La búsqueda de la felicidad

El hombre es la especie más bien sucedida del Planeta, principalmente por su extraordinaria capacidad de adaptación, favorecida por complementos cerebrales especiales, asegura el conocido científico y lord inglés Robert Winston: Desde hace cinco millones de años, nuestros ancestrales homínidos descendieron de los árboles para tentar la suerte en la sabana. El fin de la Era de hielo los forzó a adaptarse a un nuevo ambiente, con menos recursos naturales que los bosques repletos de vegetación y poca protección física contra los predadores. (…)1

El drama lento de la cruel selección natural persistió por más de 200 mil generaciones, como hombres-macacos, compitiendo con animales más rápidos, fuertes, resistentes, venenosos y, fundamentalmente más preparados para la violencia y el clima de las sabanas. (…)

Comenzamos la vida en la sabana como Australopitecos, con un cerebro de tamaño igual al del chimpancé. En los tres millones de años que siguieron, triplicó el cerebro (…) parece haber sido nuestra arma secreta y la solución para el problema de supervivencia. (…) Aprendemos a hacer y a usar herramientas. Descubrimos el fuego y sus usos. Nos volvimos (sic) curiosos al respecto del vasto mundo que habitamos y decidimos explorarlo. Comenzamos a conversar unos con los otros y la vida en comunidad se volvió más compleja y bien sucedida. (…)1

Esta es una breve historia de la marcha evolutiva del hombre. Importa señalar, pues, que en razón de la innata curiosidad del ser humano y de su desenfrenada explotación del medio ambiente llegamos a una encrucijada ascensional sin precedentes. Hoy, somos alcanzados por convulsiones de la Naturaleza en diferentes partes del globo terrestre: terremotos y maremotos; erupciones volcánicas, deslizamientos y choques de placas continentales; vendavales, tempestades y ciclones; deshielo de los casquetes polares, sequedad de los suelos y largas sequías.

Crece el número de enfermedades somáticas y psíquicas, en general por consecuencia de la vida agitada de los grandes centros urbanos; del sedentarismo; del estrés extremo y continuo; de la contaminación; de la alimentación rápida (fast food), pobre en nutrientes, pero rica en grasas, azucares y conservantes; del consumo excesivo de bebidas alcohólicas y del tabaco – esto sin citar otras sustancias químicas altamente adictas – todas favorables a la manifestación de ciertas enfermedades, como cáncer, diabetes tipo 2, afecciones cardíacas etc.

En las zonas rurales y en la periferia de los centros urbanos, sobre todo en los países en desarrollo, la situación no es menos angustiante: la falta y escasez de agua, asociadas a las pésimas condiciones sanitarias y de higiene, alimentan el desolador cuadro de enfermedades infecciosas, parasitarias y contagiosas. Hay también las enfermedades genéticas, así como las congénitas, que representan un capítulo aparte, pues están creciendo en el mundo entero. De la misma forma, los trastornos psíquicos o mentales, así como los psicosomáticos, se expresan cada vez más. “Como especie – recuerda el profesor Winston-, no somos físicamente hechos para ciudades grandes y anónimas, (…) fast food, drogas y una vida comunitaria fragmentada. Quien inventó armas nucleares no estaba pensando en la felicidad con la cual fórmanos alianzas y atacamos a nuestros enemigos. Nuestra búsqueda por la riqueza material y status frecuentemente resulta en la disolución de unidades familiares (…)2

Es difícil imaginar que la criatura sea así descrita, definida como el individuo, representante de la especie evolutiva más bien sucedida del Planeta. Sin embargo, necesitamos considerar que el ser humano es “persona, portadora de valores, esto es, de su propia superación, pues solo lo que transciende puede tener un valor y dar sentido a la existencia; cuando lo más deja de ser lo mejor, aparece el problema del “¿por qué?”, por tanto, el problema de las finalidades; cuando se afirma la cuestión de la solidaridad intergeneracional, aparece la de la responsabilidad (…) y, por tanto, también la de la ética (…)” 3 analiza René Passet, profesor emérito de Ciencia Económica de la Universidad de París – 1 (Sorbonne) Las contribuciones de la Ciencia y de la Tecnológica le amplían la inteligencia, no hay duda, pero son insuficientes para garantizarle un estado permanente de felicidad. La inteligencia precisa ser enriquecida con valores morales, a fin de que el hombre cumpla la destinación para lo cual fue creado. En este aspecto, es siempre actual la orientación de Ferdinando, Espíritu Protector, introducido en El Evangelio Según el Espiritismo: La inteligencia es rica en méritos para el futuro, pero con la condición de ser bien empleada; si todos los hombres dotados, se sirviesen de ella según los designios de Dios, la tarea de los Espíritus sería fácil para hacer avanzar a la Humanidad; infelizmente, muchos hacen de ella un instrumento de orgullo y de perdición para sí mismos. El hombre abusa de la inteligencia como de todas las otras facultades, y, sin embargo, no le faltan lecciones que le adviertan que una mano poderosa pueda quitarle aquello que ella misma le dio.4

