Deber

El deber define la sumisión que nos corresponde practicar, en relación con ciertos principios establecidos como leyes por la Sabiduría Divina, una vez determinado como objetivo el desarrollo de nuestras facultades. Para vivir con seguridad nadie puede despreciar la disciplina. Obedecen las partículas elementales en el mundo atómico; obedece la constelación en la gloria de la Inmensidad. El hombre viajará por el firmamento a grandes distancias del hogar al cual está vinculado su cuerpo físico; no obstante, no logrará hacerlo sin la obediencia a los principios que rigen los movimientos de la máquina que lo transporta.

Se puede representar el deber como un sector de acción dentro del bien, que el Supremo Señor delega a nuestra responsabilidad, a fin de que sustentemos el orden y la evolución en Su Obra Divina, mientras vamos en busca de nuestro propio perfeccionamiento. Cada conciencia incentivada por el sol de la razón, debe ser considerada, pues, un rayo dentro de la esfera de la vida, que evoluciona desde la superficie hacia el centro y al cual le compete la obligación de respetar, promover, facilitar, nutrir al bien común; actitud espontánea que le valdrá el auxilio espontáneo de todos los que recogen su simpatía y cooperación. De ese modo cada espíritu plasma los reflejos de su individualidad por donde quiera que pase, y se hace receptivo a los reflejos de mentes con mayor elevación, que lo impulsan a contemplar cada vez más dilatados horizontes de progreso, como también a la adecuada asimilación de valores superiores de la vida.

Mediante el cumplimiento del deber – región moral de servicio en la que somos constantemente alertados por la conciencia -, exteriorizamos nuestra mejor parte, y recogemos la mejor parte de los otros. Sucede, sin embargo, que muchas veces creamos perturbaciones en el tipo de actividades que el Señor nos confía, y no solamente desarticulamos la pieza de nuestra existencia, sino también causamos desorden en existencias ajenas, desajustando otras muchas piezas en la máquina del destino. Entonces aparece para nosotros la inexorable compulsión hacia la lucha mayor, lucha a la que podemos llamar deber-regeneración, que nos induce a producir reflejos por completo renovadores de nuestra individualidad, en relación con quienes se han hecho acreedores de nuestras cuotas de sacrificio.

A ello se debe que recibamos por imposición de las circunstancias a la esposa comprensiva, al esposo colérico, al hijo enfermo, al jefe agresivo, al subalterno desventurado, al malestar pertinaz, o la tarea obligatoria en beneficio de los otros, como terreno espiritual para el esfuerzo intensivo a favor de nuestra propia recuperación. De nada vale desertar del campo de las arduas obligaciones, en el que nos vemos sitiados por la fuerza de los acontecimientos propios del camino; en la intimidad de la conciencia, aun cuando la opinión ajena nos libere de tal o cual tributo de dedicación y renuncia, la razón nos ordena que nos mantengamos como centinelas en la obra de paciencia y tolerancia, humildad y amor, a la que desde nuestro interior fuimos convocados a atender. De no proceder así, a pesar de la apariencia legal de nuestro alejamiento de la lucha, somos irresistiblemente oprimidos por veladas sensaciones de disgusto ocasionadas por nuestra debilidad, que comienzan por ligeras irritaciones o mínimos desalientos, hasta que inscriben a nuestro espíritu en los institutos de la enfermedad, o en la fosa de la frustración.

Espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Pensamiento y vida»

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