La Sabiduría y el buen sentido

Un sabio indio pasaba con un discípulo, por los márgenes del Ganges. En un dado momento, vio un escorpión que se ahogaba. Presuroso, extendió la mano y lo sacó de las aguas. Previsiblemente, el escorpión le pico. No obstante el dolor, el sabio, cuidadoso y paciente, lo deposito en tierra firme. Terco, el bicho volvió al rio. El discípulo, admirado, vio a su maestro salvarlo nuevamente, sometiéndose de nuevo a la agresión. El escorpión, que parecía orientado por vocación suicida, retorno a las aguas. Se repitió la escena. La mano del sabio entumecida, de tremendo dolor.

-Maestro, dijo, confuso, el discípulo, – no estoy entendiendo. ¡¿Ese escorpión lo atacó tres veces y usted continua empeñado en socorrerlo?!

El maestro sonrió:

-¡Hijo mío, su naturaleza es picar; la mía es salvar!

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¿Gran sabio, no es así, amigo lector? Si responde negativamente, concuerdo con usted. Le falto un componente esencial a la sabiduría: El buen sentido, la capacidad de evaluar una situación y hacer lo mejor. Si lo ejercitase, simplemente cogería un arbusto o una rama, recogería el escorpión y lo dejaría lejos del rio. Fácil, fácil, sin problemas, sin picadas, sin dolores…

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Camille Flammarion (1842-1925) famoso astrónomo francés, hizo un elogio fúnebre a Hippolyte León Denizard Rivail (1804-1869), emérito profesor, inmortalizado como Allan Kardec, el codificador de la Doctrina Espirita. Destacaba que Kardec no fue reconocido por los hombres de ciencia, ya que no coleccionó títulos académicos; sino mucho más que el simple saber de los que frecuentan las academias, reveló el atributo fundamental de la sabiduría. Y lo definió en un inolvidable epíteto: Fue el buen sentido encarnado.

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Desde tiempos inmemoriales, los hombres recogen experiencias envolviendo lo sobrenatural. En lo histórico de cualquier familia, infaliblemente, hay noticias relacionadas con este asunto. A mediados del siglo XIX, en Francia, estaban en efervescencia fenómenos de esa naturaleza. Había mesas que se movían y hasta se comunicaban, en insólita telegrafía, con lenta indicación de las letras del alfabeto, componiendo incitantes diálogos con la madera. Las personas se divertían, sin cuestionar como era posible que un mueble, sin nervios y sin cerebro, ejercitara el pensamiento.

Usando el buen sentido, Kardec supo, de inmediato, que había seres inteligentes produciendo los fenómenos. Imaginó, en principio, que eran los propios participantes al obrar, inconscientemente, por artes de desconocida región cerebral. Para comprobar esa teoría, preparó preguntas sobre asuntos que solo él conocía. La mesa respondió con propiedad. Ciertamente, su propia mente interfería. Formulo preguntas sobre asuntos que desconocía. La mesa, impávida, no dudó. Respuestas absolutamente correctas. Fue un parapsicólogo, de esos que abominan avanzar más allá de los estrechos límites de sus convicciones materialistas, ciertamente formularía hipótesis muy extravagantes, relacionadas con un ser omnisciente durmiendo en lo profundo de la consciencia humana. Un dios interior, capaz de responder a cualquier pregunta, aunque la respuesta estuviese en un libro enterrado en una recóndita región, en Himalaya.

Ocurre que Kardec no era un simple “sabio”. Tenía buen sentido. Más tarde percibió que, detrás de aquellas manifestaciones, había seres invisibles, en el más vigoroso movimiento jamás desarrollado por los poderes espirituales que nos gobiernan, con el objetivo de combatir el materialismo, estableciendo un puente entre el más allá y el aquí.

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Descubriendo los Espíritus, los seres pensantes de la creación, Kardec se impresionó con las perspectivas que aquel contacto ofrecía. Pero, cuidadoso, escribió, en Obras Póstumas: Comprendí, antes de todo, la gravedad de la exploración que ahí emprendí; percibí, en aquellos fenómenos, la llave del problema tan oscuro y tan controvertido del pasado y del futuro de la Humanidad, la solución que buscaba en toda mi vida. Era, en suma, toda una revelación en las ideas y en las creencias; era necesario, por tanto, andar con la mayor circunspección y no livianamente; ser positivista y no idealista, para no dejarme iludir. Eso es un buen sentido. Sin él, estaríamos siempre sometidos a los estrechos límites de nuestra creencia, enyesados por principios dogmáticos, como ocurre con muchos religiosos, que podrían iluminar su entendimiento si tuviesen el buen sentido de avanzar más allá de las restricciones que les son impuestas.

Muchos se niegan a tocar un libro espirita, como si fuese un amenazador escorpión. No aprenderán lo elemental: Escorpiones somos todos nosotros, dominados por tendencias agresivas y viciosas, debatiéndonos en los remolinos de la ignorancia. Nos salva el libro espirita, cuando tenemos el buen sentido de analizar sus páginas luminosas.

Richard Simonetti
Del libro «Livro Para Rir e Refletir»
Fragmento traducido por Jacob

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