En el álbum de Elisa

Y quiera el cielo que tan dulce estado
eterno sea, si tu dura suerte
te niega hallar un ser idolatrado
que sea capaz de amarte y comprenderte;

Pero si le has de hallar, si afortunado
un porvenir de amor ha de ofrecerte,
conviértase esa paz tan bonancible
en un amor inmenso, inextinguible
(Benavides)

¿Cuándo tendrás Elisa, la ventura
de amar con frenesí, de verte amada
y ostentar en tu frente noble y pura,
la corona feliz de desposada?

¿Cuándo tus ojos de pasión radiantes,
buscarán otros ojos con anhelo?
¿Cuándo tus ojos de placer temblantes
a un hombre le dirán? ¡Tú eres mi cielo!

La vida es el amor Elisa mía,
tu soledad del alma me da espanto
tu nada esperes cuando muere el día,
tu vida pasa sin dolor ni encanto

¿En esas tardes del abril florido
aspirando el aroma de las flores,
no se agita tu pecho conmovido
ante un ensueño de placer y amores?

¿En esas noches del ardiente estío
contemplando el fulgor de las estrellas,
no sigues en amante desvarío
de amorosa visión las gratas huellas?

Tú que tienes un fondo de ternura
tan inmenso y grandioso como el mundo.
No tendrás, pobre Elisa, la ventura
de encontrar un amor grande y profundo?

¿Y verás deslizar año tras año
sin que un sueño de amor haya en tu mente?
(Tan triste es recibir un desengaño,
como vivir a todo indiferente)

¡Oh! Cuanto anhelo que tu dulce acento
exclame con amante desvarío…
Cese Amalia, tu pena y sentimiento,
ya encontré un corazón igual al mío.

Y cuando muere el sol en Occidente
cubriendo el cielo de celajes de oro,
oigo una voz que dice dulcemente,
¡Elisa de mi amor, cuanto te adoro!

Y en esas tardes del abril florido
aspirando el aroma de las flores,
ya se agita mi pecho conmovido
escuchando al amor de mis amores.

¡Oh! Cuanto anhelo que tu dulce acento
murmure estas palabras hija mía,
que tu vida reanime un sentimiento,
que esperes algo cuando muere el día.

Pero ¡ay de mí! Que al recordar mi historia
de tantos infortunios combatida,
al ver que la ventura es transitoria
y eternos los tormentos de la vida.

¡Temo que sientas ese amor del alma!
¡Temo que viertas abundoso llanto!
¡Temo que triste, sin placer ni calma!
¡Tu misma soledad te cause espanto!

Bello es gozar en los floridos años
de una ilusión las esperanzas bellas;
pro ¡Ay! Que los funestos desengaños,
dejan terribles e indelebles huellas.

Hay seres en el cielo bendecidos
que cruzan el océano de la vida,
sin ver sus sentimientos combatidos
ni lamentan una ilusión perdida.

Si tú eres de esos seres que el destino,
se complace en colmarlos de ventura;
le ruego a Dios que ponga en tu camino
un alma ardiente, enamorada y pura

Y unidos por el lazo sacrosanto
vuestros afectos inmutables, fijos…
Cifren su dicha, su placer y encanto
en el amor de vuestros tiernos hijos.

Si no has de hallar un alma delicada
que aprecie tu camino en su valía;
sigue sola y tranquila en tu jornada,
viviendo sin dolor, sin alegría.

No acierto a definir, si el bien perdido
nos hace sufrir más que el bien no hallado.
¡Misterio que ninguno ha comprendido!
¡Problema que jamás se ha descifrado!

La religión cristiana en su misterio
consoladora y dulce cual ninguna,
nos hace adivinar otro hemisferio,
tras los pálidos rayos de la luna.

Nos hace comprender que hay otra vida
en donde el justo el galardón recibe;
donde el alma del polvo desprendida
junto al trono de Dios dichosa vive.

¿Qué importa de la vida los azares?
si el fin de esta existencia es transitoria,
y el Señor compensando los pesares
nos da una eternidad de amor y gloria?

Dichosa tú, que tranquila y resignada
vas cruzando de abrojos del camino,
en el cielo se fija tu mirada,
y es tu esperanza el hacedor divino.

¡Ay de aquel que la fe tenga perdida
y no comprenda por su infausta suerte…
que es la muerte el principio de la vida
y la vida el principio de la muerte!

Si los ruegos de un alma dolorida
en alas de la fe llegan al cielo,
dulce y serena pasará tu vida;
¡Esto le pido a Dios en mi desvelo!

Y en premio de mi afán, Elisa mía;
tú qué sabes lo triste de mi suerte…
¡Ruega a Dios que termine mi agonía
en ese puerto que llamamos muerte!

Amalia Domingo Soler

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