El Milagro de Jesús

En la Codificación Espírita, principalmente en el libro El Genesis en su capítulo XV, hay muchas explicaciones para los llamados “milagros” de Jesús. En la literatura espírita y en la Internet, encontramos varios artículos acerca de estos acontecimientos. Yo voy ahora describir algunas situaciones que para mí, son los verdaderos milagros.

Primero, tendremos que hacer un esfuerzo para situarnos en la época de Jesús y entender la situación del pueblo. Palestina era el país, la región en que Jesús nació. Este país estaba dividido en regiones o provincias: Galilea, Samaria, Judea y Perea. En el norte de Palestina estaba Galilea. Allí estaban las ciudades de Nazareth, donde Jesús pasó su infancia y juventud, Caná (donde los Evangelios hablan de unos de los milagros de Jesús – el vino de las bodas de Caná), Cafarnaúm, y el mar da Galilea, palco también de la pesca milagrosa. En el sur de Palestina estaba la provincia de Judea. Allí se ubicaba la ciudad religiosa más importante, Jerusalén y el famoso Templo de Salomón. También en Judea es adonde estaban ubicadas las ciudades de Belén (ciudad del nascimiento de Jesús), y otras de gran importancia en la vida de Jesús, como Emaús, Jericó y Betania.

Entre Galilea y Judea se ubicaba Samaria. Los samaritanos eran considerados por los habitantes de Judea como herejes, pues ellos no hacían la peregrinación “obligatoria” al templo en Jerusalén ya que tenían otro templo “rival” allí. Los judíos (habitantes de la provincia Judea) también decían que los samaritanos eran impuros, pues se mezclaban con otras razas que vivían en la provincia. La región es conocida por los cristianos por una de las parábolas más bellas de Jesús, la del buen samaritano.

Palestina era parte del Imperio Romano desde el año 64 a.C. Por siglos, este país fue devorado por guerras internas de disputa de poder. Los palestinos, también llamados por los conquistadores extranjeros como Judíos no aceptaban la esclavitud bajo el dominio Romano y varias veces hubo grandes revueltas – con miles de muertes por parte de los palestinos. La mano de Roma era dura y la autoridad era ejecutada de manera brutal y tiránica. Los impuestos pagados a Roma eran considerados una humillación y una afronta a Dios. El pueblo de una manera general, era muy pobre; no había hospitales, los médicos eran solamente para la población rica y para las clases privilegiadas, los sacerdotes, la corte, los recaudadores de los impuestos. Ellos trabajaban duro en la tierra para producir pan y vegetables y la pesca era una fuente de alimentación importantísima.

Pequeñas revueltas contra el poder de Roma eran casi una rutina diaria y las prisiones estaban abarrotadas de gente. Cualquier nuevo líder que surgía contra Roma encontraba seguidores y nuevos conflictos tenían lugar y más muertes y prisiones llenas. Los Judíos (los palestinos) esperaban un salvador, un mesías, pues unos de los profetas – Daniel, del Antiguo Testamento (para los Cristianos) o La Torah (para los Judíos), que vivió 500 años antes de Jesús, había previsto su llegada y la liberación del pueblo Judío de toda opresión. Los Judíos entonces, a cualquier persona que se levantaba contra el poder de Roma, le consideraban el “mesías”, el salvador. Ellos estaban ansiosos y hasta desesperanzados, pues todos los supuestos “mesías” estaban muertos o en prisión. Fue en este clima que llegó Jesús, para un pueblo pobre, sin esperanzas, hambriento de justicia y pan. Había poco de comer, los impuestos eran altos, y por lo tanto para sostener la propria subsistencia, había una necesidad de mantener las pocas cosas que tenían en el seno de la propria familia. Era un egoísmo casi que justificado, por las circunstancias.

