Joyas devueltas

Existe una palabra llave para enfrentar con serenidad y equilibrio la muerte de un ser querido: sumisión.

La sumisión expresa la disposición de aceptar lo inevitable, considerando que, encima de los deseos humanos, prevalece la voluntad soberana de Dios, que nos ofrece la experiencia de la muerte en favor del perfeccionamiento de nuestra vida.

A ese propósito, oportuno recordar la antigua historia oriental sobre un rabí, predicador religioso judío que vivía muy feliz con su virtuosa esposa y dos hijos admirables, jóvenes inteligentes y activos, amorosos y disciplinados. Por fuerza de sus actividades, cierta vez el rabí se ausentó por varios días, en un largo viaje. En ese ínterin, un grave accidente provocó la muerte de los dos jóvenes. 

¡Podemos imaginar el dolor de aquella madre!… No obstante, era una mujer muy fuerte. Apoyada en la fe y en la inquebrantable confianza en Dios, soportó valerosamente el impacto.

Su preocupación mayor era el marido. ¡¿Como transmitirle la terrible noticia?!… Temía que una conmoción fuerte tuviese funestas consecuencias, ya que él era portador de una peligrosa insuficiencia cardíaca. Oró mucho, implorando a Dios una inspiración. El Señor no la dejó sin respuesta…

Pasados algunos días el rabí retornó al hogar. Llegó a la tarde, cansado después de un largo viaje, pero muy feliz. Abrazó cariñosamente a la esposa y fue luego preguntando por los hijos…

– No te preocupes, mi querido. Ellos vendrán después. Ve a bañarte, mientras preparo la merienda.

Poco después, sentados a la mesa, intercambiaban comentarios de lo cotidiano, en aquel dulce encanto de conyuges amorosos, después de una breve separación.

– ¿Y los chicos? ¿Están tardando!…

– Deja a los chicos…. Quiero que me ayudes a resolver un grave problema…

– ¿Qué pasó? ¡Noté que estás muy abatida!… ¡Habla! ¡Lo resolveremos juntos con la ayuda de Dios!…

– Cuando viajaste, un amigo nuestro me buscó y me confió a mis cuidados dos joyas de incalculable valor. ¡Son extraordinariamente preciosas! ¡Nunca vi nada igual! El problema es este: él viene a buscarlas y no estoy con disposición para devolvérselas.

– ¡Pero mujer! ¡No veo normal tu comportamiento! ¡Nunca fuiste vanidosa!…

– Es que nunca vi joyas así. ¡Son divinas, maravillosas!…

– Pero no te pertenecen…

– ¡No consigo aceptar la perspectiva de perderlas!…

– Nadie pierde lo que no tiene. ¡Retenerlas equivaldría a un robo!

– ¡Ayúdame!…

– Claro que lo haré. ¡Iremos juntos a devolverlas, hoy mismo!

– Pues bien, querido mío, sea hecha tu voluntad. El tesoro será devuelto. En verdad eso ya se ha hecho. Las joyas eran nuestros hijos. Dios, que nos los concedió por préstamo, a nuestro cuidado, ¡vino a buscarlos!…

El rabí comprendió el mensaje y, aunque experimentando la angustia que aquella separación le imponía, superó reacciones más fuertes, pasibles de perjudicarlo. Marido y mujer se abrazaron emocionados, mezclando lágrimas que se derramaban por sus mejillas mansamente, sin bullicios de rebeldía o desespero, y pronunciaron, al unísono, las santas palabras de Job: “Dios da, Dios quita. Bendito sea Su santo nombre”.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.