La nave espacial

Las películas de ciencia ficción ya han mostrado, con mucha riqueza, escenas de naves espaciales inmensas cruzando el Cosmos a velocidades espantosas. Dentro de ellas, pequeñas ciudades. Salas, habitaciones, restaurantes, lugares de ocio, todo lo que se pueda imaginar. Además, una enorme tripulación llevando una vida normal, como si estuviera en un planeta cualquiera. Ni parece que estuviera cruzando el espacio velozmente. ¿Una visión futurística? ¿Un futuro lejano? La verdad, no.

Curiosamente, vivimos una realidad exactamente como esa, sin darnos cuenta. Somos pasajeros de una gran nave que se desplaza rápidamente por el espacio. Se llama Tierra. El planeta gira alrededor del Sol a una velocidad altísima, cerca de ciento siete mil kilómetros por hora. Además, todo nuestro sistema solar gira alrededor del centro de la galaxia a una velocidad de cerca de setecientos setenta y ocho mil kilómetros por hora.

Podríamos ir adelante en citar velocidades, pues ni la Vía Láctea está inmóvil. Sin embargo, quedándonos sólo con esos datos, tenemos una información impresionante: cada minuto la Tierra está, en el Universo, a diecinueve mil kilómetros de distancia de donde estaba antes. Eso hace de todos nosotros viajeros siderales.

Es muy interesante saber que cerca de dos mil años atrás imaginábamos que la Tierra era el centro del Universo. La teoría decía que el planeta estaba inmóvil y el Sol giraba alrededor de él. Era el hombre y su egocentrismo, aflorando de sus creencias. Esa teoría duró casi mil setecientos años y sólo fue sustituida por la teoría heliocéntrica – el Sol como el centro del Universo –con un alto coste. Los astrónomos, como Nicolás Copérnico, sufrieron para conseguir probar que la propuesta anterior necesitaba ser revisada.

El hombre no era el centro de todo. El Universo era más grande y complejo de lo que se imaginaba. Hoy se sabe algo más. Nuestro Sol es una enana amarilla, pequeñita ante las estrellas gigantes descubiertas. Nuestro sistema solar es un componente reducido en uno de los brazos de la inmensa Vía Láctea, que tampoco es la mayor entre los millones de galaxias existentes. Todo eso nos lleva a percibir que somos viajeros del espacio. En este momento, habitamos en la nave espacial Tierra, pero podemos tripular otras a lo largo del gran viaje, de acuerdo con la necesidad y el merecimiento.

No somos el centro del Universo. Formamos parte de él, como engranajes importantes de algo extremadamente complejo y hermoso. Por todo ello, vale la pena reflexionar sobre nuestros propósitos de vida, si estamos comportándonos realmente como viajeros. Muchos todavía creemos que sólo existe la materia; que la vida se inicia en la cuna y termina en la tumba; que lo más importante es el tener que el ser. Muchos todavía llevamos una vida egocéntrica, como si el Universo girara a nuestro alrededor. Todos están para servirnos, para atendernos, y cuando no lo hacen los consideramos enemigos e incómodos. Fácilmente nos frustramos. Insistimos en permanecer inmóviles cuando todo a nuestro alrededor está en movimiento, cambiando, evolucionando, creciendo hacia la perfección. Así, veámonos como miembros de la tripulación Tierra, una nave espacial fantástica que cruza el Cosmos mientras aprendemos, día tras día, sobre el amor universal.

Redacción del Momento Espírita.

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