A S. M. La Reina Dª Isabel II

Dejé, señora, mis paternos lares
en pos de vuestro auxilio soberano.
Dicen que consoláis grandes pesares
y que el llamaros madre no es en vano;

Dicen que la vida en los azares
tendéis al pobre bienhechora mano.
Dicen noble señora castellana,
que más que reina sois… Reina cristiana.

Yo Isabel en la tierra soy cual hoja
que lleva el viento en su inconsciente giro;
no hay quien mi llanto y mi dolor recoja.
¡Ni un eco que repita mi suspiro!

De mi vida es inmensa la congoja
porque al mirar doquier sola me miro;
ya que cuanto yo amé, señora, ha muerto,
sembrad vos una flor en mi desierto.

No es dado a la criatura en su impotencia
disponer de su vida a su albedrío;
recibe del Eterno la existencia
y no puede decir: ¡el tiempo es mío!

Una flor es la vida cuya esencia
no puede evaporarse en el vacío.
Dios dijo al hombre “Vive, savia toma,
mas guarda para mí todo tu aroma.”

Dios nos manda vivir… Yo he vivido
cumpliendo su mandato omnipotente;
más parece que el Orbe conmovido
ha venido a chocar contra mi frente.

Templos, bosques, palacios, luz, ruido,
en masa informe contempló mi mente,
rindiéndose al dolor y a la fatiga
porque una fuerza superior la obliga.

Grande era mi dolor; el pueblo en tanto
el nombre de ISABELA bendecía,
y su murmullo tierno, dulce y santo
despertó mi aturdida fantasía;

Dicen, señora, que enjugáis el llanto,
dicen que sois del pobre faro y guía.
Por eso yo os imploro en mi querella
como el marino a la polar estrella.

Pero ¡Ay de mí! Vuestra piedad imploro:
no os dije la verdad ¡Oh reina pía!
Pues no es verdad que solitaria lloro,
no es verdad que la tierra está vacía;

Mi afán no supo hablaros de un tesoro
que ha dado Dios a la existencia mía,
grande es mi mal, muy grande, muy profundo,
más, reina, no estoy sola en este mundo.

Tengo una tumba donde el alma llora;
tengo una tumba a quién llorar mi pena,
tengo una tumba que mi pecho adora,
tengo una tumba que mi vida llena;

Mi madre desde el cielo en donde mora,
rogará a Dios por ISABEL la buena.
No oigáis, señora, a esta infeliz que canta;
pero a mi madre oíd, que fue una santa.

Amalia Domingo y Soler
Madrid, 30 de septiembre de 1865

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