El evangelio de la vida

Jerusalén ya era una ciudad milenaria y centro religioso del judaísmo en el tiempo de Jesús. Hoy también lo es para los cristianos y musulmanes.

Moisés ordenaba que los varones israelitas compareciesen delante de Dios, en el templo, por lo menos durante tres festividades importantes del calendario judaico. Así, la ciudad recibiría peregrinos de toda la Palestina y de los judíos de la diáspora que vivían en el Mediterráneo, de Roma a Babilonia, en abril para la Fiesta de Pascua, que conmemora la liberación del cautiverio en Egipto, ocurrida por el año 1260 a.C., cincuenta días después de la Fiesta de las Semanas (Pentecostés), que celebraba la cosecha y el recibimiento de la Ley Mosaica.

La tercera era la Fiesta de las Cabañas o Tabernáculos, realizada entre septiembre y octubre, para recordar el periodo en que los judíos permanecieron en el desierto, habitando en tiendas durante cuarenta años, rumbo a la Tierra Prometida. Jesús estuvo cinco veces en Jerusalén durante su ministerio público. En las pascuas de los años 31, 32 y 33, en la Fiesta de las Cabañas del año 32 y en diciembre del mismo año, retornó a la ciudad milenaria durante una festividad bien más reciente, la Fiesta de la Dedicación. Esta fiesta recordaba la reconsagración del Templo a Dios, después que Judas Macabeo conquistó Jerusalén que estaba bajo el dominio griego, por vuelta del año 150 a.C. Los griegos utilizaron el templo para adorar al dios Zeus.

En la Pascua del año 33, Jesús fue crucificado un viernes, a pesar de haber tenido una recepción triunfal en Su entrada el domingo. Los sacerdotes escogidos por el sinedrio para vigilarlo desde la Pascua del 32, corroídos por la envidia, mandaron al Maestro callar a la multitud. Jesús, entonces respondió: “Si ellos se callasen las piedras clamarán”. Interpretando simbólicamente la frase de Jesús podemos afirmar que, si los hombres no creyesen en las palabras del Maestro, la arqueología confirmaría esta verdad, esto es, el Evangelio no es una leyenda y Jesús es real. Y estas palabras proféticas acontecieron, principalmente, a partir de 1948 con la creación del Estado de Israel.

Varios descubrimientos vienen confirmando las narrativas bíblicas, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento. Citamos, como ejemplo, dos bien recientes que ocurrieron casi simultáneamente en diciembre de 2004 y enero de 2005. La primera fue el descubrimiento de un lugar arqueológico identificado posteriormente como la Villa de Caná de la Galilea. Significativa descubierta, pues fue allí que Jesús inició su ministerio público durante una ceremonia de casamiento, transformando agua en vino, a pedido de María. Luego a seguir, en enero, durante una excavación para instalación de tubos en Jerusalén, trabajadores encontraron un gran peldaño en piedra trabajada. Partiendo de ahí, los arqueólogos descubrieron una gran piscina en forma trapezoidal, con gradas de entradas en los tres lados: la famosa piscina de Siloé.

Jerusalén tenía una gran cantidad de tanques, particulares y públicos, para el uso diario del agua, pero necesitaba de piscinas para que, durante las fiestas, el gran número de peregrinos, principalmente los judíos de la diáspora, pudiesen purificarse antes de entrar en el Templo. En relación a Siloé, ya conocida, desde o final del siglo XIX, una fuente alimentada por largo canal que recibía agua de fuera de los muros de la ciudad y construido siglos antes por el rey Ezequías de Judá. La fuente hasta entonces conocida era pequeña y no se encuadraba en el relato del Evangelio de Juan, del más famoso caso relacionado con Jesús en Jerusalén, y conocido como la cura del ciego de Siloé.

Mientras tanto, como el Evangelio de Juan siempre fue visto como un texto teológico, la contradicción de la piscina con el pequeño tanque era relevada. Sin embargo, a partir de 2005, hasta el Evangelio de Juan pasó a ser histórico, pues la piscina de Siloé se encuentra exactamente en el lugar referido por el evangelista. La cura del ciego de Siloé es parte de una serie de intensos acontecimientos envolviendo al Maestro y a los sacerdotes del Templo, ocurridos al final de la Fiesta de las Cabañas del año 32. Juan dedicó más de dos capítulos para describirlos. Al final de una situación de conflicto de ideas, los sacerdotes, sin argumentos, cogieron piedras para atacar a Jesús. Discípulos y simpatizantes protegieron al Maestro y lo retiraron del templo, saliendo por la parte vieja de la ciudad construida por David siglos antes. Allí estaba situada la piscina de Siloé, donde Jesús curó a un hombre ciego que pasaba sus días mendigando, para los muchos peregrinos que se purificaban en ella. El caso tuvo gran repercusión, llevando las autoridades del Sinedrio a constituir una investigación, principalmente porque era sábado, día reservado al descanso según la ley.

El pasaje narrado por Juan es muy rico en enseñanzas, donde destacamos la postura del exciego, que con coraje dio testimonio del beneficio recibido ante el ataque de hipocresía religiosa y una afirmación del Maestro: “Yo vine para que tengan la vida y la tengan en abundancia”. Vida es una palabra muy viva en el Evangelio de Juan. Ninguno de los otros tres evangelistas hablaron tanto de la vida eterna como él. Fueron 17 ocasiones. Tal vez por haber sido el último a ser escrito, cuando ya existían comunidades cristianas, él quiso enfatizar que la vida eterna no es apenas una promesa, y sí la calidad de vida de las personas que ya viven, presentemente, según los valores de la eternidad. Encima de el tener, parecer o estar, el verbo más importante en la vida abundante es el ser. El propio Maestro utilizó este verbo en siete ocasiones, en los famosos “Yo soy”.

La actualidad de esta enseñanza es fundamental, pues se opone a la llamada teología de la prosperidad, surgida en los Estados Unidos en el inicio del siglo XX, y que viene ganando muchos adeptos en la cristiandad, en varios países. Con base en la confesión positiva (Lo que yo tengo yo confieso), trae la promesa de un celeste porvenir para el presente terrestre (inmunidad al sufrimiento, seguridad financiera, proyección social, etc.). Los teólogos de la prosperidad utilizan este enseñanza de Jesús olvidando que vida abundante significa vivir experiencias dignas con los valores de la inmortalidad, como muy bien ejemplificaron los primeros seguidores del Maestro.

Frederico Guilherme Kremer

Revista “Sei”

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