Horas de insomnio

Todo duerme; todo duerme, todo calla en mi redor; todo yace en el silencio, solamente velo yo. ¿En qué piensa mi espíritu cuando la noche tiende su manto de tristeza, su densa oscuridad? Contemplo como el hombre luchando se defiende, contra ese monstruo horrible llamado sociedad.

El hombre sin el hombre, es átomo en el mundo, por eso es necesario que exista asociación: mas nuestro antagonismo ¡Dios mío! es tan profundo que embota la ternura y ofusca la razón.

Avaros insaciables de todo lo creado queremos envidiosos los bienes poseer, de aquel que vive y goza, del noble potentado, y del amor que en ángel convierte a la mujer; viajeros incansables, cruzamos el desierto buscando grata sombra y plácido solaz; mas ¡ay! que no encontramos el anhelado puerto, nacemos y morimos sin encontrar la paz.

¿Y cómo hemos de hallarla, si locos visionarios queremos que la nieve nos de dulce calor, si falta a nuestra mente y a nuestros santuarios, la inextinguible llama del verdadero amor? Si somos fratricidas, si en nuestro torpe encono nos place únicamente el mundo destruir buscando subterfugios, diciendo en nuestro abono, que somos los obreros del mudo porvenir.

Que vamos destruyendo, que sobre los escombros iremos levantando un templo y un altar, y allí colocaremos la cruz, que en nuestros hombros pusieron las edades, que nunca han de tornar.  Las civilizaciones, que en sangre se bañaron, cayeron abrumadas por su fatal poder: del libro de la historia las páginas mancharon y con horror miramos el infecundo ayer.

¡Atrás negros errores de muchedumbre impía! ¡Atrás de la barbarie la triste ceguedad! ¡Atrás oscurantismo!, sucumbo en tu agonía y deja que adelante la pobre humanidad. Las guerras desastrosas que diezman las naciones, terminen para siempre y reine la razón; y duerman entre el polvo, mentidas religiones y solo haya una diosa, la civilización, “Mas que ésta no se asiente quemando las ciudades, que no sea el sacrificio su negro pedestal: que beba el agua pura de sólidas verdades y tome nueva forma el régimen social.

Que de la fuerza bruta termine el poderío, que luche el pensamiento buscando clara luz: y que se acuerde el hombre en su dolor sombrío del mártir sacrosanto que sucumbió en la cruz. Que siga de aquel genio la luminosa huella, y quo como él practique la santa caridad; que siendo el evangelio nuestra polar estrella encontremos todos la mágica verdad.

¡Felices de nosotros si llega el fausto día que no seamos deicidas, y vayamos en pos: del Ser que dio a las aves tan dulce melodía, y a comprender lleguemos la santa ley de Dios! ¡Entonces será grato gozar de la existencia! ¡Entonces hallaremos dulcísima quietud! Entonces admirando la santa providencia, tendremos una vida de eterna juventud.

¡Oh!, cuándo será el tiempo que llegue tal ventura, !oh! cuándo sus contiendas los hombres dejarán, ¡oh! cuándo apuraremos el cáliz de amargura y todas nuestras penas por siempre acabarán. Y cuándo, yo pregunto; es fácil ya saberlo, cuando se verifique la regeneración, cuando ese lauro honroso podamos obtenerlo no será este planeta un mundo de expiación.

¿Y cómo alcanzaremos rehabilitarnos todos? ¿Cómo quitar las manchas de nuestro triste ayer? ¿Qué cómo? pues si es dable quitarlas de mil modos que el arrepentimiento nos llegue a engrandecer. Lloremos nuestras culpas cifrando nuestro anhelo, en consolar al triste, haciéndonos mirar; que el Ser Omnipotente nos dio para consuelo, mil mundos donde todos podamos progresar.

La vida es infinita, la vida no se acaba; actividad, trabajo, nos pueden redimir. ¡Humanidad!, despierta; y no serás esclava, la eternidad te ofrece su inmenso porvenir. Crucemos de la tierra el áspero camino, pensando que otra vida quizá será mejor; vivamos resignados y así nuestro destino lo cumpliremos todos sin llanto ni dolor.

¡Ven diosa del mañana! ¡Dulcísima esperanza! Extiende sobre el mundo tu manto celestial; y así tendrán los hombres un puerto de bonanza: llegando a realizarse la paz universal. ¡Oh!, fe consoladora! Acoge entre tus alas a la proscrita raza que gime en su aflicción: preséntale a los hombres tus seductoras galas, que solo si te adoran tendrán su redención.

La fe enaltece al hombre, la fe lo, regenera, la fe es signo de vida, la fe es foco de luz: por ella únicamente, si bien se considera, la humanidad camina cargada con su cruz. Por eso fe divina, te pido que tu manto me envuelva con cariño y cesará mi afán; enjugaré si puedo del infeliz el llanto, y férvidas plegarias al cielo llegarán. Todo duerme, todo duerme, toda calla en mi redor, solamente un eco vago mis palabras repitió.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro “Ramos de Violetas” 1873

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