Separación del cuerpo y del alma

154 ¿Es dolorosa la separación del alma y del cuerpo?

«No, y a menudo sufre más el cuerpo durante la vida que en el momento de la muerte, pues el alma no toma parte alguna. Los sufrimientos que a veces se experimentan en el momento de la muerte son un placer para el espíritu, que ve llegar el término de su destierro.»

En la muerte natural, que proviene de la extinción de los órganos a consecuencia de la edad, el hombre abandona la vida sin notarlo. Es como una lámpara que se apaga por falta de aceite.

155 ¿Cómo se opera la separación del alma y del cuerpo?

«Rotos los lazos que la detenían, se separa del cuerpo.»

– ¿La separación se opera bruscamente y en virtud de una transición brusca? ¿Existe una línea de demarcación claramente trazada entre la vida y la muerte?

«No; el alma se separa gradualmente, y no vuela como un pájaro prisionero al que de súbito se deja en libertad. Los dos estados se tocan y confunden, de modo, que el espíritu se desprende poco a poco de los lazos, que se sueltan y no se rompen.»

Durante la vida, el espíritu está ligado al cuerpo por la envoltura semimaterial o periespíritu, y la muerte no es más que la destrucción del cuerpo; pero no la de la segunda envoltura que se separa de aquél, cuando cesa en él la vida orgánica. La observación prueba que en el instante de la muerte, el desprendimiento del periespíritu no es súbitamente completo; sino que se opera gradualmente y con lentitud muy variable según los individuos. En unos es bastante rápida, y puede decirse que con pocas horas de diferencia, el momento de la muerte es también el de la emancipación; pero en otros, sobre todo en aquellos cuya vida ha sido completamente material y sensual, el desprendimiento es mucho menos rápido, y dura a veces días, semanas y hasta meses, lo que no implica en el cuerpo la menor vitalidad, ni la posibilidad del regreso a la vida, sino una simple afinidad entre el cuerpo y el espíritu, la cual está siempre en proporción de la preponderancia que, durante la vida, ha dado el espíritu la materia. Es, en efecto, racional concebir que cuanto más se ha identificado el espíritu con la materia, tanto más trabajo ha de tener en separarse, al paso que la actividad intelectual y moral, y la elevación de pensamientos, operan un principio de separación hasta en la duración de la vida del cuerpo, de modo, que al llegar la muerte, es casi instantánea. Tal es el resultado de los estudios hechos en todos los individuos observados en el momento de morir. Estas observaciones prueban también que la afinidad, que en ciertos individuos persiste entre el alma y el cuerpo, es muy penosa a veces, porque el espíritu puede experimentar el horror consiguiente a la descomposición. Este caso es excepcional y peculiar en ciertas clases de vidas y de muertes, y se observa en algunos suicidas.

156 La separación definitiva del alma y del cuerpo, ¿puede verificarse antes de que cese completamente la vida orgánica?

«A veces en la agonía el alma ha abandonado ya el cuerpo, no existiendo más que la vida orgánica. El hombre no tiene ya conciencia de sí mismo, y sin embargo, le queda aún un soplo de vida. El cuerpo es una máquina que hace funcionar el corazón, y que existe mientras éste hace que circule la sangre en las venas, no teniendo necesidad para ello del alma.»

157 En el momento de la muerte, ¿siente a veces el alma una aspiración o éxtasis que le permite entrever el mundo en que va a entrar?

«A menudo el alma siente como se rompen los lazos que la unen al cuerpo, y entonces pone todos sus esfuerzos en romperlos completamente. Separada en parte de la materia, ve el porvenir descorrerse ante ella, y goza anticipadamente del estado de espíritu.»

158 El ejemplo del gusano que al principio se arrastra por el suelo y después se encierra en la crisálida, aparentemente muerto, para renacer a más brillante existencia, ¿puede darnos una idea de la vida terrestre, de la que sigue a la muerte y de nuestra nueva existencia?

«Una pequeña idea. La figura es buena; pero no debe, tomarse literalmente, como soléis hacer con frecuencia.»

159 ¿Qué sensación experimenta el alma en el momento que conoce que está en el mundo de los espíritus?

«Depende; si has hecho mal por deseo de hacerlo, te avergüenzas en aquel momento de haberlo hecho. Para el justo es muy diferente la cosa, pues se encuentra como aliviado de un gran peso; porque no teme ninguna mirada escudriñadora.»

160 ¿El espíritu encuentra inmediatamente a los que ha conocido en la tierra, y que han muerto antes que él?

«Si, según el afecto que les profesaba y el que ellos sentían respecto de él, y a menudo salen a recibirle a su entrada en el mundo de los espíritus, y le ayudan a separarse de las mantillas de la materia. Ve también a muchos a quienes había perdido de vista durante su permanencia en la tierra, a los que están en la erraticidad y a los encarnados, a quienes visita»

161 ¿En la muerte violenta y accidental, no estando aún debilitados los órganos por la edad o las enfermedades, la separación del alma y la cesación de la vida se verifican simultáneamente?

«Así sucede generalmente; pero en todos los casos es muy corto el instante que los separa.»

162 ¿Después de la decapitación conserva el hombre por algunos instantes conciencia de sí mismo?

«A menudo la conserva durante algunos minutos, hasta que se extingue completamente la vida orgánica. Pero a menudo también el temor a la muerte se la hace perder, antes del instante del suplicio.»

Se trata aquí únicamente de la conciencia que el ajusticiado puede tener en sí mismo como hombre y por mediación de los órganos, no como espíritu. Si no ha perdido esa conciencia antes del suplicio, puede conservarla durante algunos instantes de muy corta duración, y cesa necesariamente con la vida orgánica del cerebro, lo que no implica que el periespíritu esté completamente separado del cuerpo. Por el contrario, en todos los casos de muerte violenta, cuando no es resultado de la extinción gradual de las fuerzas vitales, los lazos que unen el cuerpo al periespíritu son tenaces, y la separación completa es más lenta.

Allan Kardec

Traducido por José María Fernández Colavida
Extraído del “Libro de los Espíritus”

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