Espiritismo en el siglo XX

En ese trabajo, invito a los interesados a observar que hay avances de la ciencia que provocan profundas reflexiones en el campo de la ética, involucrando todas las ramas del conocimiento humano. Por otro lado, algunos de esos avances indican nuevas formas de trabajo con liberación de tiempo, poniendo las personas en el rumbo de la solidaridad al revés de la competencia. Dentro de ese contexto, vale destacar la contribución del Espiritismo como factor definitivo en el auxilio del Espíritu inmortal que necesita enfrentar el desafío de concienciarse cuanto a su papel en la implantación definitiva del mundo de regeneración que empieza en este Siglo XXI.

Ciencia en el Siglo XXI

Desde la ruptura entre la Ciencia y la Religión en el Siglo XVI, la Ciencia avanzo mucho y pudo auxiliar a la humanidad de diversas formas. Pero esa dicotomía generó una “desproporción entre conocimiento, tecnología y valores humanos; el materialismo, la ciencia y la ética; lo sagrado y lo profano; la productividad y la humanidad; el orden y el caos; el placer y la felicidad”.

Mientras las religiones disputan entre ellas la posesión de la verdad exclusiva, la ciencia creo sus propios dogmas y se cerró en una negación sistemática de todo lo que los sentidos físicos y aparatos que creo no pueden percibir o evidenciar. El resultado de esa disputa es el aumento del materialismo, de la ansiedad, de la duda cuanto a la naturaleza humana, de la negación de toda esperanza, del suicidio, de varios tipos de enfermedades mentales como autismos y alzhéimer, síndrome del pánico…

En los siglos pasados, tuvimos los tiempos de la Metafísica, de la Teología. Después el de la Razón Iluminista. El Siglo XX fue el de las ciencias y tecnologías. La ciencia y la técnica siguen avanzando en sucesivas revoluciones, desde la atomista, la de Copérnico, que redundó en la ruptura del paradigma cosmológico en el Siglo XVII, por el trabajo de Galileo Galilei que afirmaba ser papel de la Biblia “no enseñar cómo giran los cielos, pero cómo se va para el cielo” . Otra gran revolución ocurrió en el Siglo XVIII, la Newtoniana, con la concepción mecanicista del universo. El Siglo XIX fue considerado el de las luces, por los avances alcanzados, teniendo por base la razón, que abrieron campo para la revelación de la tendencia materialista de la Humanidad terrena, aún muy limitada a los círculos de los sentidos del cuerpo físico. Fueron necesarios varios y sucesivos avances que permitieran el surgimiento de la ciencia quántica, en el Siglo XX, revelando que la base de la propia materia es la energía, en un campo tan inusitado y desconocido en el cual ya no se puede más hablar de materia como la considerada por los científicos hasta aquel momento. Paralelo a esos avances, la ciencia también caminó en el terreno de la manipulación genética, campo controvertido y aun carenciado de regulación, pues no se tiene por definido lo que es cierto o no y hasta donde se debe avanzar en las investigaciones a eso referentes. De la manipulación de los vegetales, los científicos avanzaron con investigaciones en animales y el horizonte se amplía con las posibilidades identificadas en el estudio del genoma humano. Se hace evidente también que los avances científicos, especialmente en el campo de la tecnología, vienen generando cambios importantes referentes al empleo y a las formas de realizar los trabajos, con la liberación de mano de obra. Ya surgen orientaciones sobre el que hacer con el tiempo libre para evitar depresión y esquizofrenia.