Un día, en una de esta ciudades, estas persona hambrientas y desesperadas, supieron que Jesús de Nazareth, el nuevo mesías, un poderoso curandero estaba por llegar en la región cerca del rio que serpenteaba la ciudad. Una de estas familias que supieron de esta noticia era la de Esther. Ella era una viuda con cinco hijos y su madre estaba ciega y su padre casi no podía andar. Esther no dudó; preparó un carrito para su padre y madre y junto con sus hijos juntó un cesto de panes, frutos secos y algunos peces – pues no sabía cuánto tiempo estarían fuera, y salieron hacia las orillas del rio. Ella notó que una cantidad de gente muy grande estaba caminando en la misma dirección y pronto ya era una multitud. La gran mayoría estaba con un cesto muy parecido al suyo. Después de algunas horas caminando, Esther vio gente congregándose los unos al lado de los otros y ella pudo ver que en la orilla del lago un poco más adelante, había un barco con algunas personas y una de ellas tenía una majestosa figura y estaba en pie, mirando aquella multitud. Y él empezó a hablar; ella nunca había oído nada parecido; Él hablaba de una manera suave y profunda y con sorpresa vio que su voz llegaba cristalina a sus oídos, a pesar de ella estar muy distante.

El mensaje que Él transmitía rellenaba su corazón de consolaciones y esperanzas. Al final de su charla, ella vio que Él cogía un cesto con algunas cosas de comer y compartió con sus compañeros que estaban en el barco y dijo a la multitud: – haced lo que hago ahora y repartíd el pan con vuestro vecino, con el compa- ñero a vuestro lado. Esther de pronto abrió su bolso y compartió lo que tenía con su familia y con algunas personas que estaban a su lado.  Otras personas abrieron sus cestas y empezaron a compartir con su vecino; unos que tenían mucho, compartían más y los que no tenían nada fueron así alimentados con saciedad. Esther vio el poder de aquel hombre, pues de lejos con un mensaje poderoso, hizo que estas personas, que no se conocían, orgullosos y egoístas, compartieran sus peces, frutos y panes. Para Esther fue un milagro aquello que el majestoso hombre del barco llamado Joshua había hecho.

La multitud se dispersó…al llegar en casa, notó que su madre estaba llorando, diciendo que las palabras de aquel hombre habían dado consuelo a su corazón y fuerzas para afrontar las diversidades y poder ayudar a su familia. Y su padre en su cama dijo: es un verdadero milagro lo que este hombre ha hecho. Alimentar una multitud de miles de personas con una única frase: repartir el pan como yo hago ahora. Y complementó: Esther mi hija, siga las enseñanzas de este hombre. Todo va a mejorar para nosotros.

El segundo milagro que para mí es unos de los más significativos es el milagro de los 14. Pocas personas entienden que, sin los 14 apóstoles, el mensaje de Jesús estaría muerto y desaparecido en los polvos del tiempo. Los apóstoles eran en su gran mayoría iletrados, pescadores sin letras. Otros dos apóstoles Paulo de Tarso y Lucas tenían estudios avanzados, pero estos dos, solamente han se transformaron en apóstoles después de la muerte de Jesús. Estos 14 hombres fueron los responsables por el grande milagro de Jesús. Hacer que sus enseñanzas fuesen esparcidas en todo el mundo, haciendo que sus mensajes sean recordados, predicados y enseñados en todo el mundo, llevando a la creación de la religión cristiana, la mayor del planeta.

Sintamos ahora el gran hombre que fue Jesús. Un amigo, un compañero, un padre, un hermano, para todos nosotros. Su presencia puede rellenar nuestra vida y apaciguar nuestros sufrimientos, desesperación, tristezas y agonías. Tenemos que encontrarlo en nuestro camino. Cada uno de nosotros tenemos nuestro Camino de Damasco, a semejanza de Pablo. Unos han visto a Jesús y otros todavía no. Pero Él está allí a nuestra espera. Nosotros no necesitamos más de ningún milagro de Jesús para que podamos seguir el camino correcto de nuestras vidas. Él es el camino. Él es nuestro milagro. Nuestra mejora moral a través de la lucha continua para combatir el hombre viejo y lleno de asperezas, egoísta y orgulloso, es la meta en esta vida. No es necesario un milagro para esto. Bastará seguir su enseñanzas. ¿Por qué nos detenemos en nuestro camino?

Humberto Werdine

Revista FEE

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