Contribuir

«Cada uno contribuya, según propuso en su corazón; no con tristeza o por necesidad, porque Dios ama al que da con alegría.» – Pablo. (II Corintios, 9:7.)

Cuando se divulgó la afirmativa de Pablo de que Dios ama al que da con alegría, mucha gente solo recordó la limosna material. Sin embargo, el loar no se circunscribe a las manos generosas que esparcen óbolos de bondad entre los necesitados y sufridores.

Naturalmente todos los gestos de amor entran en línea de cuentas en el reconocimiento divino, pero debemos considerar que el verbo contribuir, en la presente lección, aparece en toda su grandiosa excelsitud.

La cooperación en el bien es cuestión palpitante de todo lugar y de todo día. Cualquier hombre es susceptible de suministrarla. No es solamente el mendigo que la espera, sino también la cuna de donde se renueva la experiencia, la familia en que acrisolamos las conquistas de virtud, el vecino, nuestro hermano en humanidad, y el taller de trabajo, que nos señala el aprovechamiento individual, en el esfuerzo de cada día.

Sobreviniendo el momento del reposo nocturno, cada corazón puede interrogarse a sí mismo, en cuanto a la calidad de su colaboración en el servicio, en las conversaciones, en las relaciones afectivas, en esa o en aquella preocupación de la vida común. Tengamos cuidado contra las tristezas y sombras esterilizadoras. Mala voluntad, quejas, insatisfacción, liviandades, no integran el cuadro de los trabajos que el Señor espera de nuestras actividades en el mundo. Movilicemos nuestros recursos con optimismo y no nos olvidemos de que el Padre ama al hijo que contribuye con alegría.

Espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Pan nuestro»

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