Lelia

Santa Cruz de Tenerife Junio 15 de 1851
A la señorita doña Ana Fernández

El sol de libertad tu mente inflama;
la estrella de la fe tus pasos guía;
la santa asociación tu pecho ama
y admiro tu brillante fantasía.

Yo también como tú guardo en mi mente
de unión y asociación santas ideas;
yo también como tú digo ferviente,
hermosa libertad; ¡bendita seas!

Eres el aura del Edén perdido,
la flor del paraíso trasplantada,
blanca paloma, cuyo dulce nido,
el hombre destruyó con mano airada.

¡Mujer de corazón! Tu noble acento
me inspiró tan profunda simpatía…
que sintiendo cual tu santo ardimiento,
te ofrezco mi cariño, hermana mía.

Hermana, si las dos el horizonte
de la infeliz Polonia contemplamos,
y las dos, al guerrero a Aspromonte,
profunda admiración le tributamos.

Las dos sentimos de su noble planta,
el eco que difunde por la tierra,
y nuestra voz unida se levanta
con un voto de gracias a Inglaterra.

Hubo un tiempo de triste oscurantismo
que la mujer de nada comprendía;
la civilización salvó ese abismo;
hoy sabemos sentir, hermana mía.

Hoy brillan como tú, claros fanales
de ilustración y de entusiasmo ardiente,
que son del amor patrio en los raudales
el faro que nos guía en su corriente.

Yo no vivo cual tu dentro de ese mundo,
donde se agitan políticas pasiones;
ni tengo ese talento tan profundo
que pueda comprender altas cuestiones.

Más tengo un sentimiento de lo bello,
y me inspiras profunda simpatía,
porque en ti veo radiar ese destello
que el Eterno a los genios les envía.

Amalia Domingo y Soler, Madrid y julio 7 de 1864

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