El Espíritu Alberto de Melo Seabra (1872-1934), el doctor Seabra, estimado medico brasileño y escritor espirita del pasado, esclarece: La inteligencia humana, encarnada o desencarnada, puede contribuir; por el poder de la voluntad, en la educación o en la reeducación de sí mismo, seleccionando los recursos capaces de favorecer el perfeccionamiento. La reflexión mental en el hombre puede, así, crecer en amplitud y sublimarse en belleza para absorber en si la proyección del Pensamiento Superior. 5

Aunque los avances científicos sean incipientes para admitir la sobrevivencia del Espíritu en otra dimensión de la vida, enfocando sus estudios apenas en el hombre físico que tiene “fecha de validez” en el espacio de tiempo comprendido entre el nacimiento y la muerte del cuerpo, la voz del Espiritismo y de otras doctrinas reencarnacionistas están esparciéndose por el mundo. Cuando el ser humano alcance el entendimiento de que es un Espíritu inmortal que, después de la muerte del vehículo somático, continua evolucionando en otra realidad, la extra física, de donde sale temporalmente para renacer en el plano físico, cuantas veces sean necesarias, tendrá la consciencia despierta, indispensable para la búsqueda de la felicidad verdadera.

La Doctrina Espirita enseña, pues, que no basta nacer y renacer, pura y simplemente. Es importante que el Espíritu inmortal trabaje. Efectivamente, su transformación moral e intelectual, en cada etapa reencarnatória y en las vivencias en el plano espiritual. A propósito, aconseja Emmanuel: Vive ofreciendo al camino lo mejor de ti mismo, plantando la bondad y la comprensión, el entendimiento y el servicio en el alma de los semejantes, en la certeza de que, en el camino ilimitado de la vida, el sepulcro no es sino el pasaje de acceso a nuevos escalones de trabajo y de lucha, más allá de los cuales, recogeremos las flores del reconocimiento o los golpes de la incomprensión, los frutos del amor o los espino del odio, la bendición de la fraternidad o el frio de la indiferencia, según la ley que nos confiere los resultados del tiempo de conformidad con nuestras propias obras. 6

La búsqueda de la felicidad duradera es proceso evolutivo que, tarde o temprano, el hombre obtendrá, así expreso en estas palabras del sabio Orientador Espiritual: Ya se dice que dos alas conducirán al Espíritu humano ante la presencia de Dios. Una se llama amor, la otra sabiduría. Por el amor, que, encima de todo, es servicio a los semejantes, la criatura se ilumina y se embellece por dentro, emitiendo, a favor de los otros, el reflejo de sus propias virtudes, y por la sabiduría, que comienza en la adquisición del conocimiento, recoge la influencia de los vanguardistas del progreso, que le comunican los reflejos de la propia grandeza, empujándola para lo alto. A través de la sabiduría somos por la vida valorizados. De ahí la importancia de marchar juntas la inteligencia y la bondad. 7

Referencias:

1 Winston, Robert, Instinto humano.
2 Winston, Robert, instinto humano.
3 Passet, René. Economía: de la unidimensionalidad a la transdisciplinariedad.
4 Kardec, Allan. El Evangelio según el Espiritismo.
5 Xavier, Francisco. Las voces del gran más allá. Varios espíritus.
6 Xavier, Francisco. Plantón de paz. Espíritu Emmanuel.
7 Xavier, Francisco. Pensamiento y vida. Espíritu Emmanuel.

Revista Reformador.
Traducido por Jacob.

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