El día de difuntos

¡Madre infeliz! En tu modesta tumba
no tendrás ni una flor en este día,
pero la brisa que en los sauces zumba
repetirá doliente, ¡madre mía!…

Las madres que cifraron su alta gloria
en prestar sus afanes más prolijos,
esas tienen por tumba la memoria
de sus amantes y dolientes hijos.

Esas madres benditas que embellecen
de los suyos la mísera existencia,
esos ángeles buenos no perecen
porque son de sus hijos luz y esencia.

Se las halla del bosque en la espesura;
se las ve en las estrellas y en las nubes;
en la flor delicada, blanca y pura;
y en el dulce cantar de los querubes.

En el templo de Dios con su misterio;
en medio del dolor y los azares;
en el triste y callado cementerio,
y en las orillas de rugientes mares.

Y por doquiera que la planta gira,
siempre encontramos su invisible huella;
tal vez la mente en su dolor delira,
¡Más siempre en su delirio la ve a ella!

¡Madre infeliz! En tu modesta tumba
no tendrás ni una flor en este día;
pero la brisa que en los sauces zumba
te dirá mi tormento y mi agonía.

Te dirá que yo guardo aquí en mi pecho
un recuerdo sin fin de tu ternura;
que está mi corazón pedazos hecho,
cadáver que no encuentra sepultura…

Cuantas tumbas encuentro decoradas
con frescas, bellas y aromadas flores;
flores por el orgullo allí arrojadas
que están llenas de vida y de colores;

Yo no encuentro esas flores tristes, solas,
por lágrimas de fuego consumidas;
que guardan en sus pálidas corolas
esas perlas del cielo desprendidas.

¿Qué valen esas urnas sepulcrales
donde vanidad y orgullo solo miro,
si no empañan sus límpidos cristales
ni el hálito siquiera de un suspiro?

Hoy recuerdo una humilde sepultura Que los
restos de un ángel encerraba;
y allí su pobre madre sin ventura
sus quejas y lamentos exhalaba.

Aquel dolor tan grande y tan profundo
contemplé con respeto y con espanto;
entonces por mi bien cruzaba el mundo
¡Sin comprender que se lloraba tanto!

Entonces de la tétrica campana
nada eran para mí las vibraciones;
sin ayer, sin presente, sin mañana…
dormitaban mis grandes emociones.

Desperté por mi mal, y en este día
en que al dolor le ponen un emblema…
no te puedo dar flores, madre mía;
no hay en tu tumba de mi llanto el lema.

¡Madre del corazón! Perdón te pide:
Tu memoria es mi vida, en mi alma vive;
y tu nombre sagrado y bendecido
culto y adoración de mí recibe.

Pero el destino y la desgracia impía
me apartan de tus míseros despojos;
no brotan flores en tu tumba fría…
¡Porque le falta el llanto de mis ojos!

Culpa mía no fue, de mis dolores
tú comprendes muy bien la triste historia;
si tus restos no cubren bellas flores
tu imagen vive siempre en mi memoria.

Amalia Domingo y Soler

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