Raíces de estabilidad

Según investigaciones realizadas por la revista “Psychology Today”, lo que las personas más temen es el fallecimiento de un ser querido. Mucha gente simplemente se recusa a pensar en esa posibilidad, incluso en relación con familiares mayores.

¡En cuanto a los hijos, ni pensarlo!…

Hay una tendencia muy humana de extender raíces de estabilidad emocional esencialmente en el suelo de la afectividad, envolviendo particularmente a los familiares.

Nos sentimos más seguros así, dispuestos a enfrentar las luchas de la existencia. El problema es que, delante del fallecimiento de alguien muy querido en su corazón, el individuo se desequilibra, como si le faltase el suelo debajo de los pies, y cayendo en crisis de desespero. Por largo tiempo se siente mutilado emocionalmente, sin apoyo, sin ánimo, sin disposición para vivir…

A fin de evitar tales perjuicios es necesario que aprendamos a convivir con la muerte, aceptándola como experiencia evolutiva propia del mundo en que vivimos y que, probamente, antes que ella nos venga a buscar, se llevará, dentro de muchos años o de algunos días, a un ser amado. Deberíamos estar siempre “preparados”, esto es, pensar en esa posibilidad, sin desánimo, sin vocación para el pesimismo, solo ejerciendo la capacidad de ser realistas.

No se trata de asumir fría racionalidad, reduciendo nuestros afectos a meras piezas que admitimos perder en el juego del destino, sino de buscar comprender los mecanismos de la Vida, a fin de no sentirnos al margen de ella, como si no hubiese más razón para vivir, porque el ser amado partió.

Llegada y partida, convivencia y soledad, unión y separación, vida y muerte, son antítesis existenciales que se repiten en el reloj de los siglos, trabajando nuestra personalidad en la dinámica de la evolución, de conformidad con los designios sabios y justos de Dios. Por eso, en nuestro propio beneficio, es necesario que extendamos otras raíces de estabilidad emocional, comenzando por el empeño de cumplir las finalidades de la jornada terrestre.

La convivencia con seres queridos es importante, pero representa solo parte de las motivaciones que debemos cultivar. Hay otras inaplazables, fundamentales: el perfeccionamiento intelectual y moral, el esfuerzo de autorrenovación, la participación activa en el medio social al servicio del Bien, el desarrollo de valores espirituales…

Semejantes iniciativas encienden en nuestro pecho la llama divina del ideal, que ilumina los caminos, ofreciéndonos bienestar y seguridad en todas las situaciones.

Cuando cultivamos el ideal, asumiendo la condición de hijos de Dios, creados a Su imagen y semejanza, desarrollamos nuestras potencialidades creadoras, volviéndonos más capaces de amar, relacionándonos mejor con los familiares, estrechando lazos de afinidad, pero el desprendimiento marcará nuestras efusiones afectivas, permitiéndonos mantener el equilibrio y la serenidad cuando la muerte venga a buscar a alguien de nuestro círculo íntimo.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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