Teoría evolucionista espírita

En el nivel de la filogénesis, la teoría evolucionista espírita admite la evolución de los seres humanos paralelamente a la de los demás seres de la Creación. En orden cronológico, los antropoides más antiguos serían de la era cuaternaria y cuyo fósil, encontrado en Java en 1891, recibió el nombre de Pitecanthropus erectus, teóricamente, es considerado como un ser intermediario entre los simios y el hombre.

Esos antropoides primitivos habían sido preparados, por la espiritualidad, durante un largo y gradual periodo, para recibir el alma inmortal, con la cual deberían participar conjuntamente para la formación de los seres humanos.

Los seres antropoides fueron, así, preparados para la gran transformación que debería realizarse en sus organismos, pero el acontecimiento más importante a considerar por los antropólogos modernos, debe ser la evaluación del proceso por el cual los mismos fueron preparados para recibir el alma inmortal, distinguidos por la dádiva espiritual que posibilitó la transformación del Pitecanthropus erectus en Criatura humana.

Como dice Allan Kardec, en el libro La Génesis, Capítulo XI, ítem 10: «La materia debía ser el objeto de trabajo del espíritu, a efectos del desarrollo de sus facultades. Pero era necesario que ése pudiese actuar sobre aquella, razón por la cual fue destinado a habitarla, así como el leñador habita en el bosque. La materia sería, a la vez, el objeto e instrumento de trabajo. Pero Dios no quiso unir al espíritu con la piedra rígida, sino que prefirió crear cuerpos organizados, flexibles y capaces de recibir los impulsos de la voluntad, que se prestasen a todos los movimientos». Ese mensaje del emérito codificador es claro al afirmar que aquellos cuerpos, todavía en la fase preanímica de su evolución, ya organizados, flexibles y diferenciados, estaban listos para la gran transformación, aptos para recibir las almas inmortales evidentemente poco evolucionadas, en estado compatible a la de los cuerpos con los cuales se asociarían. Cada cuerpo con su alma, unidos, inició la extraordinaria jornada evolutiva de los seres humanos.

El hombre primitivo había tenido, igualmente, formas discontinuas de pensamientos, aislados y nebulosos de acuerdo con el estado poco desarrollado de sus circunvalaciones cerebrales, y que fueron perfeccionándose a través de los tiempos, en los milenios ya transcurridos, para llegar a la maravilla de los pensamientos del hombre contemporáneo, ornamentado por diferentes atributos como la percepción, la voluntad, el raciocinio, la intuición, la creatividad, los dones artísticos, el juicio, la razón, la concentración y la determinación. Sobre ese conocimiento antropológico evolutivo y conociendo que el alma puede actuar continuamente sobre el cuerpo físico, como «Modelo Organizador Biológico», se puede concebir que el ser humano, bajo la égida del alma, no haya alcanzado, todavía, todo el potencial evolutivo disponible, debiendo llegar, en un futuro, a nieves progresivamente más elevados de perfeccionamiento.

Extraído del libro “Enfermedades del alma”

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