M. Letil

M. Letil, fabricante cerca de París, murió en abril de 1864 de una manera horrible. Habiéndose encendido una caldera de barniz hirviendo, y derramándose sobre él, en un instante fue cubierto de una materia inflamada, y comprendió enseguida que estaba perdido. Solo a la sazón en el obrador con un joven aprendiz, tuvo el valor de ir hasta su casa, distante más de doscientos metros. Cuando pudieron darle los primeros auxilios, las carnes estaban quemadas y le caían del cuerpo y de la cara. Vivió así doce horas entre los más horribles sufrimientos, conservando, a pesar de esto, toda su presencia de espíritu hasta el último momento, y poniendo en orden sus asuntos con entera lucidez. Durante esta cruel agonía no se le oyó ninguna queja, ningún murmullo, y murió rogando a Dios.

Era un hombre muy honrado, de un carácter dulce y benévolo, amado y estimado de todos los que le habían conocido. Había abrazado con entusiasmo las ideas espiritistas, pero con poca reflexión, por cuyo motivo, como tenía alguna mediúmnidad, fue juguete de numerosas mistificaciones, que sin embargo no quebrantaron su fe. En ciertas circunstancias su confianza en lo que le decían los espíritus llegaba hasta la candidez.

Evocado en la Sociedad de París el 23 de abril de 1864, pocos días después de su muerte, todavía bajo la impresión de la terrible escena de la que había sido víctima, dio la comunicación siguiente:

¡Una tristeza profunda me oprime! Espantado aún de mi muerte trágica, me creo bajo el hierro del verdugo. ¡Cuánto he sufrido! ¡Oh, sí, mucho he sufrido! Estoy todavía temblando. Me parece que siento todavía el olor fétido que mis carnes quemadas despedían a mi alrededor. ¡Agonía de doce horas, cuánto has probado al espíritu culpable! Ha sufrido sin murmurar. También Dios le concederá su perdón. ¡Oh, querida mía! No llores por mí, mis dolores van a calmarse. No sufro realmente, pero el recuerdo equivale a la realidad. Mi conocimiento del Espiritismo me ayuda mucho. Veo ahora que sin esta dulce creencia habría permanecido en el delirio que hubiera resultado de esta muerte horrorosa.

Pero tengo un consolador que no me ha dejado desde mi último suspiro. Hablaba aún, y ya le veía cerca de mí. Me parecía que era un reflejo de mis dolores que me daba vértigo, y me mostraba fantasmas… No, era mi ángel protector, que silencioso y mudo, me consolaba en mi corazón.

Desde que hube dicho adiós a la Tierra, me dijo:

-Ven, hijo mío, y vuelve a ver la luz del día.

Respiraba más libremente, creyendo salir de un sueño espantoso. Hablaba de mi querida esposa, del animoso muchacho que se había sacrificado por mí.

-Todos están en la Tierra -me refirió-. Tú, hijo mío, estás entre nosotros.

Buscaba mi casa. El ángel me dejó entrar en ella acompañándome siempre. Vi a todo el mundo derramando lágrimas. En aquella pacífica morada de otro tiempo, todo era duelo y tristeza. No pude sostener más tiempo la vista de este doloroso espectáculo, muy conmovido expuse a mi guía:

-¡Oh! Ángel, salgamos de aquí.

-Sí, salgamos y busquemos reposo-dijo el ángel.

Después, sufrí menos. Si no viera a mi esposa inconsolable, mis amigos tan tristes, sería casi feliz.

Mi buen guía, mi querido ángel, me ha hecho el favor de explicarme por qué he tenido una muerte tan dolorosa, y para vuestra enseñanza, hijos míos, voy a haceros una confesión.

Hace dos siglos hice extender sobre una hoguera a una joven inocente como las de su edad. Tenía de doce a catorce años. ¿De qué se la acusaba? ¡Ah! De haber sido la cómplice de una revuelta contra la política sacerdotal. Era italiano y juez inquisidor, los verdugos no se atrevían a tocar el cuerpo de la joven. Yo mismo fui el juez y el verdugo. ¡Oh, justicia, justicia de Dios, tú eres grande! Me he sometido a ella, había prometido tantas veces no vacilar el día del combate, que he tenido la fuerza de sostener mi palabra. No he murmurado, vos me habéis perdonado, ¡oh, Dios mío! ¿Cuándo se borrará de mi memoria el recuerdo de mi pobre e inocente víctima? Esto es lo que me hace sufrir. También deberé obtener su perdón.

Vosotros, hijos de la nueva doctrina, decís alguna vez: «No nos acordamos de lo que hemos hecho precedentemente, por esto no podemos evitar los males a que nos exponemos por el olvido del pasado.»

¡Oh, hermanos míos! Bendecid a Dios. Si os hubiera dejado el recuerdo, no tendríais ningún descanso en la Tierra. Perseguidos sin cesar por los remordimientos y la vergüenza, ¿podríais tener un solo instante de paz? El olvido es un beneficio. El recuerdo sería un tormento. Pasados algunos días, y por recompensa de la paciencia con la cual he soportado mis dolores, Dios me hará olvidar la falta. Esta es la promesa que acaba de hacérseme por mi buen ángel.”

El carácter de M. Letil en su última existencia prueba cuánto se había mejorado su espíritu. Su conducta fue el resultado de su arrepentimiento y de las resoluciones que tomó. Pero esto no bastaba, era preciso sellar estas resoluciones con una gran expiación. Le era preciso sufrir como hombre lo que había hecho sufrir a los otros. La resignación en esta terrible circunstancia era para él la prueba más grande, y afortunadamente no ha faltado a ella. Sin duda ha contribuido mucho a sostener su valor el conocimiento del Espiritismo, por la fe sincera que le había dado en el porvenir. Sabía que los dolores de la vida eran pruebas y expiaciones, y se había sometido a ellas sin murmurar, diciendo: “Dios es justo, sin duda lo he merecido.”

Allan Kardec
El cielo y el infierno.

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