El Siglo XXI está invitado a ser el de los rescates de los valores morales que deberán establecer formas de relación entre los seres, finalmente basadas como colectividad, en el “hacer al otro conforme le gustaría fuera hecho a uno mismo”. Todavía, para llegar allí, le queda a la humanidad dar pasos no siempre fáciles en el rumbo de la superación del egoísmo por la solidaridad, de la competencia por la cooperación, de la indiferencia para el interés por los demás… Los hechos invitaran cada vez más a la búsqueda de la comprensión de que nada hay por azar, que todo se relaciona en los Multiversos, que la vida es basada en Leyes igualitarias, entre ellas la de causa y efecto, reguladora de todas las relaciones de forma impecable, estableciendo la regla de “a cada uno conforme sus méritos”, no por establecimientos externos, sino por la regulación de la propia conciencia.  Ese deberá ser el Siglo de las transparencias: no habrá más nada oculto y los malos tendrán vergüenza de convivir con la mayor parte de la humanidad que exigirá la prevalencia del bien en las relaciones. Para que la conciencia, en cuanto a la necesidad e importancia de esos pasos, se haga convicción del pueblo, es importante la unión de todas las ramas del conocimiento humano. Los especialistas ya se van convenciendo de que su especialidad no tiene todas las respuestas y que su trabajo necesita ser solidario entre sus colegas y entre los de otras especialidades. En esos tiempos de tecnología global nadie trabaja en aislamiento, lo que permite más velocidad y precisión en los avances que benefician a todas las sociedades.

¿Hay riesgos? ¡Lógico que sí! Desde hace mucho los científicos discuten la cuestión ética de sus investigaciones que pueden cambiar la naturaleza biológica de los seres. Límites son necesarios, pero se pregunta: ¿quién los definirá? ¿con qué autoridad? ¿Los propios científicos, filósofos, líderes religiosos, gobernantes? Los años 70 fueron caracterizados por esas discusiones entre los científicos del área biológica. También científicos del área de la inteligencia artificial vienen debatiendo el tema. Hay aquí una evidencia de que las personas, por más inteligentes que sean, siguen rebeldes, pues no admiten que la regulación ya existe una vez que no aceptan que hay la Ley Divina y que todo gobierna, para beneficio de todos. Se ve que falta a la Humanidad madurez, aunque siglos y milenios de evolución nos trajeron hasta aquí, nos queda la definición de cuestiones básicas. Mientras no sea vencido el egoísmo colectivo que regula las relaciones entre las personas y los pueblos, tendremos ese factor limitante a entrabar nuestro progreso que necesita alcanzar un equilibrio entre lo moral (regla de bien vivir mantenedora de las relaciones positivas de los pueblos) y lo intelectual (capacidad de desarrollo cognitivo que produce avances en los diversos campos del conocimiento). Delante de todo eso, no pueden ser ignorados los aspectos éticos que deben de regular esas investigaciones.

Olinto Antonio Pegoraro, al tratar del asunto, propone: Todos esos maravillosos progresos pusieron el ser humano en sus propias manos. Jamás tuvimos tanto poder sobre nosotros mismos. El hombre, de hecho, puede decidir cómo quiere ser y vivir. Es en ese punto que interviene el otro componente de nuestro ser: la mente. Destaca aún que es la mente la que regula todas las investigaciones en todos los campos del conocimiento, como poderosísima energía que funciona como luz de los sabios, biólogos, cosmólogos, juristas, eticistas, bioeticistas, teólogos y filósofos y como guía de todos los seres humanos. Pero todo el avance que permitió la inteligencia no fue suficiente para generar saberes que pudieran entender la realidad compleja e misteriosa en que nos hemos tornado. Si las teorías éticas pasadas, griega, medieval y moderna trataban solamente de la vida inteligente, humana, hasta mediados del Siglo XX, hoy ya no puede ser así, “con la devastación del medio ambiente, del aire, agua, tierra y minerales”.

La conciencia se va ampliando, especialmente cuanto al que se entiende por justicia, pero desde los comienzos, hombres importantes de nuestra historia se han preocupado con el tema, como Hipócrates, que estableció el juramento médico; Platón con una formulación de la metafísica; Kant que definió el principio de la autonomía. En realidad, desde la Antigüedad la Humanidad sintió en si misma potencialidad para el desarrollo y buscó formas de superación de sus límites. Sócrates y Platón consideraron que la inteligencia del hombre tiene origen en su alma que vino de y volverá a una región divina. El judaísmo-cristianismo ha ampliado ese enfoque a la luz de la interpretación bíblica, hablando de una resurrección no solo del alma, sino también del cuerpo en un supuesto juicio final.

