Pasaporte

“Aprende a vivir bien y sabrás morir bien”

Confucio

Después de la presentación de la conferencia sobre la muerte, en una ciudad de Rio Grande do Sul, cuando yo respondía preguntas del público, una joven comentó:

“El tema me impresiona de sobremanera. Por eso comparecí a esta reunión, incluso siendo espirita. Debo confesar, entretanto, que después de sus esclarecimientos, yo, que siempre sentí miedo a la muerte, ¡ahora estoy asustada!”

Felizmente esa pintoresca confesión es una excepción. Como el miedo a la muerte transcurre, generalmente, de la falta de información, he constatado que muchas personas se preparan para encarnarla con serenidad cuando tienen conocimiento del asunto.

Imperioso reconocer, entretanto, que solamente nos libraremos definitivamente de temores y dudas cuando nos ajustamos a las realidades espirituales descubiertas por la Doctrina Espirita, procurando definir el significado de la experiencia humana.

Espíritus eternos, transitoriamente encarcelados en la carne, no podemos olvidar que nuestra morada definitiva, legítima, se sitúa en el Plano Espiritual, donde ampliaremos nuestros niveles en la medida en que superemos los imperativos de la encarnación en mundos densos como la Tierra, donde las dificultades y limitaciones existentes funcionan como lijas necesarias para pulir nuestras más grandes imperfecciones.

Si hacemos de la reencarnación una estación de vacaciones, marcada por el acomodamiento y por la indiferencia; si la concebimos como un casino para un irresponsable juego de emociones; si pretendemos un cielo artificial sustentado por vicios y pasiones; si cultivamos bienestar y seguridad en el suelo engañoso de los intereses inmediatistas, alejados de los objetivos de la existencia, fatalmente sentiremos miedo de morir. Al final todo eso se quedará atrás. Y algo nos dice en lo más íntimo de nuestro ser, que nos será cobrado el compromiso de la vida y la falta de preparación para la muerte.

Aquellos que transitan distraídos de las finalidades de la jornada reencarnatória, constatarán, desalentados y tristes, que la muerte, ángel liberador que debería descubrirles maravillosos horizontes espirituales, solo revela los pesados grilletes que colocarán en si mismos, por hacer de la existencia un ejercicio de inconsecuencia, aplazando el esfuerzo de la propia renovación.

En nuestro beneficio, es fundamental que desarrollemos una conciencia de eternidad, reconociendo que no somos meros aglomerados celulares dotados de inteligencia, seres biológicos que surgieron en la cuna y desaparecerán, aniquilados, en el túmulo.

¡Somos Espíritus eternos! ¡Ya existíamos antes de la cuna y continuaremos existiendo después del túmulo! Es necesario vivir en función de esa realidad, superando mezquinas ilusiones, a fin de que, libres y firmes, busquemos los valores inalienables de la virtud y del conocimiento, ¡nuestro pasaporte para las gloriosas moradas del Infinito!

Difícil definir cuando seremos convocados para el Más Allá. La muerte es como un ladrón. Nadie sabe cómo, cuándo y donde vendrá. Lo ideal es estar siempre preparados, viviendo cada día como si fuese el último, aprovechando integralmente el tiempo que nos resta en el esfuerzo disciplinado y productivo de quien ofrece lo mejor de si mismo en favor de la edificación humana.

Entonces, si, tendremos un feliz retorno a la patria espiritual, como sugiere el viejo proverbio oriental:

“Cuando naciste todos sonríen, solo tu llorabas. Vive de tal forma que, cuando mueras todos llores, ¡y solo tu sonrías!”

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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