo… En el pecho, el dolor de la separación promovida por la muerte de la esposa querida, le dilaceraba las fibras más sutiles de los sentimientos…

La prueba amarga del adiós le venciera. Y él, que soñaba con la felicidad de un matrimonio feliz con un futuro adornado con la presencia de los hijos, no pasaba ahora un trapo de hombre, solitario. Las noches de insomnio y los días de angustia le minaron las fuerzas. Faltaba al trabajo y el jefe, recto y ríspido, lo amenazaba con despedirlo. ¿La vida para él no tenía ningún sentido, para qué insistir en seguir vivo? Pensaba. Sin confianza en Dios, resolvió seguir el camino de tantos otros, ante la fatalidad… se suicidaría.

París, la ciudad de luz, estaba envuelta en el manto oscuro de la noche, y un viento helado azotaba sin piedad. Siguió, a pasos lentos, por las calles desiertas y se detuvo un momento a contemplar el rio Sena… Tal vez la corriente lo llevase de allí y silenciase, en sus aguas oscuras y profundas, su pensamiento aturdido… Si, esa sería la solución, pensó. Se dirigió como un autómata hasta el puente Marie, casi apagada por el fuerte aserradero y, al apoyar la mano derecha en la muralla para dispararse, sintió que un objeto mojado cayo a sus pies. Sorprendido, distinguió un libro que el roció amortiguara…

Tomó el volumen en las manos y caminó, un tanto irritado, procurando la luz casi apagada de un poste vecino, y pudo leer en el frontispicio: “Esta obra me salvó la vida. Léala con atención y tenga buen provecho. “Venia firmada por un hombre. Aunque un poco indeciso, resolvió leer aquella obra que, por supuesto, había salvado la vida de alguien que pretendiera, como él, poner término a la propia vida. Ya en las primeras páginas encontró motivos para vivir y luchar, soportar con resignación y coraje los reveses de la vida y rehacer la esperanza. Leyó el volumen con dedicada atención y resolvió presentarlo a quien le había propiciado aquel tesoro.

Era abril de 1860… y, en una mañana fría como tantas otras en la ciudad de París, el profesor Rivail recibe en su residencia una cierta orden cuidadosamente envuelta. Lo abrió, y encontró una simple carta que decía: «con mi gratitud, le remito el libro anexo, y su historia, rogándole, ante todo, proseguir en sus tareas de esclarecimiento a la humanidad, pues tengo fuertes razones para eso.” Enseguida el autor de la carta narra la historia que acabamos de contar.

Allan Kardec, pseudónimo del ilustre profesor francés Hippolyte León Denizard Rivail, abrió la obra y leyó en su frontispicio: “esta obra me salvo la vida. Léala con atención y tenga buen provecho. “Y, luego después de la primera asignatura de A. Laurent, decía: “Me salvo también. Dios bendice a las almas que cooperan en su publicación” Firmado: José Perrier.

Kardec, metiendo el libro a su pecho, sintió la sublime misión que debería, como un codificador de la Doctrina Espirita, el mensajero de consuelo y de esperanza para la humanidad doliente. Esa obra que consiguió, con sus páginas luminosas, detener a aquellos dos hombres a las puertas del suicidio, salió a la luz el día 18 de abril de 1857, y se titula «El Libro de los Espíritus».

Equipo de Redacción de Momento Espirita

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