En la era de la razón, la filosofía, con Descartes, por ejemplo, propuso que el cuerpo era una máquina que poseía un alma susceptible de perfeccionarse. Jean Jacques Rousseau consideró el ser humano un “animal perfectible” que puede trascenderse por la producción de instrumentos, que fortalecen al cuerpo, y por la cultura, educación y política, que elevan el alma. Nietzsche, con su filosofía nihilista, propone que el hombre puede transcenderse para llegar a la condición de súper-hombre, o sea, un ser que progrese siempre en el campo material sin necesidad de considerar cualquier referencia a un alma. Hay biólogos contemporáneos y algunos científicos que consideran la posibilidad de la perpetuidad del hombre en su condición física con la superación de la degradación orgánica para que el ser viva para siempre en el cuerpo. ¡Eso es llamado transhumanismo, (2) que nos llevaría a la era del pos-humanismo! Pero la biotecnología humana no está sola en eso. Hay la filosofía, la ética, las teologías, el derecho, la sociedad jurídica y política. No se puede hablar en cambios de la naturaleza humana mirando solamente su aspecto biológico, pues no se puede excluir las dimensiones de la razón, de la conciencia, de la libertad, de la espiritualidad que escapan a las experiencias meramente de laboratorio. No se puede olvidar de preguntar: ¿en que se basa la felicidad del ser humano? ¿qué es, para él, bienestar? ¿qué es alegría? ¿imaginación, poética, artes, creatividad, meditación?

La paz de espíritu filosófica y la felicidad religiosa no nacen de genes, sino del sentido que cada uno le brinda a su vida. La paz y la felicidad interfieren sobre la estructura psico-corporal del hombre, pero se originan en la filosofía de vida de las personas. […] Todas esas son dimensiones del mismo ser biológico estudiado por el científico; un verdadero científico no ignora eso y ni un auténtico filosofo dejará de reconocer la profundidad de la biología humana, tarea del científico. En fin, ni el genetista puede ignorar la razón, la conciencia y la libertad en nombre del cientificismo y ni el filósofo puede aislarse en un abstraccionismo celestial. Eso es lo que Roque refiere como algo similar a un esfuerzo sistémico entre especialistas de las diversas áreas del conocimiento que es visto como componente del paradigma emergente, que tiene como representantes cientistas, investigadores, filósofos, artistas, escritores e intelectuales de varios campos. Por definición, el pensamiento sistémico incluye la interdisciplinaridad, y agrego, la ‘metadisciplinaridad’. Esa última sería (o será) la integración de todas las ‘disciplinaridades’ ya conocidas en el paradigma cartesiano extendiéndola al paradigma ‘conciencial’. Es eso lo que Allan Kardec ya proponía en los años 1860 al tratar de la unión entre la Ciencia y la Religión. Pero, antes de llegar a esa propuesta, con el auxilio de la espiritualidad superior, estableció la Ciencia y la Filosofía espíritas, buscando profundizar las consecuencias morales de esta última. No propuso la unión entre los dogmas religiosos y científicos, sino la sincera búsqueda conjunta de respuestas para las inquietudes de la Humanidad que, al alzar miradas más allá del círculo limitado de los cinco sentidos del cuerpo físico, se pregunta porque existe, de donde vino, que hace aquí, para donde va después que termine esa jornada e, incluso, si efectivamente la jornada termina o simplemente sigue en otra dimensión aun poco sondeada por la ignorancia humana.

Una nueva realidad

Si por un lado los avances científicos y técnicos llevan a la liberación de la mano de obra, por otro, las personas empiezan a descubrir razones diferentes para vivir, además del bien estar material proporcionado por riquezas y posiciones sociales. La solidaridad, la compasión, la dedicación desinteresada por el bien de otros surgen como factores de equilibrio evidenciados por el comportamiento de las personas que, independiente de adoptar o no una religión, deciden hacer el bien sin esperar cualquier tipo de retribución. En ese campo, el Espiritismo, desde hace 160 años, al rescatar las enseñanzas del Jesús en su pureza primitiva sin los prejuicios de las interpretaciones de los hombres, apunta para el futuro de la Humanidad, esclareciendo la importancia del amor y de la caridad, de la práctica del bien hacia el semejante como factor de equilibrio del individuo y de sus relaciones familiares y sociales. Al destacar que somos todos hijos del mismo Dios, “inteligencia suprema y causa primera de todas las cosas”, Espíritus creados a Su imagen y semejanza, evidencia que somos hermanos, todos herederos del Universo en el cual estamos integrados.

El Espiritismo, desde hace 160 años, al rescatar las enseñanzas del Jesús en su pureza primitiva sin los prejuicios de las interpretaciones de los hombres, apunta para el futuro de la Humanidad, esclareciendo la importancia del amor y de la caridad, de la práctica del bien hacia el semejante como factor de equilibrio del individuo y de sus relaciones familiares y sociales. La supervivencia del alma no es mera hipótesis, sino hecho evidenciado, pues son los mismo Espíritus quienes nos vienen revelar su situación en la otra dimensión. Revelan que no hay cielo beatifico ni infierno eterno, que todos estamos destinados al progreso espiritual. No hay, por lo tanto, demonios ni ángeles creados especialmente. Hay sí, Espíritus que se hacen rebeldes o se mantienen en la ignorancia voluntaria, constituyéndose en hermanos infelices que luchan por retrasar el progreso de la Humanidad. Pero todos pueden progresar hasta llegar a la condición de Espíritus superiores que trabajan por el bien de sus hermanos que quedaron rezagados.

Como Espíritus inmortales vivimos varias existencias corporales con ese objetivo de adquirir experiencia y evolucionar para alcanzar una condición de superioridad que nos permita ser co-creadores, auxiliando a Dios en su Obra Divina. Demuestra que hay una solidaridad universal entre todos los mundos y seres de la creación, no habiendo espacios ociosos, pues todo sirve a los propósitos de la creación, siendo que los llamados muertos se comunican con los considerados vivos, comprendiéndose en ese punto que, en realidad, no hay muertos, sino siempre vivos en diferentes dimensiones de la vida. Con la revelación de que el Espíritu tiene un cuerpo espiritual que sobrevive a la muerte del cuerpo de carne, hecho referido por Pablo y presente en las enseñanzas de los reveladores desde la más remota antigüedad, pero ignorada por las masas populares, brinda toda una revolución psicológica y en la filosofía.

Conforme explica Kardec: Admitido ese punto de partida, se llega necesariamente, de deducción en deducción, a la individualidad del alma, a la pluralidad de existencias, al progreso indefinido, a la presencia de los Espíritus entre nosotros, en una palabra, a todas las consecuencias del Espiritismo, incluso el hecho de las manifestaciones que se explican de forma natural. Detentores del libre albedrío, los Espíritus somos responsables por nuestras acciones que generan consecuencias compatibles con lo que hacemos o dejamos de hacer, dentro de una ley llamada de causa y efecto. Por ella nadie perjudica a nadie sino a sí mismo, siendo que todos siempre responden por sus acciones en esta o en otras existencias corporales.

El Espiritismo, en el Siglo XXI, viene a auxiliar a las personas a despertar para ese nuevo paradigma: el de la conciencia, por el cual el ser, buscando la madurez espiritual, asume la responsabilidad sobre sí mismo, reconociendo la importancia de la realidad espiritual y de su integración a su vida presente. Viene a rescatar el Evangelio de Jesús al presentar la Ley del Padre de forma lógica y racional para que todos entiendan que este es el Siglo del despertar de la conciencia que permitirá la implantación de una nueva era para la Humanidad: ¡la era de la regeneración! ¡la del Espíritu inmortal!

Escrito por Carlos Campetti
Centro Estudios Espíritas Sin Fronteras

Bibliografía:
ROQUE, Dalton Campos. Ciência como inquisidora do Século XXI.
PEGORARO, Olinto Antonio. Século XXI: tempo da ciência e do progresso – transhumanismo? In: Revista BioEtikos – Centro Universitário São Camilo – 2011;5(3):333-340.
PEGORARO, Olinto Antonio. Opus cit. (2)
ROQUE, Dalton Campos. Opus cit. (1)
KARDEC, Allan. Conferencias. In: Revista Espírita, junio de 1868.

Revista FEE

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