Lo más importante

¿Debemos informar al paciente terminal sobre su situación? ¿No tiene el derecho de saber que es un condenado a la muerte? ¿Qué su hora está cerca? ¿Eso no lo ayudará a prepararse para la gran transición? Difícil responder, ya que raros se disponen a encarar el asunto con serenidad.

Miedo, inseguridad, apego a la vida física y a la familia, caracterizan las reacciones del hombre común delante de la muerte, creándole serios problemas al desligamiento espiritual, como el morador de una residencia en ruinas que rechazase admitir la necesidad de dejarla.

En las situaciones más críticas es común el paciente iludirse a si mismo, alimentando la esperanza de que va a mejorar. Eso ocurre hasta incluso con personas inteligentes y cultas, con plena condición para comprender que están en el fin. 

Integrando un grupo de asistencia espiritual, visité durante algún tiempo a un enfermo terminal. Se trataba de un señor de avanzada edad, con gravísimos problemas circulatorios. No obstante, debilitado y preso a la cama desde que sufrió el último espasmo cerebral, se mostraba lúcido, recibiendo con satisfacción el estudio de “El Evangelio según el Espiritismo”, las oraciones, el pase magnético, el agua fluidificada.

Procurábamos, en la apreciación de la lectura, abordar el problema de la muerte, situándola como una carta de liberación para el Espíritu. Y destacábamos, delicadamente, que las personas mayores están más cerca de la gran transición y deberían prepararse para el retorno a la Espiritualidad, cultivando desprendimiento y confianza en Dios. Entretanto, el enfermo, aunque imposibilitado de hablar, movía vigorosamente la mano, respondiendo con elocuente mímica: “¡No! ¡No pretendía morir!”

En otras oportunidades, en el cuidado de familiares en idéntica situación, sentí esa resistencia. En los momentos cruciales, ya bien cerca del fin, proclamaban la certeza de que el mal no era tan grave y que, con la ayuda de Dios; podrían superarlo.

Forzoso concluir que si el enfermo no quiere admitir la precariedad de su condición; opone resistencia a las perspectivas de la propia muerte, si intenta iludirse con la idea de su recuperación, mejor no contrariarlo. Más importante será ofrecerle cariño y atención.

Los dos extremos de la vida son semejantes. Así como el recién nacido, el desencarnante es extremamente dependiente, tanto desde el punto de vista físico como emocional. Necesita de cuidados y, sobre todo, desea, desesperadamente, sentir que es amado, que se preocupan con él, que no lo consideran un peso.

Nada más triste para el paciente terminal que la soledad, relegado a una cama de hospital, donde los afectos más queridos a su corazón asumen la postura de visitas. Comparecen emocionados, sensibilizados con su dolor, pero apresados, con mil compromisos.

¡No comprenden que su compromiso mayor es estar al lado de aquel Espíritu que está punto de dejar la Tierra, ofreciéndole las bendiciones de su presencia, de su solicitud, de su consideración!

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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