La prueba de la riqueza

“Jesús miró a su alrededor y dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! Los discípulos se quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús les repitió: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios. Ellos, más asombrados todavía, se decían: Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús los miró y les dijo: Para los hombres esto es imposible; pero no para Dios, pues para Dios todo es posible.” (Marcos, X, 23-27).

La opulencia tiene sus virtudes, sus efectos gloriosos, pero son grandes los escollos de los que se hallan en la opulencia. Espíritus predestinados, tal vez para concurrir con mayor suma de beneficios para el engrandecimiento material, moral y espiritual de sus hermanos, ellos, la mayoría de las veces, se olvidan de la misión que vinieron a desempeñar.

El orgullo insuflado por los aduladores, por los serviles, que no conocen otro dios que el del oro, han extraviado a muchas almas, conduciéndolas a rudas y penosas pruebas, por el mal empleo de la fortuna que el Creador les concedió para su perfeccionamiento y el perfeccionamiento de sus semejantes.

El hombre rico tiene más dificultades a vencer que el pobre. Además de cuidar de sí y de los suyos, además de procurar mantener las exigencias sociales, además de estudiar y estudiar mucho porque dispone de más tiempo que el pobre, aún le cabe el deber preciso de ejercer la Caridad, sea socorriendo a los necesitados del cuerpo, sea enseñando a los ignorantes, dirigiendo a todos palabras de confortamiento, de coraje y de resignación. Dios no condena la riqueza y nadie es condenado por ser rico. Lo que Dios condena es el mal uso que se hace de la fortuna.

“¡Qué difícil es que un rico entre en el reino de los Cielos! Es más fácil – dijo Jesús – que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico se salve.” Esta sentencia del Maestro, viene en apoyo de las pruebas por las que pasan aquellos que pidieron bienes de fortuna, para ofrecerles oportunidad de prestar más beneficios a su prójimo, y, por tanto, progresar más rápidamente. Y basta leer en El Cielo y el Infierno, de Allan Kardec, la comunicación del Espíritu de la Condesa Paula, desencarnada en 1851, para ver que el dinero es también un poderoso auxiliar para conquistar la fortuna imperecedera que los ladrones no roban, las polillas no roen y la herrumbre no consume.

Aquellos que pidieron la pobreza, porque no se creyeron a la altura de desempeñar los deberes impuestos por la riqueza, deben mantener el coraje y la resignación, pues la verdadera fortuna es la que nos proporcionan las virtudes que practicamos y de las cuales nos rodeamos. A los ricos, les repetimos el último parte de la comunicación de la Condesa Paula: “Y vosotros ricos, tened siempre en mente que la verdadera fortuna, la fortuna imperecedera, no existe en la Tierra; procurad antes saber el precio por el cual podréis alcanzar los beneficios del Todopoderoso.”

Cairbar Schutel
Extraído del libro «Parábola y Enseñanza de Jesús»

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