Manos ocupadas

En un gran centro comercial, una niña se dispuso a hacer un juego sencillo con las personas que pasaban. Sentada en un cochecito de paseo, estiraba uno de los brazos intentando alcanzar las manos de quien venía en sentido contrario, proponiendo un rápido saludo. Bastaría que el extraño tocara en una de sus palmas y ella estaría contenta. Y allá se fue, sumergida en la multitud, en la planta baja de las personas, alegre y entusiasmada.

Empezó a ver que algunos se desviaban, otros tenían recelo, otros ni siquiera la miraban, pues estaban en una especie de piso superior del mundo. Y la mayoría de ellos estaba con las manos ocupadas.

¡No quedaron manos para mí! – Debe haber pensado.

Las manos estaban en las muchas bolsas, en los bolsos, en los smartphones, pero nunca libres… Le tomó casi cinco minutos conseguir su primer saludo cordial. Allí, en la planta baja del mundo, ella percibía, muy temprano, cómo la gente del piso superior andaba demasiado ocupada….

*      *      *

Y nuestras manos, ¿cómo están? ¿Aún existe algún momento en el que estén libres para otros? ¿Aún existe disposición para una tarea extra, sin compromiso, voluntaria?¿quién sabe? Incluso dentro de casa, en los quehaceres diarios, ¿cómo hemos estado utilizando nuestras manos? ¿Todavía nos acordamos de la sensación del cabello de nuestros hijos pasando por nuestros dedos? ¿Nos acordamos de la delicadeza y de la suavidad de los cabellos? ¿Aún nos acordamos de la temperatura o de la textura de la piel de nuestro amor, sentida por la parte superior de los dedos? ¿Todavía nos acordamos del apretar de manos firme o frágil de aquellos que ya no están cerca de nosotros?

Benditas sean las manos…

¡Cuántas energías fluyen a través de ellas! ¡Cuántos fluidos benéficos pueden ser canalizados a través de su acción dignificante!

Las manos de Jesús estaban siempre libres y disponibles para el que quisiera llegar hasta Él. Los episodios de imposición de manos son incontables, cuando, a través de una transmisión fluídica poderosa, Él curaba, despertaba, en fin, alteraba el curso de la existencia de aquella alma que le buscaba con fe. En algunos casos, Él sólo levantaba a alguien que estaba caído, en un acto simbólico que representaba lo que realmente estaba ocurriendo con el Espíritu hasta entonces en situación deplorable. Tuvo ojos incluso para los niños que, en la época, ni siquiera eran contados en los censos, así como las mujeres: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque el reino de los cielos es para aquellos que se les asemejen.

Jesús tenía siempre las manos libres. ¿Y nosotros? ¿Seguro que no podemos entregarnos un poco más? ¿Seguro que no podemos atender, de alguna forma, a los que están a nuestro lado? ¿Seguro que, si nos cruzáramos con aquella niña con sus pequeñas manos abiertas, esperando un toque humano, la habríamos visto? ¿O andaríamos mirando muy hacia arriba, nunca hacia nuestro entorno?

A veces estamos viviendo esta ilusión del mundo, en una especie de piso superior, dejando de percibir lo que ocurre en los otros pisos de la vida. Pasan por nosotros diversas manos, pidiendo auxilio, cariño, atención, pero las nuestras están siempre ocupadas, siempre sujetando cosas que, tal vez, no sean tan importantes… Pensemos al respecto. Y observémonos un poco más. Quién sabe si, incluso, cambiemos nuestras actitudes…

Redacción del Momento Espírita.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.