Extraña obsesión

Comúnmente, cuando se habla de obsesión, nos viene enseguida el siguiente concepto: Espíritu o Espíritus menos esclarecidos influenciando, perjudicialmente, la vida de los encarnados.

Casi nadie, o mejor, nadie advierte el lado inverso de la realidad, esto es, el encarnado influenciando, perjudicialmente, al desencarnado. Nadie se acuerda de ese extraño y aparentemente paradójico tipo de obsesión, en la que los “vivos” del mundo envuelven a los “muertos” en la imagen de sus pensamientos desequilibrados y enfermizos, ejerciendo sobre los que ya partieron hacia el Más Allá una terrible y compleja obsesión.

Ese tipo de obsesión no es tan insólito, como erróneamente pensamos. Hay muchos Espíritus sufriendo la influencia de los encarnados y luchando, tenazmente, para librarse de esa influencia. Quien se familiariza con trabajos prácticos, seguro que ya presenció desesperadas reclamaciones de Espíritus, de que fulano o mengano (encarnado) no le da tregua, no deja, ni un instante siquiera, de atraerlo hacia sí. Un caso típico donde el encarnado obsesa al desencarnado, lo identificamos en el capítulo “En servicio espiritual”. Transcribamos, inicialmente, la invitación de los trabajadores para el Servicio asistencial al caso en consideración, para que sigamos mejor su desarrollo. Tiene la palabra Abelardo, cooperador de buena voluntad del plano espiritual, que se dirige al Asistente Áulus:

“Mi querido Asistente – continuó con inquietud -, vengo a rogarle auxilio en favor de Liborio. El socorro del grupo mediúmnico mejoró su estado, pero ahora es la mujer que empeoró, persiguiéndolo…” Cualquiera de nosotros, ante esa apelación, haría enseguida el siguiente raciocinio: Liborio es el encarnado amparado por el grupo mediúmnico y “la mujer que empeoró” es la entidad que él persigue. Esto, no obstante, no sé da. Liborio es el Espíritu perseguido por Sara, criatura aún encarnada y a la que se unió, en el mundo, por descontrolada pasión. Sintonizados en la misma deprimente franja vibratoria, están unidos el uno al otro, acusando una dolorosa y compleja simbiosis obsesiva. Atendiendo la demanda de Abelardo, Áulus y los demás peregrinos del Más Allá llegarán al lugar donde Liborio fue recogido, después de ser amparado, horas antes, por el grupo terrestre. “Pasados algunos minutos de marcha, alcanzamos una construcción mal iluminada, en la que varios enfermos se cobijaban, bajo la asistencia de atentos enfermeros.

Entramos. “Áulus explicó que estábamos en un hospital de emergencia, de los muchos que hay en las regiones purgatoriales. Más adelante, continúa la descripción de André Luiz: “Llegamos al sencillo lecho donde Liborio, con mirada vidriosa, se mostraba distante y sin ningún interés por nuestra presencia. Uno de los guardianes vino hacia nosotros y le comunicó a Abelardo que el enfermo traído para internarse denotaba una creciente angustia. Áulus lo examinó, paternalmente, y, rápidamente, informó: “El pensamiento de la hermana encarnada que nuestra hermana vampiriza está con él, atormentándolo. Se hallan ambos sintonizados en la misma onda. Es un caso de persecución recíproca.” El caso en estudio es uno de los muchos e interesantes que el libro “En los Dominios de la Mediumnidad” nos proporciona. La muchacha enferma – Sara -, a pesar de ser socorrida fraternalmente en el grupo mediúmnico, insiste en no destruir la corriente mental que la vincula al Espíritu en viciosa imantación, nutriéndose, recíprocamente, de las emanaciones y deseos que les son propios. Dependiendo la curación de las obsesiones, en gran parte, de la conducta de los encarnados, la muchacha no ofrece la menor colaboración al esfuerzo de los componentes y de los superiores espirituales del grupo. Los amigos trabajan, por un lado, buscando el desligamiento, y, la definitiva liberación ante el yugo incómodo del Espíritu; pero, aún, la hermana encarnada dificulta la tarea y fortalece los lazos que la prenden al ex-compañero de la Tierra, atormentándolo con sus reiteradas solicitudes, a través del pensamiento. Este es un caso difícil, que reclama de los compañeros del grupo terrestre mucha paciencia y dedicación, mucha tolerancia y amor, para que, educándola, puedan llevarla a modificar los centros de vida mental.

Retirándose de la sesión, horas antes, Sara se dirigió hacia su casa, desde donde pasó a irradiar pensamientos descontrolados en dirección del antiguo compañero, provocando en el pobre hermano, a pesar de estar en el hospital de emergencia, inquietud y angustia. Vencida por el cansancio, se confía al sueño. ¿Qué sucederá? ¿Aprovechará la bendición del reposo físico o continuará la secuencia de pensamientos enfermizos y deprimentes? Tenemos la respuesta en las transcripciones que a continuación hacemos, iniciadas con la justa observación de Áulus en cuanto al estado de angustia de Liborio: “Todo indica la aproximación de la hermana que se apoderó de su mente. Nuestro compañero se muestra más dominado, más afligido… No acababa el orientador de formular su pronóstico, cuando la pobre mujer, desligada del cuerpo físico por la acción del sueño, apareció frente a nosotros reclamando con ferocidad: Durante el sueño, Sara abandonaba el cuerpo y procuraba, inquieta, el Espíritu de Liborio, recogido en un puesto de emergencia en el Espacio, un ejemplo típico de obsesión reciproca.

“¡Liborio, Liborio! ¿Por qué te asustaste? ¡No me abandones! ¡Regresemos a nuestra casa! ¡Escucha, escúchame!…” Visto este incidente, ¿podrá subsistir alguna duda, de nuestra parte, en cuanto a la obsesión producida por los encarnados? Evidentemente no cabe ninguna duda. Según el parecer de Áulus, “eso ocurre en la mayoría de los fenómenos de obsesión”, cuando “encarnados y desencarnados se prenden unos a otros, bajo una vigorosa fascinación”. Casos de este orden fortalecen nuestra convicción de que cuidar de un obseso, no significa, solamente, el esfuerzo por alejar al perseguidor, a cualquier precio, como si el servicio asistencial de la mediúmnidad con Jesús se resumiese en una simple operación de un “sacacorchos” común, pero, sobre todo, posibilita al enfermo medios para su esclarecimiento, para que, reajustado mentalmente, coopere, también, en el esclarecimiento del hermano necesitado.

Los Centros Espíritas no deben, simplemente, guiar a los enfermos hacia los gabinetes mediúmnicos, para librarlos de la compañía de las entidades desequilibradas. Deben, en un trabajo simultáneo, dirigirles hacia las salas de lectura y estudio del Evangelio y de la Doctrina, con el objetivo no sólo de evidenciar la parcela de cooperación que se les atribuye, en el servicio desobsesivo, sino, especialmente, de convencerlos de que son ellos, los obsesados, las piezas principales en el servicio curativo. La lectura y el estudio, bien orientados, conducen a satisfactorios resultados en los servicios de desobsesión. Compaginados con la meditación, llevan a la criatura a renovar sus centros de vida mental, propiciándoles recursos para realizar con éxito y de forma definitiva, su liberación espiritual. Es por ello que, en “El Evangelio según el Espiritismo”, encontramos la sabia y generosa advertencia de un elevado Espíritu, en el sentido de que, además del mandamiento original, “amaos los unos a los otros”, existe otro, también fundamental e importante: “instruíos”…

Martins Peralva
Extraído del libro «Estudiando la mediúmnidad»

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