A mi amigo Don A. A. (en la muerte de su hijo) Luz nº 109

¡Llora, padre infeliz! ¡Llora tu pena!
¡Llorar hoy solo calmará tu duelo!
¡Pedirte que hoy no llores es lo mismo,
que si a la nieve le pidieran fuego!

¡Todo en la tierra su tributo tiene!
Cuando el dolor desgarra nuestro pecho,
le pide a nuestros ojos triste llanto.
¡Sagrada deuda que pagar debemos!

¡En esas horas en que lucha el alma,
En esas horas de dolor supremo,
El mortal sucumbiera si en sus ojos
No brotara el raudal del sentimiento!

¡Y aún no ha llegado la solemne hora
que el mundo se convierta en un desierto.
El hombre tiene que vivir luchando
con grandes y terribles sufrimientos!

¡Triste destino el de la especie humana!…
¡Triste destino el de vivir muriendo!…
¡Mi pobre amigo: tu dolor profundo
tan solo puede consolar el tiempo;

Único amigo que acompaña al hombre
desde la cuna hasta el sepulcro hueco!
¡Cuando mañana al declinar la tarde
mires del sol los últimos reflejos,

Y recuerdes que el hijo que tu lloras
nunca ha podido contemplar el cielo…!
¡Cuando admires las grandes maravillas
con que el Señor dotara el universo,

Y recuerdes que el hijo de tu alma,
nunca las podría ver, porque era ciego…!
¡Cuando pienses que el niño sería hombre,
que el terrible volcán de los deseos
con lava ardiente abrasaría su alma,
y desgarrando sin piedad su pecho,

Le daría a conocer que existe un mundo
de mil placeres y delicias lleno;
y que esas glorias de sin par valía
nunca las puede contemplar un ciego!

¡Si tu comprendes el dolor terrible
que deberán sufrir; el gran tormento
de esa noche que empieza con su vida
y que se acaba con su eterno sueño!…

¡Vivir sin luz!… ¡ Asemejarse el hombre
a helada sombra, a silencioso espectro!…
No, no llores la muerte de tu hijo.
¿Qué iba a ser en el mundo un pobre ciego?

¿Qué importa que tuviera más tesoros
¿Que la fortuna sin rival de Creso?
¿Qué valen las riquezas de la tierra?
¿Si le faltaba el resplandor del cielo?

¡Vivir sin contemplar el sol fulgente!…
¡Vivir sin admirar el firmamento!…
¡Vivir sin ver el férvido Océano!
cuando se eleva en su arrogancia al cielo!

No, no llores la muerte de tu hijo;
ven, su tumba de flores coronemos,
y al elevar al cielo tu plegaria,
murmura triste con sentido acento:
¡Un desgraciado menos en el mundo…!
¡Un ángel más en la región del cielo!

Amalia Domingo y Soler

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