Disturbios psíquicos

El servicio mediúmnico es de tal modo sagrado que no puede eximir de forma alguna, la preparación moral y cultural, especialmente aquella de cuantos colaboran en este importante y complejo sector de la Doctrina Espírita. Hay necesidad del estudio edificante, que esclarece y ayuda al discernimiento, tanto al médium como al dirigente de sesiones. Los templos espíritas son como los hospitales: necesitan médicos competentes y estudiosos, hábiles y humanitarios, capaces de ayudar eficazmente a los enfermos que allí buscan el medicamento y el socorro.

¡Imaginemos la situación de un accidentado que busca el hospital y encuentra en él, apenas, seres de buena voluntad, pero reconocidamente incapaces del lance operatorio difícil y de urgencia, o de la medicación preventiva que lo resguarde de la gangrena y de la muerte! El hospital bien equipado, material y humanamente, tiene la confianza y el aprecio de una población entera.

El Centro Espírita puede, por analogía, ser comparado a un Hospital de Urgencias. Enfermos de todos los matices se dirigen allí, diariamente, confiantes y esperanzados. Son “almas accidentadas” que en las difíciles jornadas evolutivas, fracasaron repetidas veces, cayendo e hiriéndose en la repetición de dolorosas experiencias. Son conciencias atribuladas, ansiosas por el esclarecimiento que renueva la mente y abre al Espíritu perspectivas de esperanza y de fe. Son corazones angustiados que, mucho sufrieron, caminando desalentados, casi vencidos, asemejándose, conjuntamente, a una triste procesión de afligidos, hambrientos del pan espiritual. Y el Centro Espírita es, para todos esos desanimados, el refugio y el consuelo. Y el oasis de paz y esperanza donde esperan encontrar a Jesús de brazos abiertos, para la dulce y suave comunión de la fraternidad y de la alegría. ¡Imaginemos, ahora, que los espíritas pierdan el gusto por el estudio superior, olviden la ternura y la comprensión y, como médicos ociosos, ajenos a los descubrimientos evolutivos de la Ciencia de Curar, insistan en el intento de amparar a los que se entregan al desánimo y a la enfermedad!

Este es el momento de recordar la pregunta del Maestro Galileo: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerían ambos en el barranco?” Quien busca un Centro Espírita, por más humilde que sea ese Centro, espera, sin duda, encontrar compañeros en condiciones de, en nombre de Cristo, ayudar y socorrer según las limitaciones que nos son peculiares. Nótese, en nuestro bendito movimiento, una tendencia generalizada en el sentido de aconsejar a todo el mundo, indistintamente, el desarrollo de la mediúmnidad. ¿Será esto aconsejable? Es lo que deseamos comentar. Muchas veces, aquél que busca el Centro Espírita, presentando ciertos desequilibrios, es apenas un compañero necesitado de reajuste psíquico. Es un hermano que mantiene una mente desarmonizada, desorganizada, necesitado, antes de nada, de renovarse hacia el bien y hacia la luz. ¿Se debe llevar, en este caso, a este hermano a la mesa mediúmnica para el desarrollo, quizá prematuro, o ayudarlo antes, en el proceso de renovación de la mente para que pueda, en el futuro, servir con verdaderas posibilidades en la luminosa sementera mediúmnica? A nuestro modo de ver, tal orientación no corresponde con lo que hemos leído y aprendido en la Doctrina. Los disturbios psíquicos pueden, verdaderamente, tener diferentes causas, clasificadas así:

a) – Origen mediúmnico.

b) – Resultantes de una simple desarmonía mental.

Muchas veces, reajustada la mente, la facultad que parecía despuntar desaparece definitivamente. En otras ocasiones, después del reajuste mental, las posibilidades mediúmnicas se amplían y se enriquecen, abriendo al nuevo compañero valiosas oportunidades de servir al prójimo. Antes de aconsejar el desarrollo mediúmnico, examinemos si se trata de mediúmnidad a desarrollar o de mente a reajustar. Sea cual sea el caso, la prudencia y el buen sentido aconsejan que el proceso de cura se realice en dos fases:

a) – Renovación de la mente.

b) – Integración en el trabajo.

Cuando decimos “integración en el trabajo” queremos referirnos a actividades cristianas, en este o en aquel sector. Queremos referirnos a la integración de la criatura en cualquier género de servicio constructivo y fraterno, noble y edificante. El trabajo ha sido, es y será siempre un excelente e incomparable recurso para que, dando ocupación a la mente, defienda e ilumine al hombre “su casa mental”, preservándola de la incursión, peligrosa y astuta, de entidades o pensamientos parásitos. La renovación de la mente, en primer lugar, implica, en síntesis, el culto a la aplicación de valiosos principios cristianos, tales como:

a) – Disciplina

b) – Estudio

c) – Meditación

d) – Oración.

Son requisitos indispensables aquellos que, despertando al calor del Cristianismo Redivivo desean, de hecho, modificar su vida, caminar con sus propios pies y luchar, bajo la inspiración de Jesús, en pro de objetivos espirituales superiores. La integración en el trabajo se expresa, por ejemplo, en el ejercicio de la actividad mediúmnica, si fuese el caso; en el cultivo de la fraternidad para con todos; en fin, en la adhesión sincera y firme a los principios evangélicos, únicos capaces de encender, dentro de nuestras almas, el candil que nos iluminará los derroteros evolutivos.

Estudiemos, pues, todos los que abrazamos el Espiritismo, ante la convicción de que es él, evidentemente, el libertador de conciencias y el consolador de los afligidos, para que Jesús, el Jefe de este maravilloso movimiento, desde las espléndidas Esferas donde dirige los destinos de la Humanidad planetaria, pueda alegrarse con la buena voluntad y el esfuerzo de cuantos, en las filas de nuestra Doctrina o de otros santuarios religiosos, luchan por la implantación de su Reinado de Luz y Sabiduría. Estudiemos, médiums y dirigentes, para que nuestro trabajo se realice en la base del Amor y la Sabiduría, alas con las que ascenderemos un día, a las cumbres de la Espiritualidad Victoriosa. Estudiemos para que, identificándonos con el Divino Amigo, podamos, un día, transformar nuestras manos y nuestras palabras en benditos instrumentos de auxilio a cuantos buscan los núcleos espíritas en la certeza de que NO TODO ESTÁ PERDIDO…

Martins Peralva

Extraído del libro «Estudiando la mediúmnidad